Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
La Tribuna. Redacción.
Jueves, 18 de septiembre de 2014
“No han sido leales con los no nacionalistas”

Joseba Arregui: “Los nacionalistas vascos nunca han reconocido que la legitimidad del Estatuto se deriva de la Constitución española”

Texto íntegro de la comparecencia de Joseba Arregi ante la ponencia de autogobierno del Parlamento Vasco.

[Img #4913]Legebiltzarkide jaun-andreak: bijoakizue lehendabizi nire esker ona batzorde hontara deitu izanagatik. Beti da ohore bat hiritarren ordezkarien aurrean hitzegin ahal izatea. Gehiago oraindik eskuartean duzuten gaiaren garrantzia kontutan izanik.

 

Nire esker ona luzatzen diet, batez ere, nire agerraldia eskatu duten legebiltzarkideei. Ez dakit espero dutenarekin beteko dudan ala ez. Eta nahiz eta jakinaren gainean egon ahaleginak egingo ditudala esateak ez duela besterik gabe nire agerpena arrazoitzen, horrela izango denaren  zihurtasuna eskeini nahi diet.

 

Esku artean duzuten gaia guziz garrantzizkoa da. Nik esan gabe ere badakizute hori.  Nire aurkezpenaren zati zabal bat garrantzi horri loturik egongo da, nire ikuspegitik garrantzi horren arrazoiak aztertzen saiatuko bainaiz, garrantzi horren nondik-norakoak arakatzen eta bere esanahia definitzen ahaleginduko bainaiz.

 

Komunitate politiko batek, berarizko erakundeen eskutik, bere oinarri politikoak azterketagai bihurtzen dituenean bere buruaren izateaz, bere izaera propioaz galderak egiten hasten da. Komunitate politiko lez duen muina bera du aztergai. Eta Euskadi izena daraman Elkarte Autonomoaren kasuan muin hori 1979ren abenduan, gehiengo oso zabal baten bidez, onartu zen Gernikako Estatutoarekin loturik dator. Ponentzi honen zillegiztasuna bermatzen duena, hain zuzen, Autonomi Estatuto horren aldagarritasunean oinarritzen da, nahiz eta batzordearen gaia adierazten duen hitzak, autogobernu ponentzia, Estatutoaren erreformara mugatzea gaindituz, zabalagoa gerta liteken hesparru bat irekitzen duela dirudien.

 

Bizitza politikoan gertatu ohi den bezala, batzorde hontako lanak eta eztabaidak giroinguru zabalago batean kokatzen dira, zeinetan alderdi politikoek beraien gogoetak, asmoak, helburuak eta gurariak azaltzen dituzten, hala nola egungo Jaurlaritzaren sostengu nagusia den alderdiaren buruzagiek azken aste eta hilabetetan adierazi dituztenak, indarrean dagoen Autonomia Estatutoaren zilegiztasun iturri den konstituzioa ez dela sekulan egokia izan Euskadirentzat esanaz. Guzi honek ematen dio batzorde honek esku artean duen lanari bere esanahi betea.

 

Estamos, pues, ante una cuestión que constituye el meollo de lo que hace que una comunidad pueda llamarse comunidad política, ante la cuestión de la posibilidad misma de que una sociedad se constituya como comunidad política. Antes de continuar quisiera recordar, citándolas, unas palabras del pensador italiano Guglielmo Ferrero, quien, huido de la dictadura de Mussolini y refugiado en Ginebra, reflexionaba sobre los secretos del poder y de su legitimación, y escribía lo siguiente allá por el año 1942 del pasado siglo analizando la relatividad de cualquier principio legitimador del poder a pesar de que el ejercicio del poder puede estar con frecuencia legitimado por un buen grado de racionalidad: El espíritu revolucionario acierta cuando afirma que los principios de la legitimidad son limitados, convencionales, fluctuantes y fácilmente rebatibles por un examen racional: debemos admitirlo. No se equivoca tampoco cuando afirma que son justos y ciertos sólo porque los hombres al discutirlos no sobrepasan un cierto punto: el punto más allá del cual se evidenciaría su debilidad. Pero se engaña y demuestra no conocer el mundo que periódicamente devasta, cuando confunde esos principios con todas las convenciones frágiles que tanto abundan en la vida social. Y es que estos principios están dotados de una virtud mágica: por frágiles que sean, en el momento en que los hombres se dejen persuadir por el Maligno para revolverse contra ellos, esos mismos hombres automáticamente, resultarán presas del miedo, el miedo sagrado de la regla violada (Poder, Los genios invisibles de la Ciudad, 1998, p. 85).

 

Lo que dice este pensador italiano es que los principios de legitimidad del poder por el cual una sociedad se constituye como comunidad política nunca son absolutos. Y cuando habla de principios de legitimidad incluye, junto a la monarquía hereditaria y a la aristocracia, también la democracia. Pero al contrario de lo que se escucha en los últimos años en España, esta constatación de que los principios de legitimidad no son absolutos no conduce  a Guglielmo Ferrero a decir que podemos dispensarnos de ellos, que los podemos cambiar a nuestro gusto y a conveniencia, pues los principios de legitimación del poder, sobre los que descansa una comunidad política, son el bien más preciado, el más difícil de alcanzar, el más frágil y por ello el más digno de ser protegido, pues más allá de ellos no hay más que violencia ilegítima, devastación y miedo, desintegración de la comunidad política, disolución de las relaciones políticas que se vuelven relaciones naturales sometidas a la fuerza bruta.

 

No hay principio legitimador absoluto, indiscutible, no relativo, incuestionable en el que se asienta una comunidad política. Por eso todas las teorías modernas de la organización del poder hablan de un contrato social, de un acuerdo sobre el que es necesario constituir la comunidad política, lejos de la pretensión de la legitimación absoluta –escribe el ya citado Ferrero: Pero si todos los principios de legitimidad son en origen parcialmente racionales, todos pueden devenir absurdos en su concreta aplicación. En la democracia la mayoría termina teniendo la razón aunque se equivoque, porque en ella reside oficialmente la verdad, la justicia, la sabiduría, incluso cuando los errores e iniquidades que haya cometido estén a los ojos de todos (p. 84). En esta línea ya Kant pensaba que la democracia puede ser la mayor tiranía en la medida en que una gran mayoría se impone a un individuo (Sobre la paz perpetua). La mayoría no es garantía ni de  verdad, ni de justicia, ni de derecho.

 

El contrato social, entendido como tal el acuerdo que constituye a la comunidad política lejos del absolutismo de la soberanía y de la voluntad general, el contrato social que se sitúa entre éstas –soberanía y voluntad general- y la simple voluntad de la mayoría, sólo puede ser un pacto razonable, un pacto que es interno a la sociedad misma que se quiere constituir en comunidad política.  Todos los textos fundacionales de las comunidades políticas democráticas son textos que recogen un acuerdo de las diferencias y heterogeneidades de las que están compuestas las sociedades. Son textos que buscan lo común a compartir para salvaguardar la libertad de vivir las diferencias internas sin que éstas se conviertan en razón de desintegración, pues el ejercicio de esa libertad está garantizado por el respeto a las reglas comunes acordadas entre los diferentes y heterogéneos, reglas que limitan esa libertad al garantizarla.

 

En el caso de la sociedad vasca este pacto posee dos vertientes: la vertiente interna –que en su día recogió el acuerdo posible entre todos los divergentes que quisieron participar en el mismo, sabiendo los que entraban en qué y por qué entraban, y sabiendo también los que no entraban, los que no entraron, en qué y por qué no entraban ni entraron-, y la vertiente externa que no es comprensible ni tiene significado si no es en su relación estructural con la vertiente interna.

 

La vertiente interna del texto fundacional de la comunidad política en la que en su día se constituyó la sociedad vasca como comunidad política por primera vez en la historia, si dejamos de lado la corta y extraordinaria experiencia del primer Estatuto, el del 36, -sería bueno recordar al respecto lo que escribieron sobre el estátus político del pueblo vasco a lo largo de la historia personas como José Antonio Etxebarrieta Ortíz y Federico Krutwig, alias Sarrailh de Ihartza-, es la que recoge el acuerdo entre las partes constitutivas de la heterogeneidad de la sociedad vasca. Este acuerdo significa el reconocimiento del pluralismo estructural de la sociedad vasca, del pueblo vasco,  el reconocimiento de la pluralidad de formas de ver, sentir, imaginar, definir y vivir el pueblo vasco por parte de sus miembros. Y es este pluralismo estructural, esta heterogeneidad estructural la que obliga a un pacto interno para poder constituir la sociedad vasca como comunidad política. Sin ese reconocimiento el pueblo vasco no existe como comunidad política. Es en este y a través de este reconocimiento mutuo de las diferencias como puede la sociedad vasca constituirse como comunidad política.

 

La constatación de ese pluralismo estructural en lo que afecta a la manera de ver, sentir, imaginar y vivir el pueblo vasco, la sociedad vasca, y que obliga al pacto y al acuerdo para poder constituirse como comunidad política, es la razón que obliga al pacto externo: el pacto hacia fuera, el pacto con el estado, el pacto con España no es una cuestión de moderación, pragmatismo o cálculo político, sino derivada imprescindible e ineludible desde el punto de vista democrático de la necesidad del pacto interno para poder constituirse como comunidad política.

 

Un pacto es un acuerdo entre diferentes, un acuerdo en el cual ninguna de las partes es propietaria del mismo, ninguna tiene preferencia en la interpretación del mismo, ninguno de los integrantes del pacto puede pretender imponer su visión del significado del mismo, ni dictaminar sobre su cumplimiento. Un pacto posee sus propias reglas de interpretación, posee su significado a partir del contexto en el que se inserta, sólo es entendible en la gramática que dota de sentido al mismo. En el caso del Estatuto de Gernika, refrendado con amplia mayoría por la población vasca, por los ciudadanos vascos, ese contexto no es otro que el de la Constitución española de 1978, y en ella queda establecida la gramática en la que el Estatuto de Gernika puede ser leído e interpretado, la gramática en la que el Estatuto de Gernika adquiere sentido y significado. Fuera de esa gramática el Estatuto de Gernika pierde todo sentido, todo significado, toda posible comprensión, toda legitimidad. Por eso hablan los constitucionalistas de que los estatutos de autonomía forman parte del corpus constitucional.

 

La pregunta acerca del cumplimiento o incumplimiento del Estatuto de Gernika sólo puede ser planteado en el contexto de las reflexiones anteriores, y no fuera. Es evidente que se puede preguntar si las previsiones competenciales concretas previstas en el estatuto de Gernika han tenido cumplimiento, y en ese sentido se puede criticar que, por ejemplo, la competencia de prisiones no ha sido transferida a la comunidad autónoma, según lo establecido por el art. 10, punto 14 que habla de la Organización, régimen y funcionamiento de las instituciones y establecimientos de protección y tutela de menores, penitenciarios  y de reinserción social, conforme a la legislación general en materia civil, penal y penitenciaria. Esta forma de redactar las competencias llamadas exclusivas es típica e indicativa de lo que es el pacto estatutario: un acuerdo inserto en el entramado constitucional español. Por eso todo el texto estatutario está atravesado de fórmulas que rezan en coordinación con, de acuerdo con la ordenación general, de acuerdo con el principio de solidaridad a que se refieren los artículos 138 y 156 de la Constitución (en referencia al Concierto), previa autorización de las Cortes Generales, respetando en todo caso lo que dispone el artículo 20 de la Constitución, salvo las normas que configuran el régimen económico (en referencia a la Seguridad Social), sin perjuicio del art. 27 de la Constitución y Leyes Orgánicas que lo desarrollen, de las facultades que atribuye al Estado el art. 148. 1.30ª de la misma y la alta inspección necesaria para su cumplimiento y garantía, sin perjuicio de…

 

Es evidente que de todo ello se puede y se debe discutir, que existen cauces para ese debate, que existe una gramática y unas reglas establecidas para ello y que existe una instancia decisoria para la interpretación última, que es el Tribunal Constitucional. Toda discusión en ese contexto es normal y forma parte de la vida política.

 

Pero la pregunta básica y fundamental es otra: ¿existe por parte de las partes pactantes respeto y lealtad al pacto estatutario que forma parte del pacto constitucional? Es evidente que si hubiera un incumplimiento total y radical de las previsiones competenciales contenidas en el Estatuto de Gernika se podría hablar de deslealtad radical hacia el pacto estatutario. Pero a pesar de algunas afirmaciones recientes como la de que el gobierno central ha laminado el Estatuto, la memoria de otras muchas afirmaciones de líderes del PNV afirmando lo contrario, hablando de que Euskadi nunca ha gozado de tanta autonomía política, de que Euskadi es prácticamente un estado, muestran el carácter coyuntural de la afirmación de que el gobierno central ha laminado el Estatuto.

 

Por esta razón, la pregunta básica sigue siendo si el pacto sigue siendo respetado en su carácter de pacto, si  los elementos fundamentales implicados en el pacto, el reconocimiento del pluralismo y la heterogeneidad de la sociedad vasca compuesta tanto por su diferencia específica-elemento nacionalista- y su falta de homogeneidad en esa diferencia específica, especialmente en la valoración de dicha diferencia específica y en la valoración de las consecuencias políticas a extraer de dicha diferencia específica –elemento no nacionalista-.

 

Se trata, por lo tanto, de preguntar primariamente por cuestiones como la lealtad constitucional, toda vez que dicha lealtad constitucional debiera ser siempre consecuencia del reconocimiento efectivo del pluralismo y la heterogeneidad de la sociedad vasca, consecuencia de la lealtad a quienes constituyen la diferencia interna a la sociedad vasca. Esa parte fundante del pacto estatutario es el que interesa sobre todo lo demás. Y en este aspecto me atrevo a afirmar que el elemento no nacionalista de la sociedad vasca ha sido mucho más respetuoso y leal con el nacionalismo que subraya la visión nacionalista de la diferencia específica, de la identidad específica que a la inversa –asumiendo los símbolos nacionalistas para representar al conjunto de la sociedad vasca, al asumir la política lingüística de promoción del euskera limitando extremadamente las críticas, al defender sin complejos de clase alguna el poder político autonómico establecido en el Estatuto, al defender más allá de lo razonable, se atrevería uno a decir, la aplicación concreta del Concierto económico-, por citar sólo algunos elementos básicos que muestran el respeto y la lealtad a determinada visión de la diferencia específica. La parte nacionalista, por el contrario, no ha estado dispuesta en ningún momento a reconocer que la legitimidad del pacto estatutario y del propio Estatuto se deriva de la legitimidad de la Constitución española, y ello implica que no ha sido leal con la parte no nacionalista de la sociedad vasca que constituye estructuralmente el pluralismo vasco. No se puede respetar el pluralismo vasco si no se extraen las consecuencias debidas, como la que acabo de indicar.

 

A veces se impone la sensación de que es precisamente esa lealtad a la visión nacionalista de la diferencia específica la que los nacionalistas toman como algo alcanzado y que nadie va a poner nunca más en duda para, a partir de ahí, plantear nuevos niveles de exigencia de autonomía política. Pero basta con tomar en serio y reflexionar sobre una de las nuevas exigencias que se plantean porque, supuestamente, el estado ha sido desleal con el Estatuto, para ver dónde radica el problema. Si el nacionalismo habla de la necesidad de blindar el autogobierno, es decir, interpretar el pacto hacia fuera de forma que la otra parte no tenga capacidad de plantear su interpretación del mismo, ¿qué significa blindar el pacto estatutario hacia dentro, hacia la parte de la sociedad vasca  caracterizada por su diferencia en la valoración e interpretación de lo que significa la diferencia específica sobre la que plantea sus exigencias el nacionalismo? ¿Qué significaría blindar el pacto frente a esa diferencia interna, de la que el pacto hacia fuera no es más que consecuencia? ¿Significaría que los que constituyen esa diferencia interna están obligados a asumir lo que hasta ahora han asumido por lealtad al pacto y además aceptar todo lo que el nacionalismo  quiera plantear en cualquier momento, porque no están en el derecho a impedir u oponerse a nuevas exigencias de los verdaderos propietarios del pacto?

 

Una cosa es afirmar que se respeta el pluralismo de la sociedad, y otra ser consecuente con lo que implica dicha afirmación. Devaluar las consecuencias que se derivan del pluralismo y de la heterogeneidad social vasca significa no cumplir con la lealtad requerida por el pacto interno. Y no vale argumentar ante ello con el hecho de que el Estado no ha cumplido con las expectativas con las que se explicó a los ciudadanos vascos en el referéndum de 1979 lo que significaba aprobar el Estatuto de Gernika, pues en este argumento hay mucho de retroproyección coyuntural que no se aviene con la verdad histórica, y además muestra a las claras el sentido patrimonialista del nacionalismo vasco respecto al estatuto, pues no se pregunta si la otra parte, el Estado, ha visto cumplidas sus expectativas ante la aprobación del Estatuto, por ejemplo la esperanza de que el nacionalismo se integrara en la lealtad constitucional, o que ETA dejara de matar.

 

Pero todo lo dicho sólo vale para quienes entraron en el pacto, y como se ha indicado antes hubo quienes, sabiendo perfectamente lo que hacían, al igual que lo sabían los que entraron, no quisieron entrar en el pacto estatutario, se quedaron fuera porque creían que la única vía para responder a lo que proclamaban ser los derechos de los vascos era el de la ruptura radical con el Estado, con España, la vía de la violencia ilegítima y el terror: no se puede olvidar que ETA y su entorno si contra algo lucharon a partir del final de 1979 fue contra el Estatuto de Gernika, contra lo que significaba el pacto estatutario, entendiendo ciertamente a la perfección ese significado, es decir, la inclusión de la comunidad política vasca en el sistema constitucional español.

 

El rechazo por parte de ETA y todo su entorno del significado del pacto estatutario puede parecer a primera vista que es el rechazo del pacto de la sociedad vasca, del pueblo vasco hacia fuera, con el Estado, con España, y por parte de ETA y su entorno se ha cuidado mucho el que fuera presentado así y visto de esta manera –el ya famoso y manoseado Conflicto-. Pero como ya lo he indicado antes, el pacto hacia fuera no es comprensible sin tener en cuenta el fundamento del necesario pacto hacia dentro –lo que el nacionalismo pretende exterior a la sociedad vasca es estructuralmente interior a la misma-, dentro de la sociedad vasca, el pacto al que obliga el pluralismo y la heterogeneidad estructural de la sociedad vasca, la diferencia interior en la forma de entender, ver, imaginar y vivir el pueblo vasco.

 

Por esta razón, el rechazo del pacto en su vertiente exterior implica necesariamente el rechazo del pacto en su vertiente interior, y no es ninguna casualidad que, táctica arriba, táctica abajo, ETA ha atentado contra la representación del pretendido exterior, del Estado, en Euskadi, o fuera de ella, y ha atentado igualmente y con toda su fuerza contra lo que representaba el estructural pluralismo de la sociedad vasca. Niega este pluralismo, niega la heterogeneidad de la sociedad vasca, y haciéndolo niega la posibilidad de la democracia en Euskadi, pues ésta no es posible más que como combinación de la voz de los ciudadanos, sumisión al derecho y su universalidad, cultura constitucional y gestión, a partir de su respeto más escrupuloso, del pluralismo y de la heterogeneidad social.

 

Lo que me interesa subrayar, sin embargo, es algo que va más allá de estas sencillas consideraciones generales. Si en el respeto al pacto la pregunta se debe referir a la actitud básica respecto al significado fundante del pacto, la diferencia interna, la sociedad vasca viene de una historia en la que las muertes causadas por la falta de respeto de esa diferencia estructural de la sociedad vasca, las víctimas de ETA, han sido su elemento más característico. La valoración del pacto estatutario se encuentra, pues, con un problema doble: el de las dificultades de respeto del pluralismo y la heterogeneidad social desde dentro, por parte de algunos integrantes del pacto, y el problema de su rechazo activo y violento desde fuera por parte de quienes no quisieron entrar en el pacto y en lo que conllevaba de significado.

 

La lucha violenta contra el pacto estatutario ha llegado, gracias a la acción decidida del Estado de derecho y, aunque muy tardíamente, por el posicionamiento mayoritario de la sociedad vasca contra ETA, a su fin. Y es precisamente en el momento del fin de esta lucha violenta contra el pacto estatutario cuando se plantea la reforma de ese mismo pacto estatutario, cuando se plantea la necesidad de ir más allá del pacto existente, cuando se plantea superar el equilibrio que supone el pacto actual para buscar algo que vuelva a representar el equilibrio, pero satisfaciendo fundamentalmente las exigencias de una de las partes de la diferencia interna que obliga al pacto. Es decir: se plantea desequilibrar el pacto existente, pero afirmando que no se quiere poner en peligro el equilibrio real. Un ejercicio de funambulismo.

 

Pero lo peor es que, teniendo en cuenta que la historia de la cultura constitucional democrática enseña que ésta se fue desarrollando a lo largo del tiempo como el camino para superar situaciones de injusticia, de opresión, de falta de libertad y falta de igualdad de oportunidades, es decir, como la búsqueda del acuerdo fundante entre las diferencias que existen en todas las sociedades para así garantizar la libertad y la igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades, en el caso vasco parece que vamos a proceder a manipular el equilibrio entre diferentes conseguido y el pacto que funda a la sociedad vasca como comunidad política, -vuelvo a repetir: por primera vez en su historia-, dejando de lado el rechazo violento del pacto estatutario que hemos vivido, dejando de lado la lucha contra la libertad que nos ha atenazado durante tantos años, sin esforzarnos en querer fundamentar el futuro en libertad de los ciudadanos vascos, de la comunidad política Euskadi en la memoria de las víctimas causadas por ese rechazo violento del pacto y de la libertad de las diferencias internas. Algo que contradice, como he dicho, el núcleo mismo de la historia constitucional democrática.

 

Al contrario: a veces, pereciera que de lo que se trata es de, en nombre de la incorporación de quienes han escrito la historia de terror de Euskadi a la realidad institucional, satisfacer, al menos en parte, en la mayor parte posible, la reclamación que constituyó el fundamento de su rechazo de todo pacto nacido del reconocimiento de las diferencias internas de la sociedad vasca. Algo realmente incomprensible, contrario a la historia constitucional democrática europea, contrario a lo que exige el grito que desde el silencio impuesto por ETA por medio del asesinato nos dirigen las víctimas: Euskadi para ser comunidad política se fundará en la memoria de libertad de los asesinados para eliminar la diferencia interna, o no podrá ser comunidad política, comunidad democrática.

 

Si en algún lugar institucional debiera estar viva la memoria de las victimas causadas por el terror de ETA es precisamente en el pacto fundamental que constituya en el futuro a la sociedad vasca como comunidad política, como lo fue el Estatuto de Gernika, pero ahora con más razón porque venimos de la historia de terror de ETA. La sociedad vasca no podrá ser comunidad política si no lo es en memoria de las víctimas de ETA. Lo demás puede ser muchas cosas –reforma del Estatuto, reforma de la Constitución por la puerta de atrás, nuevo estatus de relación con el Estado-, pero nunca pacto que respete la diferencia interna y nunca un ejercicio de memoria de la historia de terror de ETA, de las victimas causadas por ETA, y como consecuencia nunca podrá ser constitución de la sociedad vasca como comunidad política.

Acceda para comentar como usuario Acceda para comentar como usuario
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
La Tribuna • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress