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Raúl González Zorrilla. Director de La Tribuna del País Vasco
Miércoles, 21 de enero de 2015 | Leída 1073 veces
Autor de “El laboratorio del miedo. Una historia general del terrorismo, de los sicarios a Al Qa’ida”

Eduardo González Calleja: “El terrorismo islámico no es selectivo, es una guerra a muerte, de aniquilamiento, a pequeña escala"

[Img #5547]Nacido en 1962, Eduardo González Calleja, actualmente profesor en la Universidad Carlos III de Madrid, ha centrado la mayor parte de sus investigaciones en el estudio de la violencia política y su desarrollo histórico en la España contemporánea, la evolución de los grupos de extrema derecha y fascistas en la Europa de entreguerras, la acción política y cultural del franquismo y de la actual monarquía democrática hacia América Latina, la emigración política española en el tránsito del siglo XIX al siglo XX y la historia del terrorismo.

 

Autor de más de una veintena de monografías, es autor de varios libros, entre los que destacan “Los golpes de Estado” (2003), “La España de Primo de Rivera” (2005), “Nidos de espías. España, Francia y la Primera Guerra Mundial” (2014) y “El laboratorio del miedo” (2014), que con el subtítulo de “Una historia general del terrorismo, de los sicarios a Al Qa’ida”, se ha convertido en una de las obras fundamentales, de las últimas publicadas en español, dedicadas al estudio de la cuestión terrorista, actualmente una de las principales preocupaciones de los ciudadanos occidentales.

 

Con Eduardo González Calleja intercambiamos correos electrónicos para reflexionar sobre este fenómeno a la luz de su libro “El laboratorio del miedo”.

 

¿Cómo fue la génesis de ‘El laboratorio del miedo’? ¿Qué le impulsó a emprender una tarea de investigación tan ardua?

 

Llevo más de 25 años trabajando en cuestiones históricas y teóricas relacionadas con la violencia política. El terrorismo, por sus vastas implicaciones políticas, sociales, económicas, culturales y militares resulta un tema insoslayable en este área de estudio, ya que sus manifestaciones se encuentran de plena actualidad desde hace décadas, y su influencia en el modelado de la opinión pública y de política de los gobiernos es enorme. Además, su dilucidación histórica precisa del apoyo en otras ciencias sociales, como son la Ciencia Política, la Sociología, la Psicología, la Antropología, etc.

 

¿Qué es lo que le llevó un mayor esfuerzo a la hora de trabajar en el ‘El laberinto del miedo?

 

Quizás el rastreo de los orígenes religiosos y culturales del terrorismo yihadista, su funcionamiento interno nada convencional y sus extensas y complejas ramificaciones organizativas.

 

¿Cuál fue el primer atentado terrorista de la historia?

 

Resulta muy difícil determinar el origen del terrorismo en un solo acontecimiento puntual, pero el precedente histórico más remoto de terrorismo organizado con propósitos desestabilizadores es el de los sicarii, secta que participó en la revuelta milenarista de los zelotes israelíes contra el poder romano del 66 al 73 d.C. En todo caso, como ahora, el terrorismo más virulento y antiguo debe rastrearse en el entorno de sectas fundamentalistas de las principales religiones monoteístas. 

 

[Img #5548]¿Hay una definición común de lo que es el fenómeno terrorista?

 

Dedico el capítulo inicial de mi libro a tratar esta ardua cuestión. Algunos especialistas ponen el énfasis en sus implicaciones psicológicas (la difusión de una sensación generalizada de temor entre la población), otros lo presentan como respuesta a contextos sociopolíticos injustos, rígidos o represivos, y hay quien lo considera un tipo de violencia desmesurada, aberrante y no sometida a ninguna clase de norma política o moral. Por último, otros autores —entre los que me incluyo— lo definen como una estrategia de subversión o de control dentro del conjunto de las manifestaciones violentas del conflicto político. Es, pues, una forma de comportamiento político violento resultante de la elección deliberada de un actor (la organización terrorista) que actúa de modo fundamentalmente racional para obtener fines políticos mediante la difusión más o menos indiscriminada del miedo sobre una población.

 

Tras estudiar el fenómeno terrorista en la historia, en su opinión, qué elementos son comunes, a los terroristas y a sus organizaciones, a lo largo del tiempo?

 

Desde el punto de vista organizativo, la opción  por la clandestinidad, que con el paso del tiempo conduce a la sectarización y el fraccionamiento interno. Desde la perspectiva psicológica, el insobornable optimismo de los militantes de este tipo de movimientos armados, que en la línea del comportamiento clásico del fanático aspiran a obtener sus objetivos por el simple uso de la violencia, cuando la tozuda realidad es que el éxito de una campaña terrorista se puede contar con los dedos de una mano a lo largo de la Historia. Esta actitud viene acompañada de una absoluta incapacidad para respetar o tomar en consideración otras opiniones y creencias que se distingan o entren en conflicto con las propias. Por último, hay que destacar el maximalismo de sus postulados ideológicos, aunque es preciso aclarar que el terrorismo no es siempre revolucionario ni está sometido a una escuela filosófica o ideológica determinadas. Es violencia ideologizada, y ha sido usado con múltiples fines por diversos sistemas políticos y grupos de las más variadas tendencias doctrinales.

 

¿Qué semejanzas y diferencias hay entre el terrorismo de ETA y el terrorismo islamista?

 

El terrorismo clásico de finalidad política, como era el empleado por las distintas ramas de ETA, buscaba arrancar al Estado español concesiones en el marco de una solución negociada sin arriesgarse a poner en peligro su propia causa o malograr la realización de sus objetivos máximos. El Estado, por su parte, buscaba un equilibrio sutil entre la represión o la destrucción del terrorismo y la negociación política que brindase un marco de actuación legal a sus seguidores. Por el contrario, el propósito del terrorismo fundamentalista contemporáneo no es ya la negociación, sino provocar la mayor destrucción posible con fines de propaganda. Mientras que el terror étnico-nacionalista se planteaba objetivos políticos claramente definidos (en esencia, un Estado soberano plasmado en un territorio), el terrorismo islamista ataca al sistema en general, no tiene objetivos concretos (la recreación del Califato es pura retórica al borde de la fantasía o la utopía) y cree simplemente en una nueva versión de la propaganda por el hecho, del poder intrínsecamente movilizador o intimidatorio de la violencia indiscriminada. El terrorismo islámico ya no es selectivo, como los que hemos padecido en Europa Occidental desde hace un siglo, sino una guerra a muerte, de aniquilamiento, a pequeña escala. La estrategia general de Al Qa’ida y otro grupos afines, que entienden el enfrentamiento con Occidente y sus aliados como una guerra total, encaja mejor en esta nueva variante de combate nihilista que en el concepto clásico del terrorismo empleado con finalidad negociadora. Para el yihadismo actual, el terrorismo es una herramienta bélica, no política. Eso explica que sus acciones sean tan brutales y que la mayoría de las veces no presente un pliego de reivindicaciones concretas.

 

¿Cuáles son las herramientas principales de las sociedades democráticas para enfrentarse al terrorismo? En su opinión, ¿qué medidas deberían poner en marcha los Gobiernos occidentales?

 

Creo que las medidas policiales basadas en la obtención información exhaustiva por medio de la infiltración pueden ser los más eficaces métodos de lucha indirecta, lo que no excluye la actuación represiva discriminada. La lucha llevada a cabo bajo la doctrina de la “guerra contra el terror” elaborada en tiempos de la administración Bush Jr. no sólo ha sido ineficaz, sino contraproducente, debido a que su carácter frecuentemente indiscriminado (aún hoy vemos sus secuelas en los ataques con drones) ha enajenado muchas voluntades dubitativas en el Islam. Además, la obsesión por la seguridad nacional ha justificado en Occidente el recorte de algunos derechos fundamentales (las libertades de información, de expresión o movimiento, por ejemplo) bajo la excusa de presuntas necesidades de defensa interior. Creo que el ejercicio de la libertad en todos los órdenes es el mejor antídoto contra estos liberticidas.

 

¿Cree usted que la amenaza terrorista es el gran desafío de nuestro tiempo? ¿Estamos en una gran Guerra Mundial contra el terrorismo?

 

Si se refiere en concreto al yihadismo, que parece ser la gran amenaza terrorista de nuestra época, hay que tomarla, a mi juicio, como se asumió la amenaza del terrorismo anarquista a fines del siglo XIX: como un peligro real, pero minoritario, al menos en el ámbito de la Europa Occidental. Con esto quiero decir que el yihadismo afecta a una fracción muy reducida del Islam en Europa, por lo que la presunta recuperación de Al-Andalus (o de Francia hasta la ciudad de Poitiers, que fue donde llegó la expansión musulmana del siglo VIII) parece, en estos momentos, irrealizable desde dentro o desde fuera del continente. Se hace terrorismo porque no se puede lanzar una guerrilla o desencadenar una guerra civil o de conquista. El terrorismo es siempre del “arma de pobre”, que cuenta con escasos medios y aún con menos probabilidades de éxito. Esto no impide constatar lo que es obvio desde que nació el terrorismo: que sus acciones, por muy minoritarias y aisladas que sean (lo que sucedió en París hace unos días no fue un gran complot desestabilizador, sino la obra de tres o cuatro individuos), chocan a la población europea acostumbrada a una sobreexposición mediática de temas sensibles como la violencia y a vivir en sociedades donde se trata de eliminar todo tipo de riesgo. Ambas cosas, que afectan el ánimo de la gente, son aprovechadas por los terroristas para obtener sus fines.

 

No veo tanto peligro en Europa como en el mundo musulmán, especialmente en países de fragilidad permanente como Argelia, Libia, Iraq o sobre todo Siria. Ahí es donde el potencial desestabilizador del yihadismo es mayor, y esa amenaza hay que tomarlo muy en serio. Pero definir esta lucha como una guerra mundial o global es precisamente lo que pretenden los terroristas para arrogarse el papel de legítimos combatientes en un conflicto bélico donde ninguno de los dos bandos están cumpliendo las reglas inherentes al ius in bello.

 

¿Qué escenarios de futuro prevé a medio y largo plazo?

 

A medio plazo, la posible agudización de esta quinta oleada de terror de carácter fundamentalista, que arrancó de acontecimientos como la revolución iraní de febrero de 1979, la retirada soviética en Afganistán en febrero de 1988 y el derrumbamiento de los regímenes comunistas en 1989-91 en coincidencia con la primera Guerra del Golfo Pérsico de 1990-91. Luego, como en el resto de las oleadas anteriores un declive del movimiento yihadista y la aparición previsible de una nueva causa (¿política, social, racial, nacional, religiosa…?) que puede optar por una estrategia terrorista autocontrolada o bien derivar en un terrorismo con voluntad genocida que emplearía arsenales hasta ahora reservados a la esfera estatal, como las armas químicas y biológicas, y, previsiblemente, en un futuro, nucleares y radiactivas. Un terrorismo apocalíptico basado en la destrucción de masas que ya era soñado por los teóricos nihilistas de fines del siglo XIX, pero que sería el último tabú levantado por este modo peculiar de violencia política.


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