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Hunter S. Thompson
Jueves, 30 de abril de 2015
Cuarenta años de la Guerra de Vietnam

Los últimos días de Saigon

El 30 de abril de 1975 fue el último día de Saigón. Esa mañana, las tropas comunistas de Vietnam del Norte y el Gobierno Provisional Revolucionario de Vietnam del Sur ocuparon la hasta entonces capital controlada por Washington, unificaron al país y la degradaron a capital provinciana bajo el nombre de Ciudad Ho Chi Minh.

 

Hunter S. Thompson, padre de lo que se conoció como “periodismo gonzo” y uno de los niños terribles de la prensda norteamericana, se encontraba allí y fue testigo, más o menos lúcido, de todo lo que ocurrió en aquellas horas.

 

Para recordar, cuarenta años después, lo que supuso la caída de Saigón, La Tribuna del País Vasco reproduce uno de los últimos artículos que el hoy mítico corresponsal Hunter S. Thompson envió a la revista “Rolling Stone” desde Indochina.

 

Tal y como en su momento lo explicó J. Gonzalo, la crónica que sigue a continuación es “una de las más inauditas visiones que el periodismo ha tenido del conflicto de Vietnam. Desenfadado y analítico al mismo tiempo, demoledor y pintoresco al unísono, contiene la esencia ‘gonzo” que caracteriza a Hunter S. Thompson y le descubre como uno de los más lúcidos y delirantes escritores de las últimas décadas”.

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LOS ABISMOS DE LO IRREAL

 

En los últimos días de Saigón no hubo música celestial precisamente, lo poco que quedaba fue aniquilado tan repentina y violentamente que ni siquiera la gente que estaba allí cuando finalmente ocurrió encuentre las palabras adecuadas para describirlo.

 

O por lo menos todavía no, porque la mayoría de los periodistas que tuvieron que ser evacuados de Saigón por los helicópteros de la marina en esas horas finales de pánico glacial, están todavía flotando en alguna parte del Mar de China en portaaviones de la armada norteamericana. Esforzándose desesperadamente en encontrar algún tipo de comunicación de enlace con el mundo exterior y poder así imprimir sus historias y revelar sus carretes. Pero no están consiguiendo mucha ayuda, ni de la armada ni del personal de la embajada norteamericana que fue evacuado con ellos. Según algunos ex corresponsales en Saigón que consiguieron escapar de los portaaviones y están empezando a llegar a Hong-Kong, los varios miles de norteamericanos y Dios sabe cuántos vietnamitas zozobrando todavía en el Coral Sea, el Mobile y el Blue Ridge se están volviendo locos lentamente de rabia, frustración y disentería.

 

"Cristo, es como estar en la Isla del Diablo", dijo un fotógrafo de Mongol Transworld News que había conseguido salir del Coral Sea robando un insignificante uniforme de oficial y fingiendo un ataque epiléptico en la cubierta. "Tenía como 2.000 increíbles pies de película" me explicaba la otra noche en un bar de top-less del Kowloon llamado Bottoms Up. "Pero el maldito material se estaba pudriendo al sol, y parecía que íbamos a estar atrapados en ese agujero infernal otros cinco o seis días, así que mangué ese informe de una cesta de la lavandería y tomé un trago de champú Prell, entonces subí y me tiré en la cubierta justo al lado de uno de esos aviones, y cuando me vieron ahí tirado hecho polvo y quejándome con toda esa es suma verde saliéndome de la boca, me llevaron volando derechito a Manila para un tratamiento de emergencia".

 

Interrumpió su historia para pedir otro Pernod a una camarera de pezones puntiagudos, entonces negoció con el director del local para que me proveyera de un carnet de socio de Bottoms Up y luego me invitó a que un poco más tarde hiciéramos una parada en los centros de estudios MTN para echar una ojeada a su película. "La están revelando ahora mismo", dijo. "Intentaron quitármela en ese condenado hospital de Manila, pero hice un trato con un doctor filipino que me dijo que quizá podría solucionarlo si me apetecía prestarle un billete de 100 pavos, así que saque el último que tenía en el forro del estuche de mi fotómetro, y en dos horas estaba fuera del hospital en una gran ambulancia roja camino del aeropuerto con una carta del matasanos diciendo que era un caso de emergencia médica y que tenía que ser metido en el primer vuelo a Hong-Kong para poder ser tratado por un especialista, y que me moriría en medio del aeropuerto si alguien me lo impedía". Sonrió y se levantó para irse, "Mierda, esa untada al matasanos ha sido una de las mejores inversiones que he hecho, tío. Si esa película es tan buena como creo que es, podremos venderla por 10 de los grandes".

 

En ese momento, menos de 48 horas después de la evacuación, ni siquiera las oficinas de la red de televisión norteamericana en Hong-Kong tenían ninguna película de las humillantes horas finales de los 30 años de guerra de Vietnam. El fin llegó tan repentinamente, y casi sin avisar, que cerca de la mitad del cuerpo de prensa norteamericano que se había pasado casi todo el abril aguardando nerviosamente en Saigón, fue tomada completamente por sorpresa cuando finalmente cayó el mazazo.

 


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Si hay alguna cosa que se haya quedado grabada en mi mente de estas últimas y salvajes semanas en Indochina, es el descubrimiento de toda una nueva serie de experiencias, el Gran Flash que aparece viviendo y trabajando en medio de una guerra. No hay nada comparado con esto -especialmente con el lujo de la credencial de prensa- y lo intenté explicar en mi cuaderno de notas la otra noche, en el bar del aeropuerto, en ruta de Hong-Kong a Laos.

 

Me recosté en el sofá de plástico rojo y encargué otro orange prensée al pequeño camarero tailandés mientras colocaba el gran ventilador a propulsión de giro lento sobre mi cabeza e intentaba rememorar esos momentos de frenesí y alta tensión que había dejado atrás en Saigón... preguntándome cuál de ellos permanecería con esa especie de intensidad atemporal que haría estremecer mi columna dorsal 20 años después.

 

Yo no tendría, por ejemplo, la imagen de dos hombres haciendo rodar los dados por una copa; porque cuando oigo el sonido de dados en un cubilete, regreso a la pequeña covacha oscura de un bar en la avenida Río Blanco, en los bajos fondos de Rio, discutiendo de política brasileña con Juan de Onís y Lou Stein.

 

Cuando pienso en Saigón, todos los detalles se funden juntos en un largo flash que es más una sensación que un recuerdo: un intensísimo sentimiento de irrealidad sobre todo lo que pasó a pesar de la innegable realidad a menudo brutalmente presente en casi todas las ocasiones de las últimas semanas de la guerra, cuando Saigón fue finalmente cercada por todas partes con unas 19 ó 26 divisiones comunistas -depende de la información a la que podías tener acceso- y cuando todos en la ciudad comprendimos que podíamos reventar en montones de humeantes hamburguesas en cualquier momento. Podías conducir hasta los extrarradios de la ciudad y contemplar un océano de refugiados luchando por abrirse paso a través de los enormes rollos de alambradas tendidas a través de la carretera... y si tu sentido de la irrealidad era suficientemente pronunciado podías atravesar las vallas y fotografiar a soldados vietnamitas disparando sus M-16 al aire, justo a tu lado, o dirigirte a lo largo del alambre de espinos chillando: "¡Bao Chi! ¡Bao Chi!" (¡Prensa! ¡Prensa!) y sacar fotos del epicentro del caos en el otro lado, con camiones cargados de aterrorizados refugiados aullando y cagándose encima por todas partes.

 

Esos pobres y pequeños bastardos habían estado huyendo hacia Saigón tanto tiempo que el pánico llegaba a cortocircuitar sus cerebros, e intentar moverse en medio de esa turba era como sortear un granero repleto de gallinas enloquecidas por el miedo. Hacía más de una semana que algunos de ellos estaban en la carretera recibiendo una sangrante catarata de muerte, violaciones, robos y bombardeos constantes, y ahora, con la ilusión del refugio en la extensión urbana de Saigón a unos pocos kilómetros, estaban amontonados por millares en las alambradas extendidas en todos los caminos que llevaban a la ciudad, con morteros destrozando la carretera a sus espaldas y ametralladoras por delante.


Así que se sentaron allí en la carretera, hora tras hora y día tras día, como un río de carne viva estancado por una sutil presa electrificada. Sin agua, sin comida, sin sombra bajo un sol aplastante, gritando a los soldados para pedirles paso y siendo respondidos por ráfagas de metralleta. Pero después de 20 ó 30 horas de mudo terror en esa congestión, sus mentes empezarían a flaquear como los motores recalentados de los camiones y autobuses que habían tenido que abandonar a un lado de la carretera, cuando comenzaron a sucumbir en aquella desolación roja y sucia. Algunos intentarían encontrar un poco de sombra y ocasionalmente suplicarían por agua, pero para la mayoría era cuestión de estar sentados ahí esperando que los matasen no porque hubieran hecho nada o pensado hacerlo, sino por estar en el sitio equivocado en el momento erróneo.

 

 

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El último puñado de civiles norteamericanos que todavìa sobreviven en las montañas de Indochina central, dicen, están atrapados y acorralados contra el río en Vientiane, la capital de Laos -la Última Jugada- y sólo es cuestión de días, o quizás horas, el que seamos barridos por las veloces columnas armadas de la terrible guerrilla Pathet Lao.


Leemos que algunos de nosotros hemos llegado a Laos desde Camboya, donde la guerrilla comunista Khmer Rouge -de quienes se sabe de buena fuente que son caníbales- ha cercado y tomado la capital, Phnom Penh, arrasándola completamente en una semana bañada de sangre, degollando o apresando a la totalidad de una población de dos millones de habitantes.

 

Y hay otros, de entre los condenados en Vientiane, que han podido deslizarse a través del Cerco Rojo alrededor de Saigón justo en frente del baño de sangre del Viet Cong, y se han dispersado por Laos justo a tiempo de ser atrapados de nuevo sin que para esta vez haya escapatoria.

 


Las columnas armadas Pathet Lao nos vienen envolviendo desde el norte y el este y están siendo reforzadas diariamente por cientos de tanques rusos llegados desde Hanoi, ahora que ya no son útiles en la lucha final por Saigón. Nuestra huida hacia el norte está cortada por una muralla humana de voluntarios chinos y nativos de la tribu Hmong sedientos de sangre; todos exhaustivamente armados, cutrellados y organizados igual que los miles de caníbales Khmer Rouge avanzando hacia nosotros por el sur desde Camboya.

 

Al oeste, cómo no, está el río, pero pasado Vientiane el Mekong fluye tan caudaloso como el Mississippi a su paso por Memphis, y justo bajo su enlodada superficie hay una traicionera corriente de 30 kilómetros por hora que ya ha causado la muerte de más laosianos que los B-52. Las complejas y ominosas realidades del río Mekong, como casi todo lo demás en Asia, no son fácilmente digeribles por la mente de un norteamericano medio.

 

Ayer por la tarde estaba holgazaneando en la orilla del río, en frente del hotel Lane Xang, refrescándome los sesos con una pipa de kancha (ganja) local, cuando un americano de mechones rubios y ojos opiosos, entre los 20 y los 40 años, se me acercó y me dijo -después de varios falsos comienzos y tres intentos fallidos de encender un Dunhill que le di- que había estado viviendo en Vientiane por lo menos un año, quizás dos, y que todas esas habladurías sobre el pánico y la guerra era sólo "mierda de la CIA", porque si la cosas iban a ponerse realmente feas, siempre podríamos irnos todos nadando a través del río hasta Tailandia.
 

Fijé los ojos en el río unos instantes, sonreí y meneé la cabeza. "Yo no", dije. "Fuì a la embajada británica esta mañana y el cónsul me enseñó una foto de un pez-tigre que había pescado en este río, pesaba 270 kilos y medía unos dos metros y medio de largo".


Giró sus grandes ojos para mirarme un instante, entonces suspiró un poco apenado, como un hombre que ha soportado tanta mierda de la CIA y que se ve incapaz de aguantar otra descarga.
 

 

"Es verdad", dije ofreciéndole otro fósforo. "Un maldito pez-tigre de 270 kilos, ha mandado la cabeza al Museo Británico".

 

Esta vez me clavó la mirada tres o cuatro minutos, y cuando finalmente habló, sus labios estaban fruncidos en una sonrisa que parecía disgustada. "Joder, tío", dijo suavemente, "eres un auténtico cabrón, ¿o no?".

 

Me encogí de hombros, asumiendo que probablemente tenía razón, pero sin preocuparme demasiado. "Sí", dije, "soy el tipo más abominable de todo el país". Entonces extraje un verde billete de 100 dólares norteamericanos de mi cartera de plástico. "Tío", dije, "no puedes decir que seas un tipo duro así que voy a hacerte un favor".

 

Me observó con un serio colocón de opio, sin decir nada, pero sus ojos estaban febrilmente centrados en el billete que sostenía mi mano.

 

"¿Ves esa faja de arena de allí?", le dije señalando un terraplén en el río a unos 300 metros.
Vaciló, entonces giró sus ojos para echar un vistazo al terraplén que bien pensado estaba bastante cerca, y se volvió para mirarme.

 

"Me caes bien", le dije, "y quiero darte este dinero porque en realidad no lo necesito, pero antes quiero que nades hasta ese terraplén... y cuando vuelvas te daré el billete de 100 dólares".

 

Últimos Informes de la Oficina de Asuntos Internacionales, Laos: ah, esos recuerdos, esos destellos... la extraña intensidad atemporal de esos momentos perdidos en pequeñas esquinas de sitios de Saigón, Hong-Kong, incluso Bali... Recuerdos que hacen erupción en mi cerebro como si fueran un enorme paracaídas color azafrán cada vez que una voz, una foto o incluso una noticia en las últimas páginas de cualquier periódico sacude mágicamente mi espina dorsal y me arroja de vuelta al Continental de Saigón, en alguna tarde calurosa, sentado bajo el gran ventilador colgante, derramando sudor mientras enigmáticos camareros traen más y más limas... o sentado sobre un antiguo jarrón de piedra de 50.000 dólares en el siniestro apartamento que Doug Sapper tenía en el hotel Trocadero de Bangkok, escuchando a Sapper y Al Rockoof contar lo ocurrido en la embajada francesa de Phnom Penh cuando tuvieron que matar al mono favorito del cónsul y comérselo mientras esperaban ser aniquilados por la Khmer Rouge... o sentado bajo los altos cocoteros al lado de la piscina del hotel Lane Xang de Vientiane, charlando con Jacques Leslie del miedo que hemos pasado intentando comunicarnos con el mundo exterior desde un país sin gobierno, sin divisas viables, sin ningún tipo de ley en vigor, ni a favor ni en contra de nada, en donde podíamos levantar la vista de nuestra mesa a cualquier hora del día y ver a media docena de pilotos rusos de la Aeroflot con sus anchas bermudas de lana mojadas animando al representante local de la CIA mientras éste se esforzaba pacientemente en enseñar el manejo de la tabla de buceo a una rubia amazona azafata de Aeroflot... Escuchando mientras tanto la última emisión de la BBC en mi Blue Impulse 7700, una solemne voz británica dando "los informes más recientes" de la "columna armada Pathet Lao acercándose a la ruta 13 en dirección a Laos sin visible resistencia".

 

Estamos condenados -no hay duda- pero ambos hemos estado condenados antes: Leslie, un corresponsal de Los Angeles Times, había sido testigo una semana antes de la caída de Camboya, y yo acababa de llegar a Saigón, donde los tanques del Vietcong y la NVA habían arrollado Tu Do Street pasado el edificio del Continental; y la última oleada de marines había sido rescatada de la ciudad por helicópteros, junto con el histérico embajador, su personal en la embajada y unos cientos de periodistas, que ahora deberían estar todavía dando vueltas en alguna parte del Mar de la China a bordo del portaaviones de los Estados Unidos. Pero ahora, durante unas tranquilas y elegantemente pacíficas horas en Laos, Jacques Leslie y yo, con un enlace de la revista Time, somos los únicos periodistas norteamericanos sentados en el punto muerto del condenado torbellino de la Última Jugada.

 

De veras. Las fichas están cayendo tal como Joe Alsop y John Foster Dulles dijeron que sucedería: primero Camboya, después Vietnam y ahora Laos... y como estoy sentado al lado de la piscina del hotel Lane Xang, escuchando esos inquietantes informes de la BBC sobre las columnas armadas Pathet Lao arrasando todo camino hacia nosotros, sin ninguna resistencia, noto una gran sensación de paz y satisfacción... no hay otro sitio en el mundo en donde deba estar, ahora mismo, que donde estoy. Maravilloso, pienso, que les den por el culo. Y sé que Leslie se siente como yo, pero ninguno de los dos lo dice claramente, sino de una manera indirecta, porque ese no es el tipo de cosas que los junkies de guerra se dicen entre sí unos a otros.

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