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Raúl González Zorrilla. Director de La Tribuna del País Vasco
Miércoles, 12 de julio de 2017

Lo que escribí entonces: "No habrá más olvido"

Noticia clasificada en: Víctimas del terrorismo ´Terrorismo ETA

Tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco por la banda terrorista ETA, publiqué este artículo en un periódico regional. Han pasado 20 años.

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Según van quedando atrás los días de las imágenes hermosas, al mismo tiempo que la indignación y la rabia abren el camino al pozo oscuro del dolor y de la angustia, y justo en el mismo momento en el que la familia, la novia y los amigos de Miguel Ángel Blanco tienen que comenzar a hacer frente al frío de la ausencia sin fin, se abre en el corazón del País Vasco un espacio para la espera y la reflexión que, en esta ocasión, de ninguna manera podrá ser ocupado por los olvidos interesados, las amnesias majaderas o las negligencias irresponsables.

 

Agotados de esperar el fin de la barbarie, la gran mayoría de los ciudadanos de este país ya hemos perdido la inocencia y sabemos, con la experiencia suprema que proporciona lo muchas veces padecido, que dentro de unas pocas semanas los políticos más patrioteros, las instituciones más reticentes a aceptar lo evidente y los voceros de las terceras vías más condescendientes, volverán a caer en la cómoda tentación de propugnar negociaciones, diálogos y conversaciones secretas con los atemorizados mafiosos del tiro en la nuca. Que nadie lo dude: no se habrán secado las lágrimas derramadas por el joven concejal del PP cuando ya habrá quien reincida en la perversa equiparación de víctimas y agresores y en la reubicación de los depauperados sentimientos nacionales de unos pocos por encima de los más básicos principios democráticos de todos.

 

Así las cosas, todos aquellos responsables públicos que todavía pudieran sentirse demasiado fascinados por los lazos de cercanía que les unen a los fascistas, han de saber que, a partir del pasado 12 de julio de 1997, todo ha cambiado en este país cansado de soportar lo intolerable y agotado de convivir con la maldad supurando en sus entrañas. Todos aquellos que todavía experimenten la atracción de la ambigüedad frente al terror, harían bien en recordar que, por enésima vez en nuestra reciente historia, millones de personas han tenido que echarse literalmente a la calle para marcar cuáles son los límites de la ignominia, para señalar dónde se encuentran las fronteras de lo inadmisible y para indicar qué es lo que se debe hacer para que todos en esta tierra dejemos de ser, de una vez por todas, ciudadanos de tercera sin derecho a la libertad, la justicia, la paz o, simplemente, a la palabra.

 

El pueblo, después de años de mordazas y de miedo, ha hablado, ha cantado, ha gritado y ha lanzado clarísimas consignas a sus dirigentes. Y lo la he hecho con la rotundidad y la fuerza de quienes llevan mucho tiempo tragándose la congoja, aguantándose las ganas y controlándose las respuestas. Que nadie olvide las peticiones de la calle, que nadie desatienda las exigencias de los hombres y mujeres anónimos y que nadie postergue lo ineludible pues, desgraciadamente, habrá más penas, pero nunca, nunca más, volverá a haber más olvidos. Y los motivos son claros. Aproximadamente, en el mismo año en el que Miguel Ángel Blanco nació, surgió en este país la cosa que mata. ¿Alguien puede pensar todavía que esta tierra está dispuesta a soportar que, dentro de treinta años, los mismos desalmados, más viejos, más decrépitos y más corrompidos, ejecuten a algunos de los hijos que ahora mismo están viendo su primera luz en Euskadi y que entonces también serán jóvenes inocentes con treinta años de edad?

 

Demostrado el respeto popular a las instituciones, habiendo quedado patente que la violencia solamente la utilizan los mismos cobardes de siempre y después de recibir los mayores beneplácitos que la fuerza popular puede dispensar a sus representantes públicos, todos aquéllos que hoy disfrutan de alguna responsabilidad política, en el Gobierno central, en el vasco, en las diputaciones o en los ayuntamientos, deberán estar a la altura de lo que millones de personas, abrazadas en una única voz, han pedido: unidad política e inquebrantable frente al terrorismo, eficacia policial, firmeza judicial y, sobre todo, defensa firme de las garantías democráticas para casi dos millones y medio de vascos que, a los cuarenta años de dictadura, han de añadir otras tres décadas padecidas de terror, silencio y miedo.

 

En estos momentos, y salvo honrosas excepciones, todos nuestros dirigentes tienen nuestro respeto y su futuro político condicionado a muy corto plazo. Si las circunstancias fueran otras, si los liderazgos políticos no fueran tan necesarios frente al horror sin nombre, si este fuera un país en el que las libertades personales no se encontraran al borde de la quiebra final y si la sociedad vasca pudiera permitirse en la actualidad el triste lujo de una crisis política, este sería el momento más adecuado para hablar de dimisiones colectivas, de expulsiones radicales y de nuevas elecciones autonómicas. También sería la hora adecuada y precisa para que las formaciones nacionalistas se replantearan la renovación de sus máximos dirigentes: de tanto intimar con el monstruo que destruye y devora, muchos de ellos han llegado, por ignorancia o por vileza, a acostumbrarse en demasía a su aliento fétido y a sus barbaridades de primera, de segunda y de tercera categoría.

 

Todos los países occidentales, en su larga marcha a lo largo de los siglos, han vivido horas especiales, días extraños, jornadas memorables y momentos mágicos, en los que una voz global y unánime parece tomar las riendas de los acontecimientos. Son pequeños instantes históricos, cargados de símbolos, rebosantes de solidaridad y plagados de minutos imperecederos, en los que las instituciones, los ejércitos, las fuerzas de seguridad y todos los ciudadanos se unen en un breve abrazo a múltiples bandas para reabrir el futuro, para hacer nítido el porvenir y para poner en marcha una época nueva y distinta para toda una sociedad. Este milagro sociológico, esta implosión de las conciencias, es lo que se ha producido estos días en el País Vasco con el apoyo incansable de todas las comunidades españolas. Evidentemente, tampoco habrá olvido ni perdón político para quienes por incapacidad, por incompetencia o por intolerancia, desaprovechen tanta energía acumulada con mucho dolor, con abundante entrega y con una infinita capacidad pacífica y estrictamente democrática.

 

Los ciudadanos han estado ahí, firmes frente al fascismo y la brutalidad, pacíficos en la tensión, extremadamente comprensivos ante las provocaciones de los enajenados morales que todavía perviven en nuestro país y sumamente dóciles, como no podía ser de otra manera, ante las lógicas peticiones de calma, de sensatez y de paz. ¿Quién será el primero que, tirando la primera piedra de la vergüenza y de la depravación,  llamando al diálogo con los asesinos, coloque nuevamente a cientos de miles de personas de buena voluntad más allá de los límites de la libertad y de la dignidad?

 

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3 Comentarios
Raúl
Fecha: Miércoles, 13 de julio de 2016 a las 21:31
Muchas gracias a ti, Mari Carmen, por estar siempre ahí con tu apoyo. Un abrazo fuerte
Mari Carmen
Fecha: Miércoles, 13 de julio de 2016 a las 18:56
Raul, lo triste es que a los responsables no tienen sentimientos y les da igual lo que escribas.
Le robaron la vida en plena juventud y todavía hay gente que lo celebra en los medios de comunicación, no hemos mejorado mucho.

Recuerdo ese día como si hubiese sido hoy, llegamos a casa después de una celebración familiar, encendimos la tele para saber si había noticias y nos encontramos con la peor, su muerte, no podíamos creerlo, todos lloramos.

Un abrazo a su familia y a ti gracias por ser tan valiente.

Con mi personal afecto.

Mari Carmen.
Ramiro
Fecha: Lunes, 11 de julio de 2016 a las 13:34
Mientras Dios me de vida, y las neuronas me sigan funcionando, NO OLVIDARÉ A DON MIGUEL ÁNGEL BLANCO.
Y tampoco a quienes han traicionado su memoria, muchos de ellos del PP, dicho sea de paso, y sin ánimo de señalar.

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