Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
www.latribunadelpaisvasco.com
Lunes, 10 de agosto de 2015 | Leída 552 veces
Los hijos de Arana y sus relaciones con los nazis

Las amistades peligrosas del PNV en la Segunda Guerra Mundial (2)

[Img #6797]Bien fuera por simpatía, inercia o realpolitik, el PNV terminó por encuadrarse dentro de las derechas españolas durante la II República. El inicio de la Guerra Civil (1936-1939) descolocó políticamente a los nacionalistas vascongados. En buena lógica, debían apoyar el Alzamiento dado su carácter eminentemente católico y anticomunista. Sin embargo, el PNV era consciente de la imposibilidad de conseguir con ellos un estatuto de autonomía para las Provincias Vascongadas. Así, la coalición frentepopulista ofreció a los nacionalistas un estatuto de autonomía que sería aprobado en octubre de 1936 y que decantó al PNV por apoyar a la II República.

 

La campaña militar fue un desastre y una humillación sin paliativos para los ejércitos nacionalistas y republicanos en Vascongadas. Prueba de ello fue la deshonrosa rendición y traición a la II República de los gudaris del PNV en Santoña ante los Cuerpos de Voluntarios Italianos que, por primera vez en lo que llevaban de contienda, lograban una sonada victoria.

 

Tras la derrota ante los italianos y el bombardeo de Gernika a cargo de los aviones de la Legión Condor de Von Richtofen y Hugo Sperrle, la mayoría de los vascos nacionalistas consideraban a los nacionalsocialistas alemanes y a los fascistas italianos como aliados de Francisco Franco y, por consiguiente, enemigos de Euzkadi.

 

Empero y tras la decisión del General Franco de no entrar en la II Guerra Mundial (1939-1945), el PNV volvió sus ojos hacia los nacionalsocialistas alemanes que aterrorizaban al Mundo con su Blitzkrieg y la rápida conquista de la Europa occidental. Uno de los primeros intentos de acercamiento lo realizó el editor jeltzale Ricardo Leizaola que publicó Los Protocolos de los sabios de Sión en la imprenta de la revista nacionalista Argia. Según diversas fuentes, los Protocolos fueron redactados en el verano de 1903 por un antisemita ruso llamado P.A. Krushevan8 –editor de Znamya, un periódico ultranacionalista editado en San Petesburgo- y reeditados por Serguei Nilus en su esotérica y difamante obra titulada Lo grande en lo pequeño. El Anticristo considerado como una posibilidad política inminente. A lo largo de los Protocolos, se explica un supuesto plan sionista de conquista mundial y se establece claramente como enemigo al liberalismo y su idea de libertad política, no sometida a regímenes autocráticos y poderes clericales –como, curiosamente, a los existentes en Rusia por aquellas fechas-. Huelga decir que Los Protocolos de los sabios de Sión constituían uno de los libros de cabecera de Adolf Hitler y era asiduamente utilizado como argumentario antisemita en las diversas publicaciones del NSDAP, como el Der Stürmer, dirigido por Julius Streicher.

 

A pesar de constituir un enorme fraude, este opúsculo cosechó un notorio éxito en el seno del nacionalismo vascongado, muy especialmente entre los exiliados. Continuando el camino abierto por Leizaola, otro jeltzale, Jesús Lizarraga, escribió una obra titulada Los Protocolos y su aplicación en España. A lo largo de la misma, Lizarraga sostiene que Francisco Franco descendía de judíos. Según explica en su obra, tanto los apellidos Franco como Bahamonde eran conversos y que, tras una serie de investigaciones genealógicas, se estaba en condiciones de afirmar que el dictador poseía parientes en la comunidad sefardí existente en la ciudad de Salónica, en Grecia. Una vez más, el profesor Ramón Peralta manifiesta su incredulidad ante tales afirmaciones pues considera que el apellido Bahamonde es de procedencia gallega y muy común en aquellas tierras de España.

 

Tras la ocupación alemana de Francia, un pequeño grupo dirigentes del PNV exiliados en el sur del país vecino, comenzaron a establecer contactos con los nacionalsocialistas. Uno de ellos fue con Alfred Toepfer, un oficial de las SS encargado del estudio de las minorías étnicas en Francia. Tras un estudio realizado por el también SS y criminal de guerra Werner Brest14 acerca de la situación lingüística en el sudoeste francés, Toepfer entra en contacto con los nacionalistas Agustín Alberro, Javier Landaburu, Juan Manuel Epalza y Doroteo de Ciaurriz que, como conocedor del idioma alemán, realizaría las funciones de traductor. Estos propusieron a Toepfer establecer una estrecha colaboración entre los nacionalsocialistas y el PNV, concretando una serie de contrapartidas políticas.

 

Según explica Mario Salegui en su libro Operación Carlomagno, el Euzkadi Buru Batzar –máximo órgano ejecutivo del PNV- redactó, en septiembre de 1941, un informe en respuesta a sus interlocutores alemanes sobre la cuestión vasca:

 

“Nosotros creemos en el talento político del Führer, en su sagacidad, en su alto espíritu de compresión y esperamos que en el nuevo orden a establecer en Europa y particularmente en España, el problema vasco habrá de ser tenido en cuenta:

 

1- Porque a Alemania le interesa la pacificación de España y no puede escapar a su recto sentido que no hay pacificación posible sin una solución favorable a los vascos. Nacionalistas vascos, se entiende.

 

2- Porque el problema vasco está íntimamente ligado al problema racial alemán y por lo tanto es lógico y natural esperar que el Führer lo acoja y lo resuelva con la mayor simpatía.

 

3- Porque nos damos perfecta cuenta de que las simpatías de Alemania en España están en decadencia, y por lo tanto es de extrema importancia para el Führer recoger captar las máximas simpatías si no quiere perder toda su influencia en España.”

 

En este mismo sentido, el Boletín del Consejo Nacional Vasco, editado en Londres el 27 de noviembre de 1941, afirmaba:

 

“La atención de la opinión internacional ha sido atraída por los artículos publicados por el Bucarester Taglebatt, órgano oficial de los nazis en Rumania, sobre las fuerzas centrifugas francesas, aglutinando en este término los problemas flamenco, bretón y vasco. La versión nazi de la Nueva Europa, insiste sobre el problema vasco, afirmando que el pueblo de esta región sobre las dos vertientes pirenaicas constituye una unidad con pleno derecho a la independencia.

 

No es un plan original de Hitler, sino que es una copia del plan del káiser, consistente en crear un estado vasco amigo, que comprendiera los territorios vascos situados al sur y norte del Pirineo con capital en Bilbao. El reconocimiento de la sucesión vasca, corresponde a la Corona de Navarra, lo que daría satisfacción a los carlistas, muy numerosos en toda Euzkadi. El propio Lehendakari Aguirre se encuentra retenido en un castillo cerca de Berlín, gozando, al parecer, de un tratamiento privilegiado.

 

El director de Euzko-Deya, Eugène Goyheneche, fue uno de los destacados jeltzales encargados de contactar con los nacionalsocialistas. En este sentido, Goyheneche mantuvo una estrecha relación con el ya mencionado oficial de las SS Werner Brest. Fue a este último a quién Goyheneche envió su proyecto de estatuto para una Euzkadi independiente, inserta en la Europa hitleriana. En el preámbulo del mismo, el dirigente nacionalista era meridianamente claro en su análisis:

 

“¿Por qué los vascos debíamos entrar como vencidos en una posible Europa nazi? Si había sectores alemanes que nos miraban con simpatía, pudiendo obtener un trato de favor?¿Por qué habíamos de despreciar estos ofrecimientos?”

 

Una vez finalizada la contienda mundial, Eugène Goyheneche fue juzgado y condenado a trabajos forzados por colaboracionista. Según las actas del juicio, el jeltzale negó –en repetidas ocasiones- su colaboración con el ejército ocupante de Francia. Una vez publicada la sentencia, Goyheneche eximió su responsabilidad aludiendo que “había sido condenado por el mero hecho de ser vasco”. Empero, el antiguo editor de Euzko-Deya terminó por admitir los hechos y aseguró haber colaborado con los nacionalsocialistas porque “eran los únicos que hubieran asegurado, de verdad, una Euzkadi unida y soberana”. Además, precisó que “el nacionalsocialismo alemán no era un bloque totalmente monolítico, sino que en su interior coexistían bloques enfrentados, algunos en oposición total a la alianza con fuerzas conservadoras y clericales –como las de Franco-, a las que detestaban.

 

En 1948, Eugène Goyheneche fue puesto en libertad. Desde ese momento, dedicó su vida a realizar estudios de la etnografía vasca –bajo una óptica eminentemente separatista-, publicando más de 150 trabajos. Sus servicios al nacionalismo ayudaron para que, en 1989, Eusko Ikaskuntza le concediera el Premio Manuel Lekuona. Goyheneche fallecería poco después de recibir el citado galardón.

 

Peor suerte corrió otro destacado militante nacionalista llamado Emilio Alzugaray Goikoetxea. Exiliado en Francia, entró a formar parte de la resistencia tras la invasión germana. En 1942, es capturado por unidades de la Wehrmacht y –tras recibir la absurda promesa de la próxima creación de un estado vasco en la nueva Europa de las etnias que Alemania iba a liderar- pasa a trabajar para las Waffen-SS como espía. En 1944, Alzugaray fue apresado por sus antiguos camaradas de la Résistance française y fusilado, acusado de alta traición y colaboracionismo.

Noticias relacionadas
Acceda para comentar como usuario Acceda para comentar como usuario
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
La Tribuna • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress