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Editorial La Tribuna
Última actualización Sábado, 8 de abril de 2017 09:45
Sábado, 21 de noviembre de 2015
Editorial La Tribuna del País Vasco

En contra del multiculturalismo

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Hay palabras que viven instaladas en una bonanza que se les presupone y que permanecen cómodamente aposentadas en este prestigio positivo convenciéndonos de que lo que significan y transmiten es algo absolutamente beneficioso para los seres humanos. Uno de estos vocablos acreditados es el de “multiculturalismo”, concepto que la Real Academia Española de la Lengua define como la “convivencia de diversas culturas” y que, popularmente, se ha querido entender, equivocadamente, como un fenómeno que permite la “convivencia 'positiva' de diversas culturas”.

 

En 2002, el antropólogo Mikel Azurmendi, por aquel entonces presidente del Foro de la Inmigración, levantó una gran tormenta política y cultural al declarar públicamente que la multiculturalidad encerraba, sobre todo, valores negativos, y que muy pocas cosas buenas se habían derivado de la misma. Rápidamente, pseudoprogresistas de todo pelaje, izquierdistas de salón, “expertos” en las más diversas disciplinas y políticos de las más variadas ideologías se apresuraron a denunciar estas afirmaciones contra la corrección política, a poner de manifiesto estentóreamente su disconformidad con el autor de “Estampas de El Ejido” y a exigir, incluso, la dimisión de éste porque, en opinión de todos estos presuntos especialistas, oponerse al multiculturalismo es lo mismo que cometer un acto intolerable de racismo o de falta de respeto hacia otras culturas.

 

Pero la realidad es tozuda y el multiculturalismo, agitado como bandera de ataque tanto por el totalitarismo islamista como por el totalitarismo de extrema izquierda, se reafirma una vez sí y otra también como algo profundamente contraproducente y negativo para el desarrollo de la convivencia en nuestras sociedades. Lo auténticamente enriquecedor para cualquier comunidad es el mestizaje, la mezcla, el cruce de individuos, la mixtura de orígenes y la coexistencia pacífica de hombres y mujeres procedentes de los más variados lugares. Pero el multiculturalismo es algo absolutamente opuesto a esta emulsión cultural, a este cóctel convivencial o al asimilacionismo o integracionismo que abanderan países como Estados Unidos.

 

El multiculturalismo, como la ONU, defiende la armonía entre las culturas, dando a entender, erróneamente, que éstas son todas igualmente respetables desde un punto de vista ético y permitiendo de este modo que cada una de ellas, independientemente de sus características, de su desarrollo y de su evolución, perviva junto a las otras en un proceso paralelo que no es ni de anexión ni de rechazo, sino que, generalmente, es de alejamiento, de extrañeza y de exotismo.

 

En este sentido, el multiculturalismo es el que ha propiciado que en capitales como Londres o París vivan ciudadanos de los más diversos países, de las más variadas culturales y de distintas tradiciones religiosas, pero que éstos habiten en estas capitales, o en tantas otras de la Unión Europea, en ámbitos cerrados a nuestra democracia, en territorios opacos a nuestras leyes y en periferias remisas a nuestras más elementales normas de ciudadanía.

 

El multiculturalismo no alienta las fusiones culturales sino que alimenta la fisión de éstas en cotos deslavazados y desconectados entre sí, y es el principio político, social y cultural que permite, por ejemplo, que en los principales estados democráticos europeos se esté produciendo un día sí y otro también, afrentas gravísimas a los derechos humanos más elementales, ataques sexistas, acometidas homofóbicas, apologías de múltiples ideologías totalitarias y conductas terroristas que embisten directamente contra los pilares sobre los que se asienta nuestro sistema de libertades.

 

Avalado por el planteamiento perverso de que “todas las ideas son iguales” y de que “todas las tradiciones y culturas merecen el mismo respeto”, el multiculturalismo, envuelto en ritos religiosos medievales, en violentas costumbres ancestrales o en hábitos éticamente indecentes, ha permitido que en extensas áreas de algunas de las principales capitales de la Unión Europea se haya suspendido, de facto, el Estado de derecho.

 

Quienes nos mostramos contrarios al multiculturalismo defendemos que la recepción  en nuestras ciudades de individuos con diferentes tradiciones ideológicas, culturales y religiosas debe hacerse con el máximo respeto hacia las creencias privadas de las personas pero que, además, debe hacerse con el respeto máximo por parte de todos a unas leyes y normas básicas, que son las esencia de Occidente, y que han de aplicarse a todos por igual, que han de ser de común cumplimiento y que no pueden hacer ninguna excepción dependiendo del origen cultural de cada individuo.  Todo ciudadano, independientemente de dónde provenga, de la lengua que hable, del bagaje cultural de que disponga o de la religión que profese, es una aportación enriquecedora para nuestra comunidad pero, por ello mismo, todos los individuos debemos respetar y acatar, por encima de cualquier otro, los valores fundamentales de nuestros sistemas democráticos de convivencia.

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