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Raúl González Zorrilla. Director de La Tribuna del País Vasco
Jueves, 26 de noviembre de 2015 | Leída 1076 veces
“El relativismo cultural de la izquierda española y de los nacionalistas da ínfulas al islamismo al preferir explicar el fanatismo yihadista más que condenarlo”

Mikel Azurmendi: “El Islam actual centrifuga fanatismo por doquier, desde Pakistán hasta Nigeria genera una capacidad inmensa de asesinar a otros o de morir en su nombre”

[Img #7510]Escritor en castellano y euskera, filósofo y antropólogo, Mikel Azurmendi (San Sebastián, 1942) se licenció en Filosofía por la Universidad de La Sorbona (Francia), y posteriormente se doctoró en la del País Vasco, donde ejerció como profesor de Antropología Social.

 

Primer portavoz del Foro Ermua y miembro fundador de ¡Basta Ya!, Azurmendi ha sido Premio Hellman/Hammet en 2000, nominado por Human Rights Watch, y también IV Premio a la Convivencia en 2001, nominado por la Fundación Miguel Ángel Blanco.

 

Azurmendi posee una amplia obra literaria, entre las que obras como “Euskal hilobia” (poesía), Kontu kontari Grezian barrena (relatos) y las novelas “Tango de muerte”, “Melodías vascas”, “El hijo del pelotari ha salido de la cárcel” y “Las maléficas”. Experto en el estudio de la multiculturalidad y en el análisis de los movimientos migratorios, es también autor de ensayos de etnología y antropología cultural como “Euskal nortasunaren animaliak”, “El fuego de los símbolos” y “Estampas de El Ejido”.

 

- ¿Ha fracasado el multiculturalismo?

 

La integración social, además de igualdad de derechos, implica igualdad de oportunidad social. La concesión de derechos no constituye por sí misma la integración, sino un reconocimiento jurídico de la dignidad cívica. Lograda ya cierta exigencia jurídica en nuestra sociedad, queda pendiente la igualdad de hecho, al menos en lo salarial y en vivienda. Y en esto se ha avanzado poquísimo. España ha resultado ser un país donde un inmigrante africano que lleve ya 15 años aquí y haya obtenido la nacionalidad española, tenga dos hijos y haya trabajado infatigablemente desde que vino, gane hoy todavía 700 euros mensuales y pague 400 por su vivienda. ¿Puede decirse sin sonrojo ni vergüenza que ese español negro sea uno más de nosotros? Ese africano está sindicado y ha obtenido mediante su sacrificio y parte de sus ahorros el carnet de conducir camiones y hasta de autobuses. Incluso ha hecho una suplencia de transporte escolar, pero no dispone de ningún ahorro. ¿Quién diría que ese español al que yo conozco bien, un negro que habla perfectamente el francés, bien el inglés y el castellano, esté integrado socialmente? Resulta que ese africano respetuoso de nuestra cultura y tan amante de ella que defiende nuestro sistema escolar y critica recio el islamismo, es musulmán, pero ciudadano íntegro. ¿Por qué acaba de marcharse a Francia por si allá pudiese mejorar su condición económica? Arouna Camara es mi amigo, es el especimen de africano más susceptible de ser integrado socialmente, pero ha fracasado en España. O mejor, España ha fracasado con él. Y como con él, con la mayoría de los africanos. Las condiciones laborales y de vivienda en España impiden prácticamente la integración social de los africanos. También sucede que las condiciones sanitarias y escolares palian en parte ese impedimento económico. Lo que ha fracasado no es el multiculturalismo sino los Gobiernos de la nación.
 

- ¿Qué ofrecen nuestras sociedades a los inmigrantes, además de unas evidentes mejoras económicas?

 

Más allá de una mejora económica, sanitaria y escolar, el apresto cultural que tienen nuestras sociedades europeas para ofrecer a los inmigrantes es la libertad individual, la igualdad de sexos y el pluralismo religioso, es decir, el modo de vida democrático, una manera de ser enraizada en la civilidad.

 

Sus características esenciales son: ser ciudadanos, todos iguales ante la Ley y cumplidores de las leyes, de todas ellas; ser jurídicamente iguales, pero para ser todo lo diferente que queramos ser en nuestra vida privada; ser ciudadanos que participan en la elección del Gobierno, pero aceptando su autoridad, así como la justicia que emana de la legitimidad constitucional; ser ciudadanos pluralistas, o sea, respetuosos de otras creencias distintas a las de uno; construir una vida propia y familiar según el modelo que uno elige para sí, sin quebranto de la vida privada de los demás.

 

Los europeos de hoy somos en todo esto similares, poseemos la misma cultura y estamos en disposición de vivir una vida intercambiable en Estocolmo, Almería, Dijon, Roma o Canterbury. Lo único que nos faltaría para ello es poder hablar uno las lenguas de esos otros ciudadanos. Por tanto, este es el mínimo común denominador cultural en cuanto conjunto de ideas, valores y propensiones a la acción que configurarían el obstáculo que la ciudadanía europea opone al cambio de nuestras creencias por obra de otros grupos que quieran venir a donde nosotros. Este nuestro cuerpo democrático de creencias es irrenunciable pero está a disposición del extranjero que quiera sumarse a él libre y voluntariamente.

 

Los inmigrantes deben aceptar ese obstáculo que les ponemos y hacerlo suyo también, pues nosotros no aceptamos a quien considere que la legitimidad socio-política viene de Dios o de un representante suyo. No aceptamos a quien no considere la autoridad como una instancia discutible y controlable y, preferentemente, elegida y cambiada. No aceptamos a quien sostenga que la verdad reside en un libro único y que no hace falta debate alguno para aceptar lo que más convenga creer en cada ocasión. No aceptamos a quien cree que la mujer es inferior al hombre y con derechos sobre ella. Y así podríamos seguir describiendo modos de ser y de pensar ajenos a los nuestros, los cuales destruirían nuestras creencias en la dignidad de la persona, en la libertad del humano y en la tolerancia pluralista.

 

- ¿Ha triunfado el relativismo cultural?

 

El relativismo cultural tiene como lema que todas las culturas valen lo mismo y no deben compararse sus valores; porque el valor es absoluto en el seno de cada cultura y, por ende, todas las opiniones y proyectos de las comunidades son igual de válidos. Ese relativismo guarda un minuto de silencio por las víctimas de los atentados de París pero pide otro minuto de silencio por las víctimas del bombardeo a los yihadistas. Se trata de una corriente de pensamiento de izquierdas emanado de la hecatombe del comunismo con vistas a destruir nuestro sistema de vida y de creencias. Como los relativistas se han dado cuenta de que no existe el proletariado, tratan de inventarse nuevos sujetos revolucionarios que laboren en la zapa de nuestros cimientos: el inmigrante es uno de ellos. Por eso pregonan formas, camufladas o no, de multiculturalismo en nombre del respeto a la cultura de esos inmigrantes. Y sostienen que, de no aceptar de igual a igual esas otras culturas distintas a las nuestras, seremos racistas. Una de esas formas de racismo actual sería la islamofobia.

 

Casi toda la izquierda española y los nacionalistas están impregnados de este espíritu, lo cual es una auténtica bomba en la línea de flotación de la integración social. Si bien en nuestras escuelas y barrios hay cada vez más iniciativas de relativismo cultural, todavía éste no ha ganado la batalla que tenemos planteada en nuestras sociedades europeas. Pero sí está logrando retorcerles el colmillo a muchos inmigrantes para hacerlos reacios a la integración. El relativismo cultural da ínfulas al islamismo al constituirse en quintacolumnista de la democracia y al preferir explicar el fanatismo yihadista más que condenarlo.


- ¿Cómo definiría el concepto de “integración social”?

 

La integración social es un concepto complejo cuya comprensión ha solido precisar siempre de la ayuda de alguna metáfora. La americana del “melting pot” ponía de relieve el crisol, un caldero donde el fuego depura y perfecciona los elementos. Muy bonita metáfora, pero ocultaba que el caldero no había acrisolado ni la enorme masa social de negros y mestizos originados por la esclavitud, ni tampoco a los aborígenes indios. Además, no ponía de relieve que el combustible del fuego purificador era el modo de ser blanco y protestante.

 

Los ingleses han solido preferir la metáfora del “salad bowl” o ensaladera que yuxtapone diversos ingredientes cada uno de los cuales permanece en su modo de ser prístino, pero se impregna de otros gustos a la vez que sazona a los demás elementos. Esta bella metáfora oculta que un ingrediente no es un individuo sino un colectivo y que en la ensaladera se vierten solamente agrupamientos que funcionan de hecho como empresas ávidas de chupar y acaparar. O sea, en la ensaladera hay sólo empresas que buscan bienes, servicios y derechos. Pero ¿de dónde salen los empresarios de bienes, servicios y derechos? De eso no se habla.

 

Para integrar a los inmigrantes, Holanda recurrió a copiar lo que desde siempre les había servido a los propios holandeses: el pilar o apilamiento de intereses sectoriales de iglesias, asociaciones y clubes, los cuales son la base del respeto mutuo y su reconocimiento público. A los inmigrantes de Surinam, Turquía y Marruecos se les ha declarado pilares o minorías con las mismas prerrogativas que las otras tradicionales, pero al no participar de las formas culturales de éstas, se han convertido en guetos escolares y de vivienda. Esa gran tolerancia de la metáfora oculta de hecho una ortopedia social de frialdad y de represión a partir del proceso escolar mismo mediante la aplicación de dos velocidades en la educación. Pésimas para el acceso al puesto de trabajo de los hijos de los inmigrantes tras acabar la escuela.

 

Podríamos así seguir analizando la metáfora republicano-laica de Francia y algunas otras, pero veríamos que todas ellas encubren algo a la vez que enfocan algo. Yo he recurrido a mi experiencia de agricultor que hace sidra porque he plantado manzanos de más de una docena de variedades a base de un patrón común con un injerto en el pie. Un manzano da únicamente manzanas, pero las manzanas dependen de la naturaleza de la yema que se injerte. Incluso un mismo árbol puede dar manzanas reinetas y de muchas otras variedades en caso de injertarse yemas de esa naturaleza en las ramas. Para mí –como habrá ya quedado claro tras la cuestión precedente– el tronco común es incuestionable: el patrón democrático. Ahora bien, la mayor o menor creatividad y potencial imaginativo de los inmigrantes en la participación ciudadana tendrá gran incidencia en la belleza y bondad del árbol democrático. Éste mejorará el vigor de las raíces actuales y dará frutos diferentes a los de hoy, más variados, más untuosos y florales. El futuro de los árboles de la cultura democrática puede ser insospechadamente bueno y bello, pero eso dependerá de la potencia de las yemas injertadas. Esta metáfora calla sobre el agricultor. Sin embargo, sí hay agricultor en la sociedad democrática y no es otro que la participación ciudadana y su empuje por controlar el proceso político y cultural de las instituciones.

 

Un musulmán puede seguir siéndolo si así lo quiere, pero debe permitir que sus hijos no lo sean o se hagan budistas, cristianos o ateos. Debe tratar de que su familia practique la vida privada que más le convenga, pero deberá respetar nuestras formas públicas de la dignidad de la mujer y de los niños. Puede enseñar a sus hijos su cultura, pero aceptará para ellos la escuela de todos los españoles y el régimen alimenticio de los escolares. En la sanidad deberá acomodarse a ser uno más de los atendidos, sin exigencias especiales en nombre de su diferencia religiosa. Ésta la alimentará en privado a su antojo, pero dispondrá también del derecho a expresarlo en el ámbito sagrado de su colectivo. A todo musulmán se le pedirá además que se deje ayudar a reflexionar sobre la conveniencia de la libertad, la igualdad y el pluralismo. Es más que dudoso que la izquierda española nos ayude en este aspecto.
 

- ¿Las religiones son un problema para la integración social o parte de la solución para que esta integración sea más exitosa?

 

Ya ha quedado claro que, pese al nazismo, al comunismo y a cualquier otra forma de socialismo-nacionalismo no ha ocurrido el crepúsculo de los dioses. Lo religioso ha vuelto a dominar el mundo occidental pese a cierto derrumbe de las religiones. Sin embargo, hoy, lo religioso del catolicismo se nos aparece como Cáritas y compromiso personal para prestar servicios escolares y hospitalarios a las gentes más pobres del mundo. Lo religioso del budismo toma forma entre nosotros de meditación, paz interior, sosiego personal. ¿Y lo musulmán? Ah, ahí no hay acuerdo alguno. La izquierda está completamente grogui asegurando que la religión musulmana es el refugio para la población que más se resiente de la opresión, llega a asegurar que es la religión de los pobres y de los marginados del sistema imperialista. Incluso ha llegado a comparar el antisemitismo de los años 30 del pasado siglo con la islamofobia de nuestros días.

 

Hasta el filósofo americano, Michael Walzer, ha deplorado “una izquierda más preocupada en evitar que se le acuse de islamofobia que en condenar el fanatismo islámico” (Dissent, enero 2015). Porque de lo que realmente se trata es de fanatismo. Ni la religión cristiana ni la budista crean hoy fanatismo, como no sea el del amor al otro y la entrega de sí mismo a los demás. En cambio, la situación objetiva del islamismo actual es que centrifuga fanatismo por doquier, desde Pakistán hasta Nigeria genera una capacidad inmensa de asesinar a otros o de morir en su nombre. ¿Tiene algo que ver ese fanatismo religioso con la religión musulmana propiamente dicha? Esta es una primera cuestión que deben esclarecer los propios musulmanes y no nosotros ni los creyentes de otras religiones. Obama erró gravemente cuando dijo aquello de que “los yihadistas no son religiosos sino terroristas” y Hollande erró también cuando afirmó que “los atentados contra Charlie Hebdo no tienen nada que ver con el Islam”. Porque está claro que es el Corán lo que da sentido a los yihadistas y les empuja a hacer lo que hacen. ¿Un Corán mal entendido? ¿Un Corán particularmente mitificado? Yo, que procuro leer a los musulmanes más críticos, te diré que el periodista y novelista argelino Kamel Daoud dijo recientemente que la élite musulmana debe ponerse ya a pensar en voz alta y, si sostiene que los terroristas no representan el Islam, entonces deberá tener la valentía de decir qué Islam encarnan. Aseguraba además que no se podrá erradicar el islamismo sin reformar el Islam, pero que esto corresponde a los musulmanes. Y hablaba de un ligamen enfermo, el de los musulmanes con el Islam. Te hablaría yo también del palestino Waleed al-Huseini, al que lo tuvieron casi un año, bajo tortura, por contar en la red un par de chistes vejatorios contra Mahoma. Él asegura en un libro espectacular que los yihadistas extraen su ideología de ciertos pasajes coránicos que vehiculan el odio y pregonan el asesinato. O incluso te comentaría el libro de Abdelwahab Meddeb, “La enfermedad del Islam”, donde escribe que en lugar de distinguir el buen Islam del malo, convendría que los musulmanes discutieran y debatieran entre ellos para descubrir así la pluralidad de opiniones al objeto de acondicionar un espacio para el desacuerdo y la diferencia.

 

Nuestro apoyo a ese debate tan necesario entre musulmanes debe ser ideológico a base de defender nuestras ideas de libertad, igualdad y pluralismo. Y siempre deberemos apoyar a esos musulmanes, practicantes o no practicantes, que combaten el fanatismo. Sí, así es, la religión musulmana ha resultado ser hoy un combustible más que problemático para la violencia fanática.
 

- ¿Puede perder Europa su tradición grecolatina y cristiana por la presión de la inmigración, musulmana, fundamentalmente?

 

Querámoslo o no, es gracias a este legado greco-latino que somos una sociedad abierta y de derecho. Cuando se apela a la tradición grecolatina, se me ocurre significar al menos estos parámetros decisivos en el decurso de nuestra sociedad occidental:

 

1. Una orientación no holista de pensamiento (como puede ser la tradición oriental, por ejemplo la del budismo o el brahamanismo) sino separadora de elementos sometidos al principio de no contradicción y al de identidad

 

2. Un arrebato por el conocimiento de esos elementos y la determinación que ejercen en la naturaleza cósmica y humana

 

3. Una búsqueda de la estructura político-social más conveniente al humano

 

4. Una vía de discusión permanente y de diálogo abierto tanto en lo concerniente al conocimiento del mundo como al gobierno de los hombres

 

5. Una determinación en hacerlo por escrito

 

6. Una visión jurídica de la optimización del ligamen inter-personal

 

7. Una pasión por la ensoñación literaria (dramática, lírica, histórica y filosófica especialmente)

 

Del mundo musulmán sólo una reducidísima élite participó de esta tradición grecolatina y solamente en un momento histórico, que ha quedado ya muy atrás y muy aislada en razón del poderío religioso, que bebió de la otra tradición cristiano-judaica. Hoy por hoy, no se atisba que una vez implantada entre nosotros, la civilización musulmana, consolidase esa nuestra vertiente humanista-científica-literaria-jurídica fruto de nuestro esfuerzo por avanzar desde el legado grecolatino. Y si fuese por obra del islamismo, ese nuestro legado sería arrasado.

 


 

 
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