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Mikel Azurmendi
Viernes, 4 de diciembre de 2015

Los nuevos negreros del Mediterráneo

Noticia clasificada en: Inmigrantes

[Img #7607]Para transportar esclavos desde África ahora ya no se precisa la violencia; ahora, son los propios africanos quienes pagan para ser transportados a Europa. Los negreros de ahora ya no son árabes ni cristianos blancos, como lo fueron durante trescientos años del pasado africano; los negreros, ahora mismo, son africanos. El transporte de negros ya no es atlántico, hacia las Antillas americanas, sino que es mediterráneo, hacia los países europeos. Entonces los negros eran capturados en África como bestias para ser llevados como esclavos; ahora, son ellos mismos y sus familias los que pagan para ser transportados. Además, ahora ningún negro africano aceptaría ya ser llamado esclavo, pero sí acepta ser tratado mucho peor que un esclavo de entonces.

 

Se ha calculado que por cada diez esclavos negros llegados con vida a América durante los tres siglos que duró la trata, habían fallecido unos cincuenta en el camino. Y sabemos que durante esos siglos de trata de negros llegaron más de quince millones de ellos a América. Es fácil calcular cuántos murieron en el camino. Nada más que en Cuba, nuestra Casa de Contratación introdujo sesenta mil esclavos entre 1512 y 1762. Luego, con la industria azucarera, fue creciendo esa cifra de esclavos negros.

 

¿Cuántos africanos son transportados hoy a través del Mediterráneo? ¿Cuántos de ellos mueren? No hay datos, pese a la poderosa tecnología que hoy existe, tanto para el transporte como para el recuento. Los negreros los ocultan y hacen desaparecer todo rastro. Para que no lo haya, cada persona o familia dispuesta a ser transportada recibe del negrero un número como código. Únicamente señalando esa cifra es como será atendida esa persona o familia. Como los números son infinitos, hay cuantos haga falta para nombrar a personas sin visibilidad ni identidad alguna. El número 13 puede llamarse Nazrat y el 1.546, la familia Mamadou. Nada más que el año pasado, las redes negreras africanas introdujeron en Europa a 219.000 africanos, diez veces más que en 2012. Sabemos que una noche del pasado año, la del 18 al 19 de abril, naufragó un barco salido de la costa de Libia ahogándose 850 africanos. Sabemos también que este 12 de abril último se ahogaron doscientos africanos antes de arribar su barco a Italia. La Gendarmería italiana detuvo a la tripulación del barco hundido encarcelando a dos de ellos. Les ha endosado el cargo de “pertenencia a un grupo criminal organizado”. Ayer, casi trescientos africanos fueron salvados por una patrullera española en las costas de Libia.

 

A tenor del tomo de más quinientas páginas publicado por el Juzgado de Palermo, la Gendarmería italiana sabe largo sobre esas redes africanas de negreros. En esas páginas están transcritas las conversaciones telefónicas tenidas durante varios meses por dos docenas de capos negreros y que fueron escuchadas por esa policía*.  El resultado ha sido el conocimiento exhaustivo de esas redes de criminales negreros cuyo itinerario se origina en Sudán, con siete negreros dispuestos a todo (Sami, Nahom, Kiros, Mera-Merawi, Abraham, Wedi y Fachie) que se encargan de encuadrar a los clandestinos, en su mayor parte oriundos del Este de África, y de transportarlos a Libia. Una célula de Libia hace de estafeta receptora y los traslada por mar hacia Italia. Allí, un grupo de hombres con sede en Catania organiza la recepción y traslado de esos africanos hacia Suiza, Alemania o el norte de Europa. La primera etapa suele ser Milán, donde la red dispone de hombres (Effren, Mudeser, Michael) y medios para orientar y facilitar el traslado de individuos o familias enteras de clandestinos hasta cualquier punto de Europa. Sin embargo, aquí, la tarifa de transporte asciende desde 400 hasta 1.500 euros por persona. La consultoría se efectúa en la estación de ferrocarril milanesa, donde Effren añade siempre 20 euros por la comisión. El coste previo hasta Libia para cada clandestino enrolado en Sudán era de 2.300 euros, pagados íntegramente por adelantado. A eso se añadía el coste de la travesía por mar y el del trasporte de Catania a Milán.

 

Como era de suponer, el corazón de la empresa criminal está en Libia, cuyo caótico clima  social posibilita todo tipo de movimientos y contactos. Un eritreo de 34 años, Yehdego Medhane, es el capo mayor que se hace llamar general porque coordina a todos los grupos. Este capo ha llegado a pagar cuarenta mil dólares a la policía de Libia para que liberara a africanos aprehendidos durante el transporte. Quien en la red se hace llamar empresario es Ermias Ghermay, un etíope que se ocupa del embarque marítimo en Libia. El representante financiero de la red, Wedi Areb, se encuentra en Estados Unidos y tiene capacidad de transferir dinero a cualquier parte del mundo. En conversaciones telefónicas con el general, este financiero y otros colegas hablan de lo rentable que es invertir en América “puesto que nadie pregunta de dónde proviene el dinero”. Se refieren también a montañas de billetes (por ejemplo a “ochocientos mil dólares que están llegando en barco”) que circulan con toda impunidad. Esta circulación opaca constituye una enorme obsesión del grupo, el cual se esfuerza ímprobamente de maquillarla en los Emiratos árabes mediante circuitos financieros paralelos.

 

A fin de lograr más colosales ganancias, la empresa de negreros nunca pone una tarifa al transporte, porque lo que le interesa es el más puro y duro despojo de cada emigrante. Ávido de saquearlo, el negrero está interesado desde el inicio en conocer personalmente a cada individuo que se acoja a la red para ser transportado y en evaluar la disponibilidad monetaria de su familia, sea en África o bien en la emigración europea o americana. Tras los múltiples siniestros en el mar, en ninguna conversación de esos negreros se ha asomado jamás una palabra de conmiseración, alguna frase de piedad por los “clientes” muertos o un remordimiento de conciencia. Incluso en alguna ocasión se ha detectado una conversación que dejaba entrever que ellos mismos abortaron un convoy y lo “eliminaron”.

 

He aquí el fondo de miseria moral que se oculta bajo la actualidad de los inmigrantes: negreros negros que utilizan al negro para enriquecerse. Y que nadie se equivoque cuando maldice a nuestra civilización cristiana porque produjo negreros y esclavistas blancos: el mal no consistió en que fueran blancos o cristianos, sino en que eran malos. Toda cultura o civilización produce una gran cantidad de maldad porque siempre hay en su seno gente mala. Pero una cultura no perdura si únicamente hay maldad en su seno. La nuestra perdura, entre otras cosas, porque criticó la trata de esclavos y condenó a los negreros. Y hoy protege a los nuevos esclavos.

 

(*) Hacen referencia a haber leído ese libro Andrea Palladino y Andrea Tornado, corresponsales de Le Monde (16.05.2015) en Palermo y Roma
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