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Mikel Azurmendi
Viernes, 22 de enero de 2016
"De momento no hay en el mundo política alternativa alguna a la democracia de la libertad, la tolerancia y los derechos humanos; tampoco a eso que económicamente lo posibilita: el libre mercado o capitalismo"

Catecismo cívico para los tiempos que vienen

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Con motivo de las masivas agresiones sexuales a jóvenes alemanas por inmigrantes de cultura musulmana durante las fiestas de Fin de Año y dado el cariz de las respuestas del Estado noruego (obligar a los inmigrantes a acudir a clases de respeto moral y cívico) o del Estado británico (clases de inglés obligatorias a todas las mujeres inmigrantes), algunos me han hecho preguntas sobre la democracia y la cultura. Aquí yo las desearía formalizar y responder a modo de escueto catecismo cívico.

 

1. ¿Es el multiculturalismo un modo de integración social deseable en el seno de sociedades democráticas?

 


"Multiculturalismo" tiene una acepción muy estricta en los países de lengua inglesa -que es de donde procede el término- y se enclava en un contexto en el que a la raza (sí, la raza) se la considera factor esencial para estructurar la sociedad inmigrante e integrarla. En esos países "integrar a los ciudadanos" consiste en ubicarlos espacialmente según color de la piel y origen, a fin de que accedan al reparto del bien social. Y este reparto se verifica por colectividades afines, separadas unas de otras y cohesionadas internamente en razón de su cultura. Multiculturalismo es, por tanto, una práctica de desarrollo cultural separado. El apartheid surafricano se basó en esa misma premisa ideológica, que fue teorizándose allí en los años 60 del pasado siglo XX bajo el argumento de que crear "naciones separadas" (en lugar de ciudadanos iguales) contribuiría a la desaparición de la discriminación social. Lo que hizo fue impedir un melting pot ya en curso y agrandar la discriminación. El multiculturalismo europeo podría caminar hacia esa vía, como ya está siendo el caso en Gran Bretaña y Holanda, donde las comunidades "aparte" o "guetizadas", la musulmana en particular, comienzan a reclamar un Estado propio y asociado al inglés u holandés.


 

2. ¿Es el multiculturalismo una teoría y práctica con alternativas al sistema democrático actual?


Tras el derrumbre mundial de integración social de los modelos nazi-fascistas y social-comunistas de todo pelaje, de momento no hay en el mundo política alternativa alguna a la democracia de la libertad, la tolerancia y los derechos humanos; tampoco a eso que económicamente lo posibilita: el libre mercado o capitalismo. El multiculturalismo de los ideólogos anti-sistema es un intento cosmético de destruirlo; y el multiculturalismo de los bienpensantes humanistas es una incapacidad de criticar nuestro sistema presentando mejoras posibles y necesarias. La posible ruptura de la España constitucional en múltiples parcelas patrimonializadas es también una concepción multicultural de prevalencia de las diferencias menores (supuestamente “culturales”) sobre la similitud fundamental de los ciudadanos europeos.


 

3. ¿Cómo se puede organizar la convivencia en las sociedades pluralistas de modo que todos los grupos sean tratados de la misma manera, con los mismos derechos y dentro de un reconocimiento mutuo y recíproco?


La sociedad pluralista no es aquella donde hay muchos grupos culturalmente diversos, sino es la sociedad donde todos aceptan que existe la ley igual para todos, la libertad para todos y la tolerancia. Este sistema cultural posibilita que el otro sea tan distinto de mí como él quiera, siempre dentro del cumplimiento de la ley y de los derechos de terceros. Y posibilita que cada cual se organice con quien quiera. Eso es una sociedad pluralista.

 

En la sociedad pluralista el individuo es más importante que el grupo. El individuo es ya todo un grupo, el grupo mínimo de todos, y desde esa entidad emanan los derechos como algo ínsito en la dignidad humana. Los individuos supuestamente maltratados por motivos bastante similares suelen conformar grupos, pero ese maltrato que los objetiva no es la opresión de un grupo por otro sino que se trata más bien de la opresión de personas concretas por motivos económicos, de origen, de sexo, religión, de idioma o lo que fuere.

 

En la sociedad democrática todo individuo tiene derecho a formar grupos, partidos, clubes e iglesias y a abandonarlos cuando quiera; pero el grupo al que se adscriba el ciudadano no tiene fuerza legal alguna sobre él y, si le obligase a principios o acciones contra la ley o contra los derechos humanos, los dirigentes de ese grupo cometerían un delito grave (el grupo no los cometería, claro; pero el grupo podría ser prohibido o, dicho de otro modo, sus individuos serían constreñidos a no juntarse en grupo).

 

Organizar el pluralismo es una cuestión de justicia (nadie es más que nadie) y de tolerancia (nadie obliga a nadie en asuntos de pensamiento ni en sus opciones de vida buena).


 

4. ¿No es deseable la educación multicultural en la escuela?

 

Lo deseable es la educación cívica, la misma para todos, ésa que impulsa el respeto a la ley, la  razonabilidad pública, el sentido de justicia, la decencia civil, la tolerancia, etc. No es deseable compartimentar el aula escolar en espacios y períodos de fragmentación ético-religiosa; el aula entera debería afrontar más bien al unísono una misma formación de la dimensión privada ético-religiosa: todos debieran saber a qué se compromete cada cual asumiendo la religión hebrea, musulmana, evangelista, católica, agnóstica o atea. Todos los compañeros de aula debieran aprender a respetarse dentro de la misma aula a través del conocimiento de cada opción de vida. La educación escolar exige que la democracia sea estudiada y asimilada como el único sistema cultural que posibilita la libre expansión de todas las opciones de vida privada que no dañen los derechos de las personas.


 

5. ¿A qué retos de integración social se enfrenta el Estado democrático actual respecto de otros momentos históricos del pasado?

 

En cada momento de su existencia, el Estado democrático ha tenido un reto fundamental: el de la inclusión de los más excluidos. El primer Estado democrático de todos, el de los Jefferson, Madison y Adams, tuvo el reto de incluir al esclavo y aplicar estrictamente la Constitución recién aceptada. Los Estados democráticos de finales del s.XIX y comienzos del XX tuvieron como reto la inclusión de la mayoría de trabajadores políticamente excluida: fue así como se formularon los derechos políticos y sociales (libre expresión de ideas, elecciones libres, derecho de manifestación, de huelga, etc.). Los Estados democráticos se hallan actualmente inmersos en la enorme tarea de la inclusión de las mujeres y los discapacitados. Ahí están también los nuevos excluidos, los pobres, los jóvenes, los inmigrantes, cuya integración social está todavía pendiente... El Estado democrático más que una nueva definición precisa de nuevas prácticas, más coherentes con aquello que propugna defender.

 

6. Si la identidad cultural es cambiante, ¿por qué se la coloca como axioma inmutable que sustenta las distintas reivindicaciones políticas?


Lo cultural -y más todavía como trasunto de identidad- es hoy un recurso cómodo para el oportunismo político (llegar como sea al poder) o el victimismo (quejarse perpetuamente de los demás sin asumir la propia responsabilidad). La “cultura” ha sido un concepto buscado desesperadamente y parido artificialmente por el colonialismo y, luego, mantenido opíparamente en los departamentos universitarios de antropología para darse ínfulas de sabiduría y buena conciencia redentora. Es verdad que la cultura cumplió cierta función de combate del racismo americano (esencialmente acaudillado por F. Boas y sus discípulos) pero blandir la “cultura”, hoy entre nosotros, lleva siempre la intención de ocultar algún privilegio. La cultura en cuyo nombre se organice, hoy aquí, un discurso político es ya mentira. Huntington no ha proferido la última mentira, ciertamente que no.

 

7. ¿Cuál es el significado de la cultura para la vida de los seres humanos?


La gran mayoría de los seres humanos no se pregunta en toda su vida por el significado de la cultura, a Dios gracias. Pero sí se pregunta por el modo y manera en que se puede mejorar de vida. Y ésta es la pregunta que más ha hecho avanzar a la humanidad hacia el progreso material y moral. Nuestra "cultura", la democrática, se puede construir coherentemente en la respuesta a esa interrogante tan perentoria de cómo mejorar la vida, de cómo lograr la mejor vida social.


 

8. ¿Cómo pueden convivir realmente sociedades con diferentes creencias respecto a cuestiones básicas como la propia idea de la sociedad y de su relación con el orden político?

 

Ninguna sociedad puede perdurar si las ideas de fondo que la sostienen se ponen constantemente en solfa. Por eso toda sociedad trata de mantener algún sistema de legitimidad de sí misma: la nuestra se mantiene en nombre de la igualdad de las personas y su autonomía en libertad; las islámicas, en nombre del sometimiento a Alá y la jerarquía entre las personas, etc. En el mundo globalizado actual, las sociedades islámicas tienen el reto de integrar como fuere la idea de libertad y derechos humanos: su supervivencia está jugándose en ello. Las democráticas, como las nuestras, tienen el reto de serlo cada día más, de evitar cada vez más la exclusión social, de atinar cada vez mejor en la igualdad de oportunidades, y suma y sigue... Toda sociedad está siempre en vilo, ninguna tiene el futuro asegurado. Esa es precisamente la grandeza humana, el manejo de su libertad.

 

9. ¿No naturaliza el multiculturalismo la cultura y la presenta como un factum, no sólo irrenunciable sino, además, fundante de cualquier tipo de organización política?


Para el multiculturalismo el individuo es un pertenecido a su cultura, esencialmente a la tradición o patrimonio exclusivo de los ancestros. Romper con ese patrimonio sería deshacer al humano; éste no es libre para decir "no" ni para hacer proyectos propios de estilos de vida propios y hasta discrepantes. A esto lo llaman des-culturación e, incluso, a-culturación. Se trata de una concepción étnica de la cultura, algo tan rígido y pétreo como lo es la geología, donde “cultura” es un parque jurásico o sedimentación de capas humanas en las que el individuo es un repetidor infatigable y eterno de la autoctonía ancestral. El individuo sería mero miembro del todo, que es la Cultura. Evidentemente, desde los Hitler a los Arzalluz-Otegi existen muchos especímenes de multiculturalista, pero el de nuestros días se disfraza hábilmente de anti-racismo y odio al racismo que se les supone a los occidentales aunque, de hecho, su racismo étnico es mil veces peor. Precisamente porque suponen que las personas se hallan atadas para siempre a la lengua de sus padres, a la religión de sus padres, al color y sabor de los alimentos de sus padres, siempre distintos e inasimilables por los colores, sabores, usos y religiones de los padres de los vecinos. El multiculturalismo no puede explicar la política como hecho humano de libertad, tampoco puede argumentar contra los hechos humanos de máxima humillación y crueldad de múltiples sociedades humanas (cazadores de cabezas, quemadores de viudas, asesinos de niñas primogénitas, escarificadores y machistas, etc.). En definitiva, un multiculturalista no puede criticar a los nazis; ¿en nombre de qué valores lo haría? La caída en el relativismo moral es una de las más abyectas consecuencias de la teoría multiculturalista.


 

10. ¿Es el "patriotismo constitucional" (en nuestro caso, español), al entender la patria como 'nación política de ciudadanos iguales y libres', defendible hoy día?


La "nación política" del patriotismo constitucional también condensa un cúmulo de emociones y sentimientos ligados al pasado, no en vano es la historia nacional (con sus gestas, acciones supuestamente nobles aunque encubran mucha crueldad, dificultades superadas, enemigos vencidos, vida en común conflictiva, etc.) la que ha preparado nuestra imaginación para hacer aceptable la "nación política" o "pueblo soberano". Concepto éste que, en efecto, tiene como condensado simbólico esencial ese conglomerado de igualdad, solidaridad y libertad, sustrato de prácticas liberales y democráticas cuyo fin es siempre el de consolidar un proceso permanente de crítica y reforma social. Por eso el patriotismo constitucional debe ser entendido no solamente como proceso práctico de mejora virtuosa de la ciudadanía tras la ampliación de la oportunidad social (igualdad, solidaridad y libertad) sino, además, como trabajo permanente por limpiar nuestra imaginación, sobre todo en lo relativo a nuestra imagen de los hechos del pasado. Si por patriotismo constitucional nos implicamos en un proceso de inclusión en la ciudadanía de los más excluidos de ella, ello nos obliga a repensar constantemente en la imaginación que nos lleva a excluir al otro, repensar nuestras imágenes que propician procesos de exclusión.

 

Por eso, además de re-visitar la historia nacional, es preciso revisarla de su supuesto brillo nacional a fin de vislumbrar los procesos reales de exclusión, daño y crueldad. Revisarla así constituye una tarea permanente de la imaginación cívica, porque irá adecuando nuestra imaginación a las nuevas intenciones del patriotismo constitucional. El patriotismo es únicamente defendible desde esta perspectiva de revisión de la historia y del hecho cultural mismo que nos ha consolidado como nación.

 

Hay que terminar con los hechizos de una cultura de “construcción nacional” y fundar nueva imaginería de construcción post-nacional o, mejor, trans-nacional. Es la tarea pendiente en Europa (contarnos también una nueva historia europea donde calibremos la humillación mutua y el gran daño que nos ejercimos unas naciones contra otras) y, naturalmente, en España. Lo que está pendiente es superar el nacionalismo, no con más lenguaje nacional desde intenciones nacionales sino con más lenguaje de igualdad jurídico-política y desde intenciones trans-nacionales.

 

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1 Comentario
Ernesto Ladrón de Guevara
Fecha: Sábado, 23 de enero de 2016 a las 16:18
Documento referencial para guardar. Verdadera doctrina democrática en tiempos de decadencia de los principios liberales.

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