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Mikel Azurmendi
Domingo, 7 de febrero de 2016 | Leída 917 veces

La última lección de la integración social en Francia

Noticia clasificada en: Francia Inmigrantes Mikel Azurmendi

[Img #8077]Tras diez años de investigación se acaban de publicar este mes de enero seiscientas páginas de análisis sociológico tituladas Trayectorias y Orígenes”. Son páginas que se leen como una novela de las sagas que actualmente construyen Francia. Sus autores son veintidós investigadores del Instituto nacional de estudios demográficos” (INED) y del Instituto nacional de estadística y estudios económicos (Insee), los cuales establecieron una primera encuesta de gran envergadura entre 22.000 personas. Luego estuvieron encuestando durante los años 2008 y 2009 sobre las vidas de 8.300 inmigrados surgidos de siete sucesivas oleadas que entraron en Francia en la segunda mitad del siglo XX. Y las han ido comparando finalmente con las de 8.200 de sus descendientes de entre 18 y 35 años (nacidos en Francia o llegados a ella con menos de 6 años) pero, también, las compararon con las vidas de franceses sin ascendencia extranjera.

 

Algo más que un granito de arena en nuestro conocimiento, esta última aportación demuestra que, pese a los actuales balbuceos y aprietos de recepción de refugiados sirios, Francia logra por lo general integrar a los inmigrantes. Queda así probado que en Francia la segunda generación no se repliega en el comunitarismo multiculturalista; pero también queda patente que los hijos de los magrebíes así como de los turcos y subsaharianos tienden hacia el gueto étnico. Y, sin embargo, se cree discernir que entre todos ellos su “apego a Francia es fuerte”. Esta segunda generación nacida en Francia cursa estudios y obtiene diplomas, encuentra cónyuge y amigos que no son de ascendencia inmigrante y hasta deja de lado la lengua de sus padres. Pero esa generación de hijos de inmigrantes cae en el paro mucho más a menudo y durante más tiempo que los hijos de franceses de origen autóctono. Y, en consecuencia, esa generación nacida en Francia se siente discriminada.

 

En lo que concierne a una integración cultural se sabe que las chicas de esta segunda generación acaban el bachillerato en la misma proporción que las demás chicas francesas de la población general e, incluso a veces, en una proporción algo mayor. En Francia, el 65% de chicas acaba el bachillerato, pero las chicas chinas de segunda generación lo acaban en un 80% y las de origen camboyano, vietnamita o laosiano en un 70%. Esta elevada proporción queda nivelada a la baja por las chicas de origen turco o argelino que lo acaban, respectivamente, en el 38% y el 51%. Estos resultados son muy diferentes en lo que concierne a los chicos de segunda generación, de la que solamente el 48% termina el bachiller, 11 puntos por debajo de la media nacional. Si el 62% de la población francesa de entre 18-35 años ha terminado el bachiller, los de la segunda generación de origen inmigrante lo hacen en un 55%. También los de origen turco y magrebí son los causantes de rebajar esa estadística. Espectacular, pues, el fracaso escolar de esta franja de hijos de inmigrantes. En lo que concierne a una integración familiar, se ha comprobado que el 67% de los chicos y el 62% de las chicas de segunda generación de inmigrantes contrae matrimonio mixto. Y la prole de estos matrimonios mixtos resulta idéntica a la de las mujeres de 40 años de la población general.

 

Sin embargo los indicadores de la integración económica les son francamente adversos a los hijos e hijas de esta segunda generación de origen inmigrante. Para empezar, el mismo diploma no les vale lo mismo que a los demás franceses. La regla parece ser que los hijos siguen más o menos difusamente la pauta de sus padres inmigrantes, lo cual muestra que se da un desclasamiento cierto de estos franceses de segunda generación inmigrante. En general, aceptan puestos de menor calificación y progresan más lentamente que el resto de los jóvenes franceses. También tienen más dificultad de acceder a una vivienda digna así como a las distracciones ociosas del tiempo libre. Tras estas pautas se percibe que los jóvenes de la segunda generación sí hacen el esfuerzo de integración pero que la sociedad francesa en su conjunto no lo hace cuando la dinámica le correspondería a ella. Con ello se constata que la generación de los hijos dice sufrir más discriminación de la que sufrieron sus padres inmigrantes. Esta experiencia se convierte tanto más traumática cuanto que los hijos formen parte de minorías visibles guetificadas (turcos, magrebíes, subsaharianos). A estas minorías no les protege apenas el contraer matrimonio mixto ni incluso cierto nivel de ascenso profesional. La regla parece ser que si un matrimonio mixto de jóvenes convive con sus padres en el ámbito cerrado de barriada (gueto) sufre más todavía del racismo que las demás categorías socioprofesionales.

 

Hay entre un 5% y un 9% de descendientes de africanos y magrebíes que dice haber sufrido discriminación y vejaciones racistas en su lugar de trabajo. Entre los hijos de inmigrados europeos esa proporción es del 1%, idéntica a la de los de origen asiático. ¿Es tal vez este hecho lo que explica la lentitud de emergencia de mandos profesionales entre los trabajadores pertenecientes a determinadas comunidades? Los encuestadores se inclinan por el sí, por suponer que son razones discriminadoras como el racismo. En el cómputo total francés uno de cada cinco trabajadores llega a ser un mando profesional. La media de acceso a un puesto de mando para un hijo de inmigrante europeo es de uno cada tres trabajadores. Para el magrebí o turco lo es uno cada 12´5 trabajadores. He ahí el gran fracaso de la inserción profesional de este grupo masculino de hijos de inmigrantes sin apenas diploma escolar y con tendencia al gueto (porque un tercio de ellos no tiene diploma escolar alguno).

 

Francia, un tercio de cuya población total está compuesta por una población originada en la inmigración, sabe ahora con toda certeza lo que ya suponíamos de tiempo atrás:

 

1º Que los hijos de los inmigrantes no ponían distancia entre su comunidad y la comunidad nacional francesa y que apetecían formar parte de ella pero que tenían que superar dos horcas caudinas: el éxito escolar y la vivienda.

 

2º Que en la medida en que determinadas franjas de inmigrantes (de origen magrebí, turco y subsahariano) no han superado favorablemente ambas pruebas, perpetuándose en barriadas cada vez más cerradas (en las ZUP de toda Francia o “Zone à Urbaniser par Priorité”, bastante más de la mitad de los habitantes son magrebís y turcos), y en la medida del enorme fracaso escolar de sus jóvenes generaciones, la integración no progresa adecuadamente.

 

3º Que el Estado francés ha descuidado fatalmente esos dos aspectos esenciales de la integración social de los inmigrantes más propensos al gueto.

 

4º Que la experiencia del racismo dicen vivirla casi exclusivamente esos jóvenes de segunda generación que habitan esas zonas guetificadas con fuertes experiencias de delincuencia y que han fracasado escolarmente. En cambio, el resto de las jóvenes generaciones de los inmigrantes no constatan experiencias de racismo.

 

5º Que las ONG y demás empresariado social que gestiona cauces de integración inmigrante han contraído una responsabilidad enorme al no haber dirigido su vigilancia hacia los lugares de inserción escolar y laboral, habiéndose dedicado a plantear un combate exclusivamente antirracista (generando una ideología a la contra, ideología que acusa a la sociedad de islamofobia). Los magrebíes en especial pero también los turcos han sido víctimas de esta ideologización tanto para su percepción de la realidad como para su contacto con ella.

 

5º Ideologización también perceptible en esta investigación de “Trayectoria y Orígenes” a tenor de que su metodología no ha tomado en consideración el estudio de los casos de indudable éxito profesional y universitario de hijos de familias magrebíes y turcas a fin de comparar las causas de presencia o ausencia de ciertas experiencias de racismo. Uno de los tres coordinadores de esta investigación, Patrick Simon del INED, en una entrevista al periódico Le Monde (9 de enero de 2016) condenaba la política francesa de asimilación “centrada en la imposición de normas y de valores olvidándose que la integración es un intercambio y una adaptación recíproca permanente”. Para este demógrafo francés el ideal de integración social es una “transición de la sociedad francesa hacia su carácter multicultural... (para) reconstruir una cohesión en torno a la diversidad”.

 

Y yo me pregunto si no debe una sociedad democrática “imponer normas y valores” a los inmigrantes que vienen de una cultura no democrática, donde no existe ni siquiera una conciencia de los derechos humanos. Me pregunto sobre qué “intercambio y adaptación recíproca” podrán efectuarse entre los ciudadanos de una sociedad democrática y los inmigrantes sin costumbre democrática ni virtudes cívicas de tolerancia e igualdad de trato entre hombres y mujeres. Si se la compara con la población de cualquier país magrebí o turco, me pregunto si no es mil veces mayor la diversidad de la sociedad francesa, tanto en lo cultural, sexual, religioso, alimenticio, profesional, etc. Y me pregunto si la fuente de esa diversidad no será lo que precisamente deba asimilar todo inmigrante que venga a una sociedad democrática. ¿No es la libertad, la igualdad de todos ante la ley y la tolerancia esa fuente de diversidad que nos posibilita a cada ciudadano ser todo lo diferente que uno quiera?

 

Las encuestas e investigaciones son importantes, pero ellas no indican el camino que hay que seguir para integrar a los inmigrantes. Ellas sólo ofrecen cuantificadores y porcentajes, una foto aritmética de la realidad. Lo realmente importante es saber a dónde queremos ir con esa foto, cómo usarla para mejorar la calidad democrática de la ciudadanía y el control de sus instituciones.

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