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Javier Salaberria
Domingo, 22 de mayo de 2016 | Leída 142 veces

Para ganar hay que saber perder

[Img #8830]Los reglamentos deportivos, en general, y el de la Federación Española de Fútbol, en particular, dicen que la propaganda política está prohibida en los estadios. O no saben de lo que hablan o son unos hipócritas con descaro. La política impregna el deporte en su totalidad. De cabo a rabo. Sin excepción. Eso que dice la Ley del Deporte de que en los espectáculos deportivos “no exista otra rivalidad que la deportiva” es la mayor falsedad que se ha podido escribir en ley alguna. Hay rivalidad vecinal, rivalidad hostil contra la autoridad, rivalidad económica brutal, rivalidad entre directivos y entre jugadores del mismo equipo, rivalidad entre los medios de comunicación, rivalidad por los fichajes, entre los entrenadores y, por supuesto, rivalidad política que puede llevar a ultras de distintos equipos a matarse entre ellos o a matar a simples aficionados, como desgraciadamente ya ha ocurrido en más de una ocasión.

 

Vamos a ver. Si en una simple confrontación de alevines playeros hay padres que agreden a los árbitros por no pitar un penalti para el equipo de su ikastola… qué podemos esperar de un partido entre el equipo de la capital catalana “independentista” y uno de los equipos españoles de más solera, vencedor indiscutible de la Europa League, el Sevilla del Plus Ultra, hasta el infinito y más allá; un partido en el que el mismísimo Rey de España entregará su copa al vencedor y en el que ondeará solemne la enseña nacional y sonará el himno, todo ello en el estadio Vicente Calderón de la capital del reino, retransmitido por decenas de canales de televisión para todo el mundo... ¡Si esto no es política, que venga Dios y lo vea!

 

Prohibir la “estelada” en el estadio hubiera sido una torpeza, porque es de manual que así consigues el efecto de notoriedad contrario, reforzando el mensaje independentista. El país no se cohesiona prohibiendo banderas. Habrá esteladas, se pitará el himno y se pitará al Rey. ¿Y qué? Cuantas más veces se repita esa pataleta, menos interés suscitará y menos fuerza simbólica acabará teniendo. En Donostia casi se hizo tradición arrojar huevos al alcalde en la izada y en la arriada de la Plaza de la Constitución, así como el decorado de pancartas políticas abertzales. ¿Se acuerdan ustedes de las guerras de banderas que todos los años se producían en fiestas de distintos pueblos y ciudades del País Vasco? ¿Por qué han ido desapareciendo? Por puro aburrimiento, ya que “el mayor desprecio es no hacer aprecio”.

 

No se consiguen adhesiones prohibiendo símbolos sino ilusionando y ofreciendo beneficios y prosperidad. Nadie se jugaría la unidad de España o la independencia de Cataluña en un encuentro de fútbol. El respeto al Rey, al himno y a la bandera no se logrará con sanciones y multas. Cuando hay un público entregado al menosprecio de los símbolos nacionales, castigarlos no acaba con ellos sino que los multiplica, porque se alimentan de la confrontación.

 

No debería preocuparnos tanto su visibilidad sino sus razones. Porque sus razones apuntan a nuestro fracaso como nación. Si no somos capaces de aceptar esa crítica estamos condenados a desaparecer, ya que no seremos capaces de superar la atrofia nacional que sufrimos desde hace siglos.

 

España tiene problemas mucho más serios que ver cómo unos cuantos catalanes apoyan a su equipo con unas “estelades”. Sin ir más lejos, que nuestra deuda alcance el 100% del PIB, un nivel de endeudamiento que no conocíamos desde hace cien años. O que cada día se conozcan más y más casos de corrupción política. O que haya una lista interminable de personalidades y “grandes de España” evadiendo sus obligaciones fiscales y patrióticas, invirtiendo en países piratas, llamados eufemísticamente “paraísos fiscales”.

 

¿Qué haría un buen gobernante español de siglos pasados ante la piratería? Sin dudarlo mandaría a los marines, que fueron un invento español poco reconocido. ¿Qué importan unos trapos en un estadio de fútbol si el país se desangra víctima de su podredumbre política?

 

Me gustaría ver al ilustre marino Don Blas de Lezo o al insigne donostiarra almirante de la Mar Océana, Don Antonio de Oquendo, dirigir sus naves contra los piratas de Panamá, la Islas Caimán, o Gibraltar, mismamente. Pero, ¿qué podemos esperar cuando los drakes, morgans y robets del presente son nuestros gobernantes? Pues eso, que nos confundan con una cortina de humo en torno a un estúpido partido de fútbol. Con perdón de los aficionados, pero en el mundo hay otros deportes y nadie se empeña en “politizarlos” tanto como hacemos en España con el fútbol de marras.

 

Que se lo digan a los sufridos deportistas de disciplinas minoritarias que tienen que competir por su país pagándose de su bolsillo casi todo.

 

Si hay algo que se ha explotado sistemática y exhaustivamente hasta la saciedad para generar opinión pública positiva han sido los triunfos de nuestros deportistas, al parecer uno de los pocos yacimientos de  orgullo patrio que nos queda. ¿Van ahora a contarnos que no hay que utilizar políticamente al deporte?

 

No nos tomen el pelo más de lo que ya lo hacen habitualmente. No sólo es política, el fútbol en este país es un negocio millonario, corrupto hasta la médula, repleto de mafias y de oscuros intereses. Es todo menos un inocente deporte.

 

Así que habrá bronca en la final de Copa, como viene siendo habitual. Al Rey le aconsejaría unos buenos tapones o unos auriculares en los oídos, y al himno unos potentes altavoces que hagan temblar los cimientos del estadio. Esperemos que de ese modo todo se quede en mucho ruido y pocas nueces, como también viene siendo habitual en nuestra política.

 

Gane quien gane ese partido, al día siguiente el paro seguirá siendo el mismo, el déficit seguirá siendo el mismo, la corrupción seguirá siendo la misma, seguiremos sin gobierno, Cataluña seguirá siendo España y Sevilla seguirá teniendo un color especial.

 


 

 

 
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