Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies

Pablo Mosquera
Domingo, 17 de julio de 2016 | Leída 115 veces

Siempre la libertad

[Img #9343]Hoy vuelve a ser noticia la muerte. Sigue siendo demasiado fácil matar. No hay nada más terrorífico que saber cómo el terrorismo se convierte en una forma moderna de guerra, al servicio de intereses bastardos, dónde unos hacen negocios y otros son víctimas silentes, anónimas, inocentes. Le ha tocado a la ciudad de Niza. En esa Costa Azul que estuvo de moda hace décadas, por donde un verano me paseaba en mi flamante Renault Fuego. He recibido un mensaje de una persona que sufrió conmigo la macabra incógnita de no saber, cada vez que salía de casa, si volvería. Me dice, ¿cómo puede detenerse esta guerra? Y es que hay que decirlo alto y claro, estamos ante otra guerra, la que se corresponde con el siglo XXI. Pero con los ingredientes de viejas guerras. Armas letales, soldados de la muerte, personas inocentes que pasan de la alegría a la barbarie en unos instantes, muchas caras compungidas condenando, una escalada de actos de guerra que muestran a las claras la indefensión de la denominada población civil.

 

Aquella tarde, estaba en mi casa del centro de Vitoria en mi despacho, escuché una explosión muy cerca; me asomé a la terraza y vi una cortina de humo negro que se desplazaba; tenía la suficiente información como para saber que era un coche bomba; podía señalar que se trataba del cercano campus universitario de Álava; me hice mi propia composición de víctimas: Portillo; Jon Juaristi; Fernando Buesa. Acerté, era éste último y le acompañaba mi habitual escolta Jorge Díaz Elorza, nieto de suboficial de la guardia civil. Salí rápidamente hacía el lugar de la deflagración, mientras llamaba a mi amigo el teniente coronel de la Guardia Civil, Emiliano Gimeno. Le daba las coordenadas del atentado y quedábamos en reunirnos de inmediato en el lugar. Llegamos casi juntos y solos, sin escoltas. Hicimos cábalas sobre dónde estarían situados los que hicieron estallar la carga al paso de Buesa y su escolta. Le dije que había tenido la sensación premonitoria de cruzarme al asesino en mi recorrido desde casa al lugar dónde estábamos. Había aprendido con el tiempo a notar la mirada de aquellos sujetos capaces de matar en nombre de su patria.

 

Desgraciadamente, el ser humano es capaz de atrocidades como la que relato. Desgraciadamente, el ser humano termina por vivir en medio de tales miserias. Así me contó un día Hermann Tertsch, que en su estancia en Sarajevo como corresponsal de “El País”, las gentes se acostumbraron a los diarios bombardeos, y así aguardaban que pasara el que tocaba para ir a tomar los vinos, y que cuando se retrasaban se ponían de mal humor ya que suponía una contrariedad en su rutina en medio de aquella guerra de los Balcanes, dónde estuvieron varios años matándose sin piedad, gentes oficialmente civilizadas.

 

En 1986, formando parte de una delegación del Parlamento vasco, acudí a Santiago de Chile a la invitación de un descendiente de vascos que, por entonces era el Presidente de la Internacional Demócrata Cristiana. Andrés Zaldívar y su hermano, nos recibieron a todos los parlamentarios del mundo libre que fuimos a la Asamblea de la Civilidad contra el régimen de Pinochet y para exigir la devolución de las libertades al pueblo chileno. Aquella reunión de parlamentarios del mundo libre por la democracia en Chile, del 19 al 21 de mayo de 1986, lo recuerdo como una importante y terrible experiencia.

 

La vida en Latinoamérica no tenía el mismo valor que en Europa.

 

El régimen militar chileno que marcaba el "paso de la oca" estaba copiado de la Alemania Nazi.

 

Ser un "desaparecido" en aquel Chile de las detenciones nocturnas, cuando se ordenaba quitar la luz para que los paramilitares pudieran hacer de las suyas, era la fórmula, junto a estadios de futbol y vuelos sobre la mar, para mantener el orden bajo el terror.

 

En aquellos días, inolvidables, supe por un parlamentario justicialista argentino que mi primo Pepe, desaparecido desde hacía dos años, estaba vivo y regresaría a su casa de Rosario. Así fue.

 

A pesar de estar protegidos por la embajada de España, nos gasearon en una manifestación y nos dieron palos, amén de pretender que acompañáramos a la policía secreta -DINA- a lo que nos negamos. Íbamos: Gurruchaga, Ormazabal, Eguiguren, Pujana y yo. La verdad es que se me quitaron las ganas de ir por esos países donde carabineros y milicos con las caras pintadas nos amenazaban con ametralladoras pesadas.

 

Un día, contándoselo al primer Presidente del Foro de Ermua, mi amigo y poeta, Vidal de Nicolás, me dijo una frase que ha sido mi rumbo vital: "Sin libertad no merece la pena vivir, por la libertad merece la pena morir".    

 

Creo que ser de un pueblo como Islas San Cyprianus, dónde estamos rodeados de mar por todas partes y vivimos en una mágica naturaleza, imprime carácter. No sé vivir en cautiverio. No tolero que me cercenen mis derechos a las libertades. Por todo esto, un gallego se metió a político vasco, para refundar la democracia y recuperar la dignidad de las libertades, cercenadas por los hijos de Aitor.

 

La libertad es un conjunto de libertades. Un derecho fundamental al que no podemos renunciar, ni poner cortapisas. Hay que observar a los que aprovechan las vicisitudes para justificar el recorte de las libertades, con base en lo que se denomina colisión de los derechos fundamentales.

 

El terrorismo, como la economía, se ha globalizado, quizá por la relación que tienen. El terrorismo es un gran negocio. Determinados negocios genocidas, han puesto en marcha la espiral de la violencia, y con ella, el uso del terrorismo para evitar las confrontaciones en campo abierto, dónde las grandes ejércitos-tecnificados- llevarían siempre las de ganar. Pero qué pueden hacer los más modernas herramientas de combate contra un desesperado, al que le han sometido al mismo tratamiento religioso que emplearon desde la Iglesia de Roma para emprender las Cruzadas. Qué se puede hacer contra un lobo solitario dispuesto a inmolarse a cambio de promover el máximo de dolor, muerte y terror.

 

La diferencia entre ETA y los miembros del Estado Islámico resulta patética. Los primeros estaban dispuestos a matar, pero no a morir. Los segundos están dispuestos a matar y a morir... 

 

Espero que no estemos ante otra Guerra de los Treinta años.        

 


 

 
Acceda para comentar como usuario Acceda para comentar como usuario
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
La Tribuna • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress