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Pablo Mosquera
Domingo, 24 de julio de 2016 | Leída 108 veces

12 de julio 1997

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Un hijo de emigrantes gallegos, de Ourense, que como tantos otros llegaron a la Euskadi industrial en trenes que partieron de viejas estaciones de la España pobre, cambió la historia del País Vasco. El lugar, Ermua, el chaval, Miguel Ángel Blanco. Su destino, ser la sangre que hizo germinar la semilla de la dignidad paisana.

 

El 11 de julio de 1997, Ardanza reunía a la Mesa de Ajuria Enea. Iturgaiz, Oliveri, Arzalluz, Jaúregui, Madrazo y yo mismo. ETA había secuestrado a un joven concejal del PP en Ermua. Pedía lo imposible para no asesinarlo. Y es que el terrorismo necesitaba: propaganda, miedo y cuanto peor, mejor para sus credos, fanáticos seguidores y cabecera en los informativos del mundo occidental.

 

En aquella sala del palacio de los Ajuria en Vitoria, irrumpió el secretario del Lendakari, José Luis Zubizarreta. "Lehendakari, unos locos han organizado para mañana sábado, una manifestación en Bilbao, contra el terrorismo y el secuestro. No va a ir nadie. Estamos en verano y las gentes están hartas de manifestaciones".

 

Pero si no podemos detenerles, habrá que ir allí, y tendremos que movilizar a nuestra gente para que no se vea la debilidad que comenzamos a tener, ya que nosotros condenamos, nos manifestamos y concentramos, pero a ETA no somos capaces de pararlos y hacerles daño social. Esta era la valoración de los dirigentes nacionalistas.

 

Llegó el sábado 12 de julio. Hacía un calor espantoso. La manifestación era por la tarde,  saldría de la plaza del Sagrado Corazón y transcurrir por la Gran Vía. Cuando llegamos al hotel de concentración no podíamos dar crédito a lo que se veía. Un gentío inusitado. Un ambiente de pueblo enardecido. Un movimiento social que nos superaba a los dirigentes políticos. Aquello no estaba previsto. Era la clara muestra de cómo la sociedad tomaba la iniciativa contra ETA, sus matones, ideólogos y colaboradores. Nacía el "espíritu de Ermua".   

 

De aquel verano me quedan tres recuerdos. Cuando regresé a mi pueblo marinero del Cantábrico, mis gentes aguardaban mi llegada, hicimos una manifestación con parada delante de la escuela dónde Don Francisco Rivera Casás, nos entrego los primeros instrumentos para ser personas cultas, allí en silencio, con el sonido de la Rula de la Cofradía, comenzamos un acto que lo titulamos "por la tolerancia". En la manifestación antes aludida terminamos en el Ayuntamiento de Bilbao. Durante el recorrido, los del PP que venían con Aznar y Botella, no quisieron compartir con los demás partidos del Pacto por la Normalización y Pacificación de Euskadi el mismo espacio callejero. En el momento de mostrarnos ante el ingente público, la madre de Miguel Ángel, que sabía que yo era gallego y mi padre ourensano, como ellos, me dijo en nuestra lengua: "¿verdad paisano que con toda esta gente en la calle a Miguel Ángel no le pueden hacer nada?". No me atreví a contestarle. Sabíamos que salvo milagro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, la suerte del concejal estaba echada. El 12 de julio asesinaron a Miguel Ángel, al día siguiente, nos propusimos recibir el cadáver en el Ayuntamiento de Ermua, y así fue. Pero al llegar al pueblo de Vizcaya, la policía autónoma vasca, desplegada, nos advirtió a Ramón Jaúregui y a mí que no podíamos seguir en los coches y que ir andando era muy peligroso teniendo en cuenta como estaba la multitud. Decidimos no hacer caso y bajamos en dirección al Ayuntamiento. La indignación se podía cortar con un cuchillo. Podía haber cualquier reacción contra nosotros. A la postre éramos políticos y desde hacía días la situación se nos había ido de las manos; era el pueblo quien mandaba y nos empujaba a sus dirigentes. Al dar una curva del recorrido, una voz gritó." ¡Mosquera, valiente!". A partir de ese momento todo fueron aplausos y parabienes, ya que me consideraban uno de los suyos frente a la barbarie del nacionalismo radical.    

 

El entierro en aquel cementerio de Ermua, al que llegó la comitiva encabezada por el Príncipe de España, con las laderas de las montañas vascongadas a nuestro alcance, de tal suerte que habría sido muy fácil para un tirador con rifle, provocar una matanza entre los que íbamos camino de la morada definitiva de un muchacho que tocaba la batería con su grupo de música pop y que disfrutaba de la belleza de su novia. Toda una historia celta, que según dicen, no pueden tener un final feliz.

 

La banda terrorista ETA puso en marcha la reacción contra el miedo. Aquellos días fueron frenéticos. Las gentes corrientes se echaron a la calle y fueron en busca del habitual santuario de los matones. Por primera vez, los que daban miedo, se morían de miedo. Les salvó la policía. Les salvó el verano. Les salvó el uso partidario que algunos quisieron hacer del muerto.

 

La mala noticia es que nadie puede devolver la vida a los muertos. "Dios mío, qué solos se quedan los muertos".  La buena noticia es que tras muchos años de plomo, un día estalló la paz. Hoy Euskadi no es noticia en las páginas de los sucesos. Hoy la Comunidad Autónoma del País Vasco usa las competencias de su Estatuto, no como un vehículo hacía la aldea profunda, en un fin para vivir mejor y desarrollar un espacio de riqueza y empleo, mejor que en otras comunidades.

 

A partir de aquel verano de 1997, el pueblo decidió que rompía con sus verdugos, y salió de sus casas para descubrir cómo el vecino también estaba harto de estar harto. 

 

En estas fechas se hizo patente que para cambiar la situación en Euskadi, era preciso conseguir la alternancia al nacionalismo en el poder, ya que tal ideología no podía ser la solución, precisamente por formar parte del problema. Lo conseguiríamos en julio de 1999, cuando suscribimos el acuerdo entre PP, PSE y UA a fin de hacernos con el Gobierno Foral de Alava y el Ayuntamiento de Vitoria. Precisamente, acuñamos una frase que hizo época. "Álava, frontera al nacionalismo".   

 


 

 
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