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Ernesto Ladrón de Guevara
Lunes, 25 de julio de 2016 | Leída 140 veces

La negación como forma de hacer política

Nadie ha nacido nunca miembro de un partido político; en cambio, nacemos todos miembros de una familia; somos todos vecinos de un Municipio; nos afanamos todos en el ejercicio de un trabajo. Pues si esas son nuestras unidades naturales, si la familia y el municipio y la corporación es en lo que de veras vivimos, ¿para qué necesitamos del instrumento intermediario y pernicioso de los partidos políticos que para unirnos en grupos artificiales empiezan por desunirnos en nuestras realidades auténticas?”   (José Antonio Primo de Rivera)

 

En esencia el sentido de la democracia es la organización de la voluntad general, expresada en las urnas, para el logro del bien común y para la felicidad de los pueblos.

 

Pero eso es un desiderátum. La realidad es tercamente diferente y los partidos políticos se organizan para el logro de los intereses del propio colectivo en primer lugar y, como mucho, para el cumplimiento de los intereses de los electores que representan. Rara vez para el interés general, que es el de la mayoría de la población, que suele coincidir pocas veces  con el del partido que supuestamente les representa por decisión de las urnas.   

 

Es evidente que el bloqueo que sufre España en sus costuras, con riesgo de romperse y dejar al descubierto las vergüenzas de su propia desnudez intelectual y espiritual, nos lleva indefectiblemente a la indigencia, en la mayor descomposición en todos los órdenes jamás conocida y en la ingobernabilidad más absoluta germen y caldo de cultivo de totalitarismos opuestos al sentido semántico del concepto de democracia.

 

Todos los partidos manifiestan no querer ir a unas terceras elecciones, pero tampoco manifiestan ni un solo atisbo de querer aunar voluntades para que así sea y entretejer los mimbres de la gobernabilidad.

 

El más contradictorio en estos términos es el Partido Socialista, sobre el que recae la responsabilidad de dotar a España de una dirección política y sobre todo económica para atajar los daños ocasionados por la propia partitocracia, que hacen que la vía de agua abierta en el casco del barco común en el que navega España no le lleve a pique.

 

No se puede decir al mismo tiempo que la responsabilidad de formar gobierno es del partido ganador de las últimas elecciones y al mismo tiempo negarle cualquier posibilidad para que pueda hacerlo, contraviniendo la voluntad de una mayoría minoritaria de españoles que así lo han dispuesto.

           

Se entiende perfectamente que el Partido Socialista quiera preservar su bolsa de electores para que no haya más fugas hacia el Partido Comunista de Pablo Iglesias junior. Pero poner los intereses del propio grupo por encima de los del pueblo español, y sacrificar el bienestar de éste para resolver una crisis interna del partido de Pablo Iglesias senior, es simplemente un atraco, un latrocinio imperdonable, pues pone en riesgo no solamente la felicidad de los españoles, su estabilidad y futuro, sino el de la propia democracia; pues nos lleva sin remedio a unas terceras elecciones de difícil pronóstico, y así no se resuelve nada, ni tan siquiera el futuro del PSOE, puesto ya en entredicho como instrumento al servicio de los españoles.

 

La otra solución, la probable, es que dejen gobernar al Partido Popular en minoría, para luego ponerle zancadillas y palos en las ruedas de la gobernabilidad con el objetivo de su desgaste, lo cual es un grave quebranto del interés general; es decir lo del perro del hortelano, ni comer ni dejar comer.

 

Lamentable espectáculo el que nos ofrecen. Así no vamos a ninguna parte y el desprestigio del sistema político en su conjunto está servido.

 


 

 
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