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Pablo Mosquera
Domingo, 31 de julio de 2016 | Leída 122 veces

Buscando la paz

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Desde 1990 hasta septiembre de 2002, tuve que vivir en libertad vigilada y amenazado por la banda terrorista ETA y sus cómplices. Fueron abundantes y diversas las informaciones, intentonas y comandos que me tuvieron presente en su negra lista de objetivos a "neutralizar" -frase de los milicos chilenos de Pinochet-. Mi vida se debatía entre el trabajo diario, las fuertes medidas de seguridad y mi propia preparación para la autodefensa. Entre tales ambientes, siempre buscábamos una válvula de escape, para mí y para mis escoltas, que terminaron siendo amigos y compañeros. Estábamos todos en el mismo bando, bajo las mismas amenazas y compartiendo riesgos sin un paso atrás...

 

Mi pueblo natal, en dónde ahora vivo entre mi gente, era la Arcadia feliz dónde nos refugiábamos. Pero hasta aquí llego la serpiente. Primero fueron informaciones de personas que, aprovechando la construcción del Eroski en Ribadeo, se desplazaron para controlarnos al ex presidente Calvo Sotelo y a mí. Después fueron unos extraños veraneantes en Portocelo, muy cerca de San Ciprián, a los que detectaron mis amigos de la infancia, guardias civiles, y que pusieron sobre aviso a mi servicio de seguridad. Pero lo que más nos inquietó fue el desplazamiento a Galicia de un comando de ETA capitaneado por una vitoriana -Alicia- que me había hecho seguimientos en los recintos deportivos en los que entrenábamos. Por cierto, que el informe que pasó a los jefes de la organización -Amboto y Kantauri- no tenía desperdicio. Aconsejaba utilizar un macetero con bomba, dadas las características de autodefensa que señalaba al equipo que formábamos mis escoltas y yo. Según decía, resultaba muy peligroso acercarse a nosotros...  

 

El ser humano necesita reposo para su cuerpo y su mente. Estar sometido al mundo de la seguridad es una miseria. Se pierde la libertad, la espontaneidad, la intimidad. Tomárselo en serio es confiar en los profesionales que nos cuidan. En tal sentido, no tengo por menos que estar eternamente agradecido a la Policía Nacional, a la Guardia Civil y a la unidad de Berrozis (Ertzaintza), que durante más de diez años se ocuparon de mi derecho a la vida, poniendo en riesgo la suya, compartiendo conmigo la posibilidad de un atentado de fusil con mira telescópica, bombas de todo tipo, emboscadas y agresiones. Cuando llegué a Galicia para quedarme definitivamente, dije públicamente que les debía la vida. Por eso, disfrutábamos cada vez que salíamos de Euskadi con rumbo a la Mariña gallega. Era llegar a mi pueblo y sentirnos en casa, ya que los de mi entorno natural los trataban como amigos y disfrutaban de nuestras maravillosas costumbres.

 

La paz es un bien escaso. Unas veces por los conflictos entre ideas, religiones y facciones políticas. Otras veces por la propia conciencia que no nos deja reposar la mente. Quizá por eso, determinadas religiones orientales cultivan la búsqueda de la paz interior. Debo reconocer que esta mágica Galicia del norte, tanto con buen tiempo como ejerciendo de reino de la lluvia, es un rincón para serenarse y desintoxicarse de los malos espíritus, tal como reza el conjuro de la queimada.    

 

Lograr vivir en paz significa crear un espacio donde todos quepan. La base de tal es el respeto. Y descubro que una de las agresiones más frecuentes al espacio del respeto se debe a la injerencia de la política en la vida civil. Hago mío ese grito de ¡menos política y más sociedad! En lugares dónde la naturaleza nos envuelve y embelesa con su magnificencia -caso del norte Cantábrico galaico- las conversaciones, noticias y conductas propias del estado político quedan relegados por el efecto de nuestras costumbres, leyendas, del contacto con la mar y el viento, grandeza del paisaje y sabiduría del paisanaje. Ahora, con casi quince años de perspectiva, puedo afirmar que mis válvulas de escape en doce años bajo amenaza fueron el refugio de practicar deporte y el cobijo de mi Mariña natal, ese reino de la Santa Compaña, esa Britonia de Maeloc, ese mundo encantado por Merlín y familia, esos cascos históricos de granito, pizarra y madera que buscan el horizonte marino.

 

En un momento muy duro, cuando ETA asesinó a Fernando Buesa muy cerca de mi domicilio, otro amigo, el lendakari Ibarreche, lo pasó muy mal, incluso con una úlcera producto de estrés. Mi afecto por Juanjo era viejo y conocido. No dudé en ofrecerle mi casa-refugio en la costa para compartir paz, naturaleza, bicicleta de montaña, playas, tertulias marineras, cantinas, en definitiva, amistad lejos de la cruel realidad política vasca.

 

En otros momentos, cuando las relaciones entre los miembros de la Mesa de Ajuria Enea se habían hecho cordiales, hasta Xavier Arzalluz llegó a decirme..."ese pueblo tuyo, perteneciente a la Diócesis de Mondoñedo, debe ser hermoso, cualquier día me acerco por allí y nos damos un paseo juntos". Todavía hoy me entra una risa nerviosa pensando en la escena. Arzalluz y un servidor paseando por las calles del Mondoñedo, rico en aguas, pan y latín, como dos catedráticos de Teología.

 

Decía el gran Álvaro Cunqueiro que en esta Galicia resultaba muy difícil hacerle una foto a un paisano sin que no saliera, de fondo, el Románico.

 

Los que somos cofrades del Quijote hace tiempo que hemos comprendido las propiedades del "Bálsamo de Fierabrás". Eso que todo lo cura, cicatriza las heridas del alma, despeja la mente, nos hace más sabios por quitar artefactos al funcionamiento de la razón, sin duda es como la filosofía que ordena el pensamiento. Afirmo que ante la grandiosidad infinita de la mar, no queda más remedio que arrodillar dicterios, dogmas e intransigencias, para rendir pleitesía al humanismo y su cultura, volviendo a reconocer que a la verdad, como a la felicidad, sólo se llega por aproximación. Y, no hay camino hacia tal Arcadia, sin la paz.   

 

Ese bien escaso en el mundo oficialmente civilizado, donde el bienestar de unos pocos se construye sobre la guerra, ese jinete del apocalipsis de San Juan, que sigue cabalgando y dando pingües beneficios económicos. No sólo no hemos vencido al terrorismo es que lo han convertido en el método bélico del siglo XXI.  

 

Y estamos siendo testigos de lo que antecede. Cualquier ciudad de Occidente puede verse envuelta en atentados suicidas oficialmente promovidos por el autodenominado Estado Islámico, que ha declarado la “guerra santa” a los infieles, potencias económicas y militares que en el último tercio del siglo XX decidieron ocupar con sus multinacionales de la energía aquel Oriente Próximo dónde habían tolerado y aupado a sátrapas dictadores clientes del negocio de las armas o financieros de las campañas electorales de las democracias europeas. Quizá el momento más revelador se plasma en la famosa foto de las Azores, cuando los enviados de la ONU justifican la existencia de armas químicas de destrucción masiva para impulsar la ocupación de territorios productores de petróleo. 

 


 

 
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