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Teresa Díaz Bada. Psicóloga Clínica. San Sebastián
Domingo, 31 de julio de 2016 | Leída 119 veces

Un amor para siempre

[Img #9417]En las relaciones de pareja que no se llevan bien, uno de los obstáculos en el origen del malestar mutuo suele ser la incomunicación que hay entre ellos. Cuando intentan hablar, la conversación acaba convirtiéndose en una lista de agravios recíproca que impide el diálogo fluido y llegar a acuerdos o aclarar temas, con lo que toda posibilidad de entendimiento queda cercenada.

 

En consulta se observa que, en ocasiones, seguimos funcionando con muchos estereotipos que conducen al fracaso. Son ideas establecidas que parecen decirnos cómo son las cosas, pero que no resisten un análisis serio.

 

Por ejemplo, divinizar el amor. Pensar que con él es suficiente y que si alguien me quiere o yo quiero, esto durará eternamente. Divinizando el amor, entramos en un mundo mágico y, por lo tanto, falso, no real.

 

El amor es humano y la idea de amor romántico como frecuentemente vemos en películas no se corresponde con lo que de verdad luego se siente y a lo largo de una relación se vive.

 

El amor se desgasta, se deteriora y hay que estar vigilante para contribuir a que siga estando ahí. Cuidar el amor supone cuidar a la otra persona, ser positivo con ella/él, pero sin hacerla un absoluto del cual depende mi bienestar. Contribuye a mi felicidad, pero no puede ser la causa que haga que siga adelante.

 

Porque las personas fallan y si falla mi pareja, a pesar de la tristeza, no puedo ni debo hundirme. No es suficiente con estar enamorado para que la relación de pareja funcione. Hay que aprender a vivir en pareja. Porque se trata de un aprendizaje, habrá que intercambiar conductas positivas recíprocamente. Preocuparse genuinamente por el otro y escucharle.

 

Y estar atentos a que el egoísmo o preocupación por mí mismo no empañe el compartir y el ceder. Serán las cosas pequeñas, cotidianas, situaciones del día a día, donde realmente se pondrá a prueba ese amor que sentimos por el otro.

 

No renunciar a la individualidad supondrá saber tejer una serie de conductas y comportamientos que entrelacen armoniosamente el yo y el otro.

 

Hay que mostrar el afecto con respeto y delicadeza, sabiendo que lo normal es tener momentos malos y crisis, pero que ese acuerdo del corazón que en su día sentimos cada día se va haciendo más fuerte porque nuestro compañero/a de vida merece la pena.

 

Hay que ser humilde y reconocer los fallos y querer cambiar. No tirar la toalla a la primera de cambio, y pensar en qué puedo mejorar para, de esa manera, mejorar también la relación. La humildad, por lo tanto, será algo vital. No hay que dejarse llevar por narcisismos o egoísmos. El egoísmo o la propia vanidad empañarán y acabarán agotando el amor.

 


 

 

 
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