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Teresa Díaz Bada. Psicóloga Clínica. San Sebastián
Lunes, 8 de agosto de 2016 | Leída 232 veces

Cada día es un regalo: ábrelo

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No es infrecuente oír testimonios sobrecogedores, a la vez que muy esperanzadores, de personas que han estado a punto de morir, bien por enfermedades de las que se han curado o bien porque han conseguido salvarse de catástrofes en las que otros han perecido.

 

El testimonio de muchas de estas personas resulta muy edificante: sus vidas, al estar tan cerca de la muerte, han cambiado totalmente.

 

En general, aprenden a vivir más el día a día, a disfrutar el instante, a no preocuparse ni anticipar un futuro cargado de nubarrones, a ser menos quejicas y ser más positivos, a esforzarse realmente por lo que de verdad importa.

 

La certeza de una muerte a la que se le mira de frente y consiguen esquivar, lejos de procurarles miedo, les hace dar un vuelco total a su vida y preocuparse por disfrutar realmente de la misma, convirtiéndose en personas serenas, sin disfraz, eliminando cualquier dosis de amargura en el día a día.

 

¿Por qué si tenemos tantos ejemplos de personas que nos cuentan esa vivencia nos cuesta tanto llevarla a cabo? Nos dicen que cambiemos, que enfrentarse con la muerte y librarse de ella supone un renacimiento personal, interior, profundo, que les lleva a disfrutar y encontrar un verdadero sentido a la vida, un nuevo camino hacia la plenitud personal.

 

Como suelo explicar en mi blog, acordarnos de que, como pasemos un día, así pasaremos nuestra vida, pude hacernos más conscientes de que depende única y exclusivamente de nosotros la actitud que tomemos para que ese día sea mejor o peor.

 

Sí, es así; piénselo con detenimiento. Las circunstancias no las podemos cambiar, los hechos ocurren. Seremos nosotros, con nuestra actitud, los que de verdad cambiemos ese día haciendo que sea mejor, peor o más llevadero.

 

El principal trabajo que tenemos es procurar hacernos felices; no es el trabajo en sí o el jefe, mi pareja o mis hijos. Soy yo conmigo mismo. Porque, además, haciéndome feliz, transmito esa felicidad a aquéllos que quiero y que me rodean. Es una corriente de bienestar que emana de mi propio yo.

 

Esto es muy importante, porque, por consiguiente, nadie puede hacerme infeliz si yo decido ser feliz.

 

La pregunta es ¿Quiero ser feliz ahora?

 

Empiece consigo mismo. Olvide sus errores. Permanentemente estamos en construcción y así hasta que muramos.

 

Somos, y seremos, un proceso, un proceso vital en el que la brújula debe orientarnos siempre hacia la serenidad y el bienestar.

 

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