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Juan López Benito
Jueves, 25 de agosto de 2016 | Leída 201 veces

Tetrarquía a la española

[Img #9493]¿Ha quedado definitivamente liquidado el teórico bipartidismo que ha predominado en España en los últimos lustros? ¿Nos hallamos ante un nuevo período marcado por un “esquema cuatripartito”?

 

Sin la fuerza suficiente para que ningún partido logre por sí solo acaparar todo el poder en las Cortes, serán principalmente cuatro las formaciones que se aprovecharán de los alicientes y prebendas que genera el poder político ¿Podemos hablar entonces del alumbramiento en España de una original tetrarquía?

 

Ciertamente, los amantes y estudiosos de la Historia al contemplar el término “tetrarquía” en el texto, inequívocamente habrán rememorado el período de célebres reformas ejecutadas por el emperador romano Diocleciano a fines del siglo III d. C. Obviando las importantes acciones llevadas a cabo por el soberano ilirio en el campo económico, social, militar, administrativo y protocolario, efectivamente lo más llamativo de su acción de gobierno fue la implantación de este original sistema político. 

 

Consistió, en primer término, en asociar al poder a un segundo emperador (Maximiano), al que se le encomendaría la solución de los problemas occidentales: principalmente desbaratar las revueltas bagaudas y frenar las peligrosas filtraciones bárbaras dentro del limes. Del mismo modo, Diocleciano sería honrado con el epíteto de “Augusto” y Maximiano en un peldaño inmediatamente inferior con el de “César”. Además, el primero ostentaría el calificativo divino de Júpiter, dios supremo y Maximiano el de Hércules, el más eminente de los héroes divinizados.

 

Pocos años después y profundizando en las reformas internas, fueron elegidos otros dos emperadores auxiliares: Galerio y Constancio Cloro. Como consecuencia, se efectuó un nuevo reparto territorial entre las cuatro autoridades. Como observamos, los cambalaches para repartirse cargos, organismos y regiones entre los dirigentes, no es una circunstancia ni exclusiva de nuestro territorio, ni una particularidad de reciente instauración.

 

La distribución sería la siguiente:

 

Diocleciano actuaría en Oriente y Egipto y su capital sería Nicomedia.

 

Maximiano ejercería en Italia y África con la corte establecida en Milán.

 

Galerio tendría su centro de gobierno en Tesalónica y su área de influencia sería el sur del Danubio.

 

Constancio Cloro tendría como capitalidad Tréveris, y su dominio estaría especialmente ejercido en las provincias occidentales.

 

Para afianzar el acuerdo, se establecieron una serie de alianzas matrimoniales entre las familias de los cuatro protagonistas. Asimismo, los dos primeros emperadores quedarían vinculados a Júpiter, y los dos monarcas más noveles con título de César, a Hércules. Rematando la resolución, se concibió una especie de abdicación institucionalizada en virtud de la cual los augustos renunciarían a su áurea posición en el momento en que estimasen que su etapa de gobierno estaba agotada, y sería entonces cuando los césares pasarían a sustituirlos. Como sabemos, la realidad fue muy compleja y la lucha por la supremacía en el Imperio fue feroz. Las guerras civiles marcarían todo el período posterior. Conclusión: ¡Qué complicado es abdicar!

 

En fin, esperemos por el bien de los españoles que el desenlace de la actual composición básicamente “tetrárquica” de nuestro parlamento, sea totalmente antagónico al episodio aludido. Desde luego y a la espera de conocer quién será nuestro “Diocleciano”, la pronta celebración de comicios autonómicos en el País Vasco, Cataluña y Galicia, no va a ayudar a aplacar las ansias de reparto de poder entre los partidos políticos.

 


 

 
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