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Manuel Molares do Val
Jueves, 8 de septiembre de 2016 | Leída 52 veces

Cambio, ¿qué cambio?

Millares de veces desde antes de las elecciones del 20 de diciembre de 2015, repetidas este 26 de junio, la izquierda advertía que España debía estar gobernada por “las fuerzas progresistas y del cambio”, naturalmente PSOE, y ahora también Unidos con Podemos.

 

Pero tras las leyes declaradas progresistas de Rodríguez Zapatero queda poco que explorar que no sea ampliar levemente algunas libertades, básicamente sexuales: quizás la poligamia que demandan los musulmanes, pero ampliada a ambos sexos por “igualdad de género”.

 

En cuando a esas llamadas a acoger indiscriminadamente refugiados, como haya aquí dos atentados yihadistas, los “progresistas” elaborarán leyes de extranjería más duras que las del PP, cancelando las puertas abiertas a toda África y Asia que propugna Podemos.

 

En la lucha contra la pobreza, los desahucios, la explotación bancaria, la corrupción o la legislación laboral supuestamente antisindical, queda poco que mejorar tras los 150 puntos aceptados por el PP a impulso de Ciudadanos.

 

Lo que convierte a Rajoy en más socialdemócrata que François Hollande y Manuel Valls, presidente y primer ministro socialistas franceses.

 

Ambos están imponiendo una reforma laboral copia de la de Rajoy de 2012, que sigue adelante pese a las enormes protestas de los propios socialistas y de los sindicatos.

 

Nuestro mundo es capitalista-humanista por lo que, ese cambio, ¿qué cambio será que no sea hacia la miserabilizadora revolución filocomunista bolivariana de Unidos Podemos?

 

Aquí, el PP ni siquiera se atrevió a ordenar unas restricciones sociales y económicas tan duras como las de Zapatero de mayo de 2010, cuando tuvo que aceptar todo lo que le impusieron los mercados financieros, más el comunista Hu Jintao, el demócrata Obama, el socialista Gordon Brown, y los capitalistas Sarkozy y Merkel.

 

Después, el macho alfa gochista Alexis Tsipras, gemelo de Iglesias, salió mucho peor parado aún.

 

Mejor dicho, los griegos, humillados y más empobrecidos, por ir contra el sentido común, para después tener que plegarse en las peores condiciones, casi tercermundistas.

 


 

 
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