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Pablo Mosquera
Domingo, 11 de septiembre de 2016 | Leída 77 veces

Escala de valores

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Reconozco que he sido un español afortunado. Soy gallego, ¡casi nada! Con antepasados judíos ourensanos, ¡casi nada! Producto del sector público: escuela, Instituto de Enseñanza Media, Universidad Complutense, hospitales públicos. Miembro de una estirpe de médicos desde comienzos del siglo XIX. Residente en Madrid, Barcelona, Vitoria. Ciudadano de cuatro comunidades del Estado de las Autonomías. Y, un día, me lancé a la arena política para defender mi dignidad democrática en una tierra dónde había de todo, pero faltaba libertad.

 

Mi generación de mediados del siglo XX vivió y se formó entre la dictadura y las ansias de libertad. Una vez que muere el dictador, algo pusimos de nuestra parte para que llegara la democracia y se hiciera realidad un Estado Constitucional y de Derechos para sus ciudadanos. En definitiva, tengo una escala de los valores morales que defiendo y he trasmitido a mis hijos.   

 

La democracia exige poder votar y poder lograr la alternancia en el poder. A partir de ahí, debemos tener muy claras algunas cuestiones. La división de los tres poderes, donde el que emana directamente de la soberanía popular es el legislativo, sus normas son de obligado cumplimiento y para interpretar o exigir el cumplimiento de la ley, está el Poder Judicial, que en España se encuentra dependiente del que tiene la mayoría parlamentaria, es decir, de los mismos que constituyen el ejecutivo. Cuestión urgente a reformar.

 

La democracia exige una actitud decente por parte de los que mandan, administran y tienen capacidades de gestión. Aquí, España, se encuentra sumida en la subcultura de la indecencia. Tenemos indicios racionales para sospechar que la corrupción está impregnando casi todo. Cuestión urgente para regenerar.

 

La democracia exige la transparencia del Ejecutivo ante el legislativo. En España rara vez se logra investigar conductas sospechosas en los poderosos. En la última etapa y con un gobierno en funciones, el Ejecutivo se ha negado a rendir cuentas ante el Legislativo. Cuestión que debería haber resuelto el Poder Judicial, sin mayores dilaciones, por la gravedad del contencioso.

 

La democracia exige el cumplimiento del ordenamiento legal. Si no gusta, cabe modificarlo en sede parlamentaria, pero no se puede saltar por encima desde cámaras parlamentarias o gobiernos regionales. Por eso, resulta sorprendente que en la apertura del Año Judicial, la Fiscalía haya advertido, una vez más, a Cataluña sobre el particular de incumplimientos gravísimos. No hay número de advertencias. Hay aplicación inmediata del imperio de la ley, caiga quien caiga. Cuestión urgente para aplicar.

 

Como universitario, preocupado y ocupado por la cultura de mis derechos, tengo una escala de valores relativos al sistema democrático.

 

Si sumamos lo que antecede, auténtico marasmo político institucional, al modelo económico y laboral que se ha ejecutado durante los cuatro años de mayoría absoluta del PP, se llega a la conclusión sobre la existencia de un gravísimo estado de necesidad democrática, que requiere de cambio. Tal cambio es primordial, y para ello, los responsables del desaguisado no pueden formar parte de la solución, porque forman parte del núcleo central del problema.   

 

En la historia de Unidad Alavesa hay claros y oscuros. Pero fue el pequeño Partido Foralista Alavés quien hizo diagnóstico y propuso tratamiento. Euskadi, tenía Estatuto que convertía a la Comunidad vasca en un fragmento de Estado. Disponía de los recursos directos por Concierto Económico, de ahí esas Haciendas Forales, que recaudaban, legislaban incentivos fiscales, negociaban con el Estado la cantidad -Cupo- con la que concurrían a la solidaridad interterritorial. Pero con todo ello, no se conformaban. Los nacionalistas vascos -democráticos y radicales- querían la independencia y la anexión de Navarra. El contencioso vasco con España tuvo como vanguardia a ETA, y como retaguardia que sacaba provecho al PNV. Mientras, el PP, unas veces, y el PSOE otras, según interesaba en Madrid, podían actuar y así lo hicieron como partidos colaboracionistas.

 

Unidad Alavesa dijo dos cosas que rompieron el inmovilismo -la vieja cantinela de la estabilidad según la cátedra-. Álava tenía derechos históricos para ser una Comunidad Foral como Navarra. Era imprescindible refundar la democracia en Euskadi, y para ello, fue necesario la unidad de los constitucionalistas, y dejar a los nacionalistas en los bancos de la oposición al poder.

 

Cuando tal aspiración se convierte en realidad, tras las elecciones de 1999, en que UA, PP y PSE, gobiernan la Diputación Foral de Álava, y acuñan el eslogan de UA, "Álava, frontera al nacionalismo", comienza el cambio, que culmina con la legislatura de Patxi López, Lehendakari, con el apoyo parlamentario del PP.

 

Algo así es necesario hacer en España para refundar la democracia, mediante regeneración y reformas. Tal papel, debería corresponder a los partidos emergentes. Cs lo ha intentado, pero no lo ha explicado bien. Y ahora corre el riesgo de que todo siga igual, pendiente de terceras elecciones generales, dónde pueden salir trasquilados. Y sin embargo, su papel parecía ser la bisagra entre el PSOE y Podemos, a fin de alcanzar como primer objetivo en la escala de valores que rehabilitara el sistema democrático español, la higiene a través del cambio, sin este PP, dónde se aferra al sillón por miedo a perder las facultades que da "el machito" para controlar a los que pueden juzgar causas de corrupción que, vaya usted a saber, hasta dónde alcanzan...     

 

Dicen los que todo lo saben que, tras las elecciones vascas y gallegas, puede producirse el giro hacia el cambio. Que los socialistas perderán sus miedos. Que los de Podemos perderán una parte importante de sus dogmas de fe. Que los de Ciudadanos, con sus jóvenes y brillantes cuadros universitarios, harán de bisagra. Y entre todos, aparcarán la política de bajo nivel -partidaria- y establecerán esa escala de valores que la sociedad española está demandando.

 


 

 
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