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Juan López Benito
Martes, 13 de septiembre de 2016 | Leída 88 veces

Joseph Chamberlain y el bloqueo institucional español

[Img #9637]A consecuencia de las reformas electorales británicas del último tercio del siglo XIX, el nacionalismo irlandés había sabido capitalizar muy bien sus oportunidades. En las elecciones de 1885 su representación en Londres ascendía a 86 escaños sobre los 103 que tenía asignada Irlanda, convirtiéndose  de este modo, en el tercer partido del Parlamento británico. Lógicamente esta circunstancia otorgaba a los nacionalistas irlandeses gran influencia en el panorama político británico. Para alejar esta amenaza de Londres, William Gladstone, Primer Ministro y líder de los liberales, capitaneó en el Parlamento de Westminster un proyecto que establecía en Dublín una cámara con amplias atribuciones.

 

Esta arriesgada y polémica acción provocó la escisión del Partido Liberal británico: un total de 93 diputados liberales, acaudillados por Joseph Chamberlain, votaron en contra del propósito de su propio gobierno. Se fraguaba así el grupo “Liberal – Unionista”, una nueva formación cuyo principal axioma era la oposición furibunda a la autonomía irlandesa. La flamante facción “Liberal – Unionista” encabezada por el célebre político londinense, iría adquiriendo coaligado con el Partido Conservador y al abrigo de la extraordinaria expansión del Imperio británico, una notable ascendencia en el tablero político hasta la Primera Guerra Mundial.

 

Definitivamente el proyecto de Gladstone había fracasado fruto del enfrentamiento interno. Indudablemente los categóricos preceptos que ya anunciase el líder conservador Benjamin Disraeli en su famoso discurso de 1872 en el Cristal Palace, habían calado profundamente, no sólo en el seno del partido Tory, sino también en gran parte de la sociedad británica, incluido como vemos en sus adversarios políticos. Decía Disraeli:

 

“(...) El partido Tory si no es un partido nacional no es nada (…) Siempre he sido de la opinión de que el partido Tory tiene tres grandes objetivos. El primero es mantener las instituciones del país, no por algún sentimiento de superstición política, sino porque creemos que encarnan los principios bajo los que una comunidad como Inglaterra puede descansar. Los principios de libertad, u orden de ley, y de religión no están hechos para descansar en la opinión individual o en el capricho y pasión de la multitud, sino para ser encarnados en una forma de permanencia y poder (…) Hay un diferente y segundo gran objetivo del partido Tory es en mi opinión sostener el Imperio de Inglaterra.

 

(…) Otro gran objetivo del partido Tory es la mejora de la condición del pueblo (...) Ha de resultar obvio para todos los que consideran la condición de la multitud común deseo de mejorarla y elevarla, que nada importante puede conseguirse sin alguna reducción de sus horarios laborarles y una humanización de sus trabajos (...)

 

¿Conocerán nuestras señorías este trascendental pasaje de “rebeldía parlamentaria”? Más allá de las motivaciones ideológicas que encierra este episodio, una actuación parlamentaria como la efectuada por Joseph Chamberlain en defensa de unos principios por encima de los intereses de la cúpula de su partido, y aludo por ejemplo, a los diputados socialistas andaluces o extremeños del PSOE que simulan pertenecer al sector más díscolo de Ferraz, sin duda, podría desenredar la parálisis institucional que sufrimos. No me negarán que algún paralelismo se podría trazar.

 

Sin embargo, en España hemos asumido con demasiada naturalidad una circunstancia que no deja de ser un auténtico fraude para los electores: la falta de libertad de los diputados en el momento de expresar su voto en la cámara correspondiente. Éstos no encarnan los intereses de sus electores sino más bien las pretensiones de la camarilla que gestiona el partido que integran.

 

En el trance de las votaciones no constatamos fisuras, cada grupo parlamentario es un conjunto monolítico. No hay lugar para la libertad de conciencia a menos que te expongas a una sanción o depuración por parte de la nomenclatura del partido. En función del número de representantes de un grupo parlamentario, cual perfecto mazacote, auguramos el desenlace ¡Qué fácil resulta de antemano pronosticar el resultado de una votación de investidura! Se trata de reproducir en pleno siglo XXI la primitiva “Devotio ibérica”,  en virtud de la cual los clientes consagraban su vida a un jefe o reyezuelo protegiéndole en combate aún a costa de sus vidas, a cambio de su mantenimiento y otros beneficios.

 

Los interrogantes son claros: ¿Con el proceder actual es necesario albergar un Congreso compuesto por 350 representantes? ¿No sobrarían decenas y decenas de señorías? ¿Creen además que si las votaciones fuesen anónimas se desbarataría el bloqueo?

 


 

 
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