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Enrique Arias Vega
Viernes, 16 de septiembre de 2016

Hacia las quintas elecciones

[Img #9660]Tal como van las cosas, propongo que nos saltemos las terceras y las cuartas elecciones y pasemos ya directamente a las quintas. Así, al menos, ahorraremos tiempo y cansancio a los electores.

 

Lo digo, porque vamos de cabeza hacia unos terceros comicios que todos los partidos dicen que no quieren, aunque ninguno de ellos hace lo posible por evitarlos.

 

Lo peor de todo es que nada hace pensar que vaya a cambiar significativamente el resultado en unas nuevas votaciones. El cuerpo electoral estuvo fragmentado en diciembre del año pasado y volvió a estarlo en junio. Todo parece indicar que continuará estándolo en una tercera convocatoria a las urnas y también en las que le sigan. ¿Para qué persistir, pues, en el empeño?

 

El error no está en los ciudadanos españoles, que hemos dicho que somos una sociedad plural, con diferentes opciones políticas, que no queremos que ninguna de ellas tenga el monopolio del poder y que, por consiguiente, deben dialogar entre ellas, entenderse y lograr acuerdos que permitan gobernar el país. Así de sencillo; sencillo para todo el mundo menos para nuestros políticos.

 

A lo que se ve, a estos últimos no les gusta tanto propiciar el bien común, con las pertinentes concesiones que debe hacer cada uno de ellos, como fastidiar al adversario. Así se explica la cantidad de líneas rojas, que dicen, de vetos cruzados y de persistentes noes a los rivales ideológicos: cualquier cosa antes que llegar a acuerdos.

 

Si tan inútiles son, tendría razón Felipe González al sugerir que si ellos se estrellan una y otra vez contra las urnas en perjuicio constante de los ciudadanos deberían retirarse y dejar el sitio a otros nuevos que, al menos, intenten desbloquear la situación. ¿Por qué tenemos que volver a confiar en unos individuos a quienes no les gusta ninguna de las veces lo que votamos? ¿Acaso consideran que los electores somos unos tontos de baba?

 

Como esto siga así, la clase política va a conseguir que a los ciudadanos se nos pasen las ganas de votar y, de todos los males posibles en una democracia, ése sería el peor de todos.

 


 

 
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