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Pablo Mosquera
Lunes, 19 de septiembre de 2016 | Leída 66 veces

16 septiembres (entre 2002 y 2016)

[Img #9680]La política ocupa mucho más espacio que la cultura. Pero los políticos no están a la altura de esa cultura indispensable para saber cuál es el gran patrimonio del país que les otorga la representación, o incluso el territorio-circunscripción al que deben su cargo para su servicio (autonomía-ayuntamiento). Al menos, deberían tener cultura democrática, que representa mucho más que esa parafernalia propia de cada campaña electoral, dónde reparten sonrisas, besos, promesas, frases cargadas de solemnidad y, lo más hortera, la moda de hacerse un selfie...

 

La política da carta de naturaleza al que por sus méritos profesionales, no la tiene. Da más réditos ser un bien mandado en la cúpula del partido que tener un amplio historial profesional de servicio público. Así, a nadie debe extrañar que, al ocupar la política el espacio de la sociedad civil, saber un idioma minorizado, pero politizado, puntúe mucho más que una tesis doctoral.

 

Este sábado 17 de septiembre, además de coincidir con la luna llena que marca el paso del verano al otoño, con grandes mareas en el Cantábrico, me trae a la memoria como el 17 de septiembre del 2002 regresé a mi Galicia natal. Para los desmemoriados, tres hechos fácilmente objetivables. Dejé el Gobierno Foral de Álava y la Secretaría General de UA, de forma voluntaria. Regresé a mi tierra, con mi historial profesional que me permitía, tras cuatro oposiciones, dos máster y la titulación necesaria, ser gerente de un Hospital Público. A partir de ahí, UA (Unidad Alavesa) se fue al garete.

 

Aquel 17-S-2002, lo viví con enorme alegría. En la toma de posesión del cargo de confianza de la Xunta de Galicia a través de la Consejería de Sanidad, estaban las personas, de mi tierra del norte, que más me querían. Era la vuelta a casa, definitivamente, de un hijo de la mar y el viento, que tras un largo peregrinaje -Madrid-Barcelona-Gerona-Tenerife-Burgos-Vitoria- se empadronaba en Islas San Cyprianus- mi pueblo- para compartir los conocimientos y experiencias con mi gente.

 

El acto de nombramiento fue solemne y entrañable. Acudió la cúpula de la Consejería de Sanidad del Gobierno gallego; las máximas autoridades de la provincia de Lugo; los alcaldes de la Comarca de A Mariña. Debo agradecer la presencia de Ramón Rabanera, Diputado General de Álava y de Pedro San Cristóbal, compañero del Gobierno Foral del que procedía desde 1999.

 

Tuve que aclarar tres cuestiones: Yo no era del PP. No estaba ni presionado, ni arrepentido, en todo caso, y con la perspectiva del tiempo, debería haber dejado antes la política vasca. Podía dejar la política por tener extenso bagaje profesional- curiosamente, ganaba más dinero como Jefe de Servicio en el Hospital Santiago Apóstol de Vitoria, que como diputado foral.

 

Para algunos presuntos protagonistas de la denominada "vida pública en Vitoria", hubo de todo. "Enemigo que huye, puente de plata". Nunca huí de lugar alguno, y eso que el riesgo era grave y de continuo. "Lo nombran gerente de Hospital en Galicia, gracias a la política". Ignoraban que era la tercera oferta que había recibido para irme a Galicia - Director General de Asistencia Sanitaria con Fernández Albor; Delegado del Gobierno con Mayor Oreja; Gerente de Hospitales en Asturias y Cataluña- El día que tomo la decisión de regresar a mi profesión pongo sobre la mesa mi historial profesional, mis títulos, mis oposiciones y mis experiencias dirigiendo hospitales en Cataluña y País Vasco. Por cierto, nadie debería olvidar que mi presencia en Euskadi se debía a mi labor como el Director que puso en marcha, nada más y nada menos que el Hospital de Txagorritxu.

 

Pero volvamos a las fechas. Hoy 17-S-2016, soy un médico jubilado, tras cotizar 46 años a la Seguridad Social. Las cuentas salen, teniendo en cuenta que trabajaba y estudiaba, y que estuve prestando servicio público hasta los 66 años de edad. Es decir, no necesité nunca, "trucos para privilegiados" que a través de Cámaras parlamentarias lograron amnistía a las condiciones de la clase trabajadora para disfrutar del derecho a la pensión de jubilación.   

 

Hoy leo más que nunca, escribo, y soy una persona comprometida con la cultura de la histórica Britonia. Desde aquí, observo un País Vasco con cita electoral. La buena noticia es que la violencia ha dejado de ser el núcleo intangible del debate. La mala noticia es el nivel de los aspirantes. Incluso me veo sorprendido por los comentaristas. Estos siguen siendo de la misma metodología. Alguno con amplio historial de "pelota", ha logrado escalar y ahora pontifica. Por cierto, se han puesto de acuerdo para evitar al centrismo. 

 

Aquel 17 de septiembre de 2002 tuve la suerte de contar con la presencia de mi padre, uno de los médicos gestores de la sanidad pública en la Seguridad Social, pionero en Dirección de grandes Hospitales. Es decir, no pertenecía a ninguna estirpe política del régimen o de la reciente democracia. Muchos de los que estaban en el acto del Salón en el Hospital da Costa en Burela, ya no están. El paso del tiempo se lleva a los mejores maestros, a los que hicieron patria, más allá de la violencia, en los confines del estudio, sacrificio y orgullo de ejercer la condición de españoles desde la Universidad hasta la empresa pública.

 

Y es que en estos catorce años algunas cosas han cambiado. La robótica, la informática, la electrónica, el ciberespacio, los descubrimientos del grafeno y otros materiales, pero Platón sigue estando de rabiosa actualidad. "Los dirigentes de una sociedad, deben tener al menos dos virtudes; cultura y decencia".

 

No debería tolerar la sociedad civil que los políticos invadieran su espacio y lo llenaran de cochambre. No debería tolerar la sociedad civil que los aspirantes a representantes democráticos fueran incultos, deshonestos, impostores de títulos o méritos, carentes de profesión más allá de la política y su servicio a las cúpulas de esas empresas de poder que son los actuales partidos políticos.

 

¡Ah!. Y muy atentos a los que terminan su tiempo en política, tras hacer "favores", logrando colocarse en grandes empresas...

 

Desconfíen del don-nadie que, luciendo palmito por barras de pubs o calles comerciales, aparecen en listas electorales, cerradas, para hacer carrera política.   

 


 

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