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Josele Sánchez
Viernes, 23 de septiembre de 2016

Nosotros los perdedores

[Img #9716]Recuerdo haber sido un perdedor desde que tengo uso de razón; por lo visto, comencé perdiendo a los pocos días de nacer, cuando fui bautizado y, según afirma la Sagrada Biblia, perdí, quisiera o no, el pecado original. A partir de entonces recuerdo haber perdido en todo y de manera sucesiva, a lo largo de mis cincuenta y dos años. 

 

Puede que mi condición de perdedor sea algo genético: mi bisabuelo, el Tío Casporra (del que nunca se hablaba en la familia), dicen que tenía el mejor caballo de Buñol y lo perdió jugando a las cartas. Esto de perder es algo que me viene de herencia; en mi linaje está escrita la derrota. Desciendo de una vieja dinastía de vencidos de la que, por desgracia, no creo ser el último eslabón. Mis abuelos paternos perdieron la República y perdieron la guerra. Mis abuelos maternos ganaron la guerra pero perdieron la paz y perdieron la revolución que soñaban. 

 

Yo, como digno heredero de esta casta, con tan sólo cinco añitos, me perdí en Valencia y tuvo que llevarme la policía a casa. Después perdí las anginas, perdí la virginidad, perdí el prepucio, perdí mi primer amor y perdieron su sentido mis primeros versos. 

 

En esa pasión irracional que se llama fútbol, podía haber sido del Madrid, o del Barça, pero tuve que ser del Valencia Club de Fútbol, un equipo de perdedores. Perdí la máxima categoría y viví el infierno de la segunda división. Después la historia quiso ser justa y llevó al Valencias hasta el olimpo: dos finales consecutivas de la Champios League que, también perdí, en París y Milán contra el Madrid y el Bayern de Munich. Después perdimos la propiedad del Equipo a manos de un multimillonario de Singapur y por perder, acabé perdiendo hasta la afición por el fútbol. 

 

Perdí varias mujeres a lo largo de mi vida y también perdí algunos amigos, sobre todo, cuando pintaban bastos. 

 

Llegó la crisis: perdí mi trabajo, mi salud y mi casa. 

 

Perdí la ilusión, perdí la dentadura, perdí la esperanza, perdí la vista, perdí el respeto por mí mismo, perdí el oído y perdí las ganas de vivir. 

 

Perdí la fe en Dios que, por ventura, acabé recobrando. 

 

Perdí mis sueños, perdí mi ambición, perdí mi reputación y perdí las ganas de seguir luchando. Perdí mi voz, perdí mi pellejo, perdí los testículos, perdí mi llanto y perdí hasta la capacidad de seguir llorando. 

 

Ya me quedan pocas cosas que perder. Acaso la dignidad, la memoria y el amor de los más cercanos: el amor de una mujer también perdedora, el amor de mis hermanos -igual de perdedores por razón de consanguinidad- y el amor de mi hija que, para su desgracia, arrastrará también esta atávica alianza con la derrota. 

 

Voy a terminar este artículo pues creo estar perdiendo el tiempo y perdiendo también la oportunidad de escribir sobre cuestiones relevantes. 

 

Al final no es tan malo ser un perdedor. Es cuestión de saberlo, de aceptarlo y de ser capaz de sobrellevarlo.

 


 

 

 

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2 Comentarios
rebeca santos ecua
Fecha: Lunes, 26 de septiembre de 2016 a las 15:13
Estimado Don Josele :

Quiero decirle que se juzga a sí mismo con una severidad espartana, como dijo Jesús, quien este libre de pecado que tire la primera piedra. Por favor no malinterprete mis palabras, no le digo pecador, pero ningun ser humano en la faz de la tierra es perfecto.

Le tengo respeto como persona, por su arte con la pluma y porque no se calla ante las injusticias. Es más, llama las cosas por su nombre ¿cuantos valientes hay asi en España?

La vida es una lucha diaria; una maldita montaña rusa.

Si fuese su hermana, qué orgullo de tener un hermano así, y su hija debe estar muy orgulosa de tener un padre como usted.

Y muchas gracias por los conocimientos que tengo, Don Josele, se los debo a Usted.
Pedro Pablo
Fecha: Viernes, 23 de septiembre de 2016 a las 22:18
Otra descarnada y noble confesión de Josele Sánchez, hecha desde el hondón del alma y de su saber ser y estar ante la vida. ¡Admirable!

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