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Juan López Benito
Sábado, 1 de octubre de 2016 | Leída 252 veces

Certezas y curiosidades sobre el cambio climático y el medio ambiente

Noticia clasificada en: Medio Ambiente

[Img #9780]¿Recuerdan la “Conferencia del Cambio Climático” celebrada en París? Se convirtió en uno de los acontecimientos más mediáticos en el plano internacional del último tramo de 2015. El objetivo que se marcaron los dignatarios mundiales fue limitar el incremento de la temperatura global en menos de 2º C. Sin embargo, ¿no somos en cierta medida demasiado pretensiosos al atribuirnos unas exigencias que no dependen en exclusiva de las políticas de las naciones?

 

Efectivamente, alcanzar un acuerdo conjunto y sólido que logre reducir las emisiones de gases de efecto invernadero es un reto loable, necesario y por supuesto deseable por todos nosotros, pero habría que incidir en el carácter cambiante del clima, sin tener que aludir como acostumbran multitud de agoreros y alarmistas a la “espantosa y destructiva” actuación del ser humano.

 

El clima ha estado desde hace millones de años sujeto a oscilaciones de períodos fríos y periodos cálidos. Realmente en la cantidad de radiación que alcanza la atmósfera intervienen múltiples factores geográficos (vulcanismo) y astronómicos (cambios cíclicos en la inclinación del eje de rotación de la Tierra, o la alteración periódica de la órbita planetaria que deriva en una mayor o menor cercanía al Sol).

 

Expertos, como los profesores Jorge Olcina Cantos y Javier Martín Vide, sostienen que:

 

“Las variaciones en la radiación solar incidente, son capaces de provocar alteraciones notables. Por ejemplo, “una modificación mínima de un 2% de la intensidad de la radiación solar, podría causar un enfriamiento muy acusado a nivel mundial (…) En períodos marcados por una tendencia al calentamiento general pueden existir episodios de refrescamiento y en fases tendentes a un enfriamiento global, situaciones de calentamiento”.

 

Estas coyunturas explicarían por tanto, los trastornos climáticos sin tener que recurrir a la acción “aniquiladora” de las personas. No obstante, habría que reconocer que tras el arranque de la Revolución Industrial la acción antrópica introdujo un nuevo factor en este complejo panorama. Se trataría de un moderno componente a analizar que requiere una mayor perspectiva temporal y por supuesto suma rigurosidad, libre de cualquier tipo de prejuicio o doctrinarismo.

 

Si contemplásemos el comportamiento del clima durante los dos últimos milenios constataríamos fácilmente las oscilaciones arriba señaladas. Comprobaríamos grosso modo que en los primeros siglos de nuestra era, el clima en Europa tendría una pauta similar a la actual, para sufrir un aumento de temperaturas entre los siglos VIII al XIII. Una de las consecuencias más visibles de este último hecho sería el desplazamiento del casquete glaciar ártico hacia el norte, circunstancia ésta que propiciaría la secuencia de descubrimientos vikingos en lugares tan septentrionales como Islandia o Groenlandia (“Tierra verde” o “Verde País”).

 

Tras dejar atrás un siglo XIV especialmente húmedo y templado, coyuntura favorable para la propagación de la célebre Peste negra, a partir del siglo XVI y hasta mediados del XIX nuestros antepasados padecieron un descenso térmico medio de 2º (“Pequeña Edad de Hielo”). Se caracterizaría esta fase por atesorar veranos cortos y húmedos, un aumento sustancial de la nivosidad anual y un notable incremento de episodios meteorológicos extremos (sequías e inundaciones). La abundancia de nieve recogida a no demasiada altitud, facilitaría que en lugares como en la provincia de Alicante se promoviese algo tan genuino en la región, como el comercio de la nieve (helados y bebidas frías).

 

Avanzado el siglo XIX se inauguraría un ciclo que perdura hasta la actualidad basado en un paulatino calentamiento con elevación media de las temperaturas de 0,5º, excepción hecha del ligero enfriamiento sucedido entre 1950 y 1970 fruto de la intensificación de la actividad volcánica.

 

Quisiera señalar también en este artículo que el interés por las cuestiones medioambientales no es algo característico de nuestro tiempo. Ya en la Antigüedad Clásica, un buen número de autores grecorromanos denunciaron en sus escritos lo que consideraban verdaderos atentados contra el ecosistema. Se trataba de constatar acciones perniciosas del hombre, como la tala masiva de bosques, la sobreexplotación animal, el hacinamiento o la polución en las grandes ciudades.

 

Muchas de las preocupaciones ambientales de entonces lo condensaba la Antigua Roma, especialmente el populoso y extenso barrio de Subura. La atmósfera que envolvía permanentemente a la urbe se mutaba en insufrible para los romanos. El origen de tal estado de cosas, estaba en la inmensa emanación de humo procedente de talleres, termas, braseros de carbón, antorchas, lámparas de aceite y el sinfín de inmuebles edificados a base de madera que con frecuencia eran pasto de las llamas. No menos preocupante para los magistrados de la ciudad se mostraban los residuos acumulados en las calles de la ciudad del Tíber y la angustiosa contaminación acústica.

 

Para mitigar este estruendo en época cesariana se llegaron a impulsar una serie de curiosas medidas. Una de las más llamativas fue sin lugar a dudas, la norma que prohibía taxativamente la circulación rodada entre la salida del sol y dos horas antes de su puesta, con la única excepción de los servicios públicos ¿Cuál fue el resultado de esta disposición? La creación de una penosa “hora punta”, que aproximadamente abarcaba entre las cuatro y las seis de la tarde.

 

De este modo, se trasladaba el grueso de la contaminación acústica a la noche. Con esta acción se lograba incrementar el trastorno: los ciudadanos romanos padecían o bien el alboroto nocturno de los carros, o bien el fragor diurno derivado de la actividad industrial. Con razón, Horacio se quejaba amargamente “del humo y del ruido de Roma” y Juvenal clamaba: “¿En qué apartamento alquilado se puede conciliar el sueño? En Roma dormir cuesta un ojo de la cara… En Roma muchos enfermos mueren de insomnio”.

 

Como exclamase Cicerón “O tempora o mores”, ¡Qué tiempos, qué costumbres!

 


 

 
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