Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies

Josele Sánchez
Martes, 11 de octubre de 2016 | Leída 690 veces

12 de Octubre. Balada triste por España

[Img #9855]

 

Cuán difícil resulta celebrar este Día de la Hispanidad, rememorar aquel 12 de octubre de 1492, la llegada de las naves capitaneadas por Cristóbal Colón a las paradisíacas playas dominicanas, con la que está cayendo… España, origen e impulsora de la Gran Patria Hispana, padece la mayor amenaza a su continuidad como nación, vivida a lo largo de siglos de historia cuestionándose, un día sí y al otro también, si debe perdurar o si debe suicidarse.

 

La amenaza, más que evidente, de segregación de Cataluña, no obtiene respuesta alguna por parte del gobierno de Madrid que prefiere mirar hacia otro lado, esperando que los problemas se resuelvan por ciencia infusa.

 

En las Vascongadas, la presencia de diecinueve diputados proetarras en el Parlamento vasco, supone un insulto a la verdad, a la justicia y a la “memoria histórica” de todos los españoles.

 

La pérdida de la soberanía económica en favor de las instituciones europeas, la islamización fundamentalista y constante de nuestra sociedad y la ausencia de todo sentido patriótico entre los españoles (muy especialmente entre los españoles más jóvenes), son la guinda de este pastel con el que pretendemos celebrar lo que, en toda Hispanoamérica, se denomina como el Día de la Raza.

 

¿Qué ha pasado para que los españoles hayamos perdido nuestra “idea nacional”?

 

La respuesta es compleja y extensa y no debe ser despachada en un par de párrafos que, acaso, no sean el objeto de este artículo. A pesar de ello, algo debemos reflexionar al respecto: ¿cómo se redactó la Constitución Española de 1978?, ¿por qué se dio cabida al término nacionalidades históricas?, ¿por qué se cedió a las autonomías las competencias en materia de educación, una asignatura básica para el mantenimiento y fortalecimiento de la “idea nacional”?, ¿qué ejemplo ha dado la monarquía (tal y como manda el ordenamiento constitucional), como símbolo de la indisoluble unidad de la patria?, ¿qué valores, como sociedad, hemos ido perdiendo por el camino?, ¿qué falta de sensibilidad han tenido los diferentes gobiernos de España para con sus diferentes regiones?, ¿qué afrentas se han cometido desde Madrid contra el sentimiento de catalanes, vascos, valencianos o gallegos? Cuando los españoles colonizamos América existía una rebosante “idea nacional”, un marcado orgullo en la propia identidad que permitió la fusión frente a la absorción, la sanísima contaminación, el mestizaje de razas y culturas sin reservas hacia lo que venía del otro, hacia lo autóctono, en contraposición con lo que hicieron otros países que, como los Estados Unidos, sencillamente exterminaron al indio. España supo ser fundadora antes que conquistadora porque estaba orgullosa de sí misma y ese sentimiento de diferencia, “el sentido hispánico” que como explica el filósofo argentino Alberto Buela, fue: “la diferencia que funda la igualdad, a la inversa que el sentido moderno, en donde la igualdad elimina la diferencia en busca de la nivelación, lo que produce el extrañamiento de sí mismo y del otro. De allí a la muerte del hombre, sólo resta un corto trecho”. Ese “sentido hispánico” que dio origen al nacimiento de un nuevo mundo no provenía de la soberbia, los españoles no se creyeron nunca un pueblo superior sino que lo que entendían como superior era su misión y su credo, un ideal supremo que, además, lideraba de manera oronda la monarquía. Un ideal que se basó en la fe católica y en su afán de difusión por el haz de la tierra.

 

Pero España fue perdiendo su “idea nacional”, “el sentido hispánico”, sus propios valores como nación. Se esfumó la fe y se impuso el relativismo, la falsa modernidad y el igualitarismo que no era otra cosa que la construcción de un nuevo totalitarismo de orden mundialista. A la pérdida de un sentido trascendente de la vida le siguió la indiferencia, la ausencia de una misión colectiva, la merma de todo ideal supremo. Monarcas egoístas, políticos corruptos e intelectuales mediocres convirtieron a la gran España en una institución desnaturalizada y carente de cualquier propósito colectivo.

 

Habiendo abandonado la “idea nacional”, nada queda ya de esa Hispanidad, de ese “sentido hispánico” empíreo y solidario.

 

Igual que Judas vendió a Jesucristo por treinta monedas, España vendió Filipinas a los Estados Unidos por un puñado de dólares. Los pueblos de América se impregnaron de la misma mierda que les llegaba desde España: políticos corruptos, una nueva oligarquía reaccionaria, terratenientes y toda una casta de vividores a costa del sufrimiento ajeno. Las naciones de América, ricas en su momento, fueron estableciéndose en la pobreza y en la pereza de cambio, en la falta de ideales capaces de transformar sus injustas estructuras sociales. Murió el Imperio Español porque España no supo ser ejemplo, ni madre, ni tan siquiera hermana, porque España se comportó como madrastra que ignora a unos hijos a quienes ni si quiera reconoce como propios e incluso de los que llega a avergonzarse. América se descompuso en una veintena de repúblicas de opereta, de abusos y desigualdades a imagen y semejanza de la corrupción y la insolidaridad exportada desde la península Ibérica. Y cuando América comenzó a despertar, España no estaba como para sumarse a nada ni a nadie: la Revolución cubana (sin la cual resulta imposible entender hoy en día la realidad de Hispanoamérica), el justicialismo argentino, la Revolución Sandinista, Chile, la Teología de la Liberación, México, El Salvador, Honduras, Guatemala, la Revolución Bolivariana… España ha permanecido al margen y eso cuando no se ha puesto de parte de los tiranos. Por perder, España ha perdido hasta el término Hispanoamérica para dar paso al vocablo “latinoamérica”, una cursilada, estúpida desde un punto de vista intelectual y malintencionada desde su propio nacimiento.

 

Hace ochenta años afirmaba Ramiro de Maeztu: “Es evidente que todos nuestros males se reducen a uno sólo: la pérdida de nuestra idea nacional. A falta de ideal colectivo, nos contentamos con vivir como podemos. Y así se nos encoge la existencia, al punto de que han dejado de influir nuestros pueblos en la marcha del mundo”.

 

España va a la deriva, carece de rumbo y de objetivo. España no es capaz, si quiera, de administrarse de una manera justa. España no está para liderar a nadie, ni siquiera posee el coraje necesario para liderarse a sí misma.

 

 

 

 

Acceda para comentar como usuario Acceda para comentar como usuario
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
1 Comentario
Luis
Fecha: Viernes, 14 de octubre de 2016 a las 20:24
Magnífico artículo. Hay que estar bien versado para poder conocer todo lo que aquí se ha resumido: 500 años de historia.

La Tribuna • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress