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Enrique Arias Vega
Domingo, 16 de octubre de 2016

Piqué y los periodistas imbéciles

[Img #9891]El periodismo deportivo es propenso a todo tipo de desmanes en la más completa impunidad.

 

Un damnificado de esa práctica viene siendo el futbolista Gerard Piqué. Lo último que se le ha atribuido es cortarse las mangas de la camiseta de la selección para así hacer desaparecer la bandera española, lo que no es verdad.

 

Todo, porque el jugador del Barça está en medio del extremismo paranoide de los separatistas catalanes, por un lado, y de los radicales ultras, por otro. En menor escala sufrieron lo mismo Carles Pujol cuando era capitán de su equipo y Xavi Hernández, quien tras gritar un “viva España” cuando ganó un campeonato tuvo que aguantar la intemerata.

 

La prueba de que la utilización extremista de los deportistas es general la tenemos en el madridista James Rodríguez, criticado por unos y por otros al no querer posicionarse sobre el proceso de paz de Colombia.


 

 

Quienes más contribuimos a crear este clima de tensión somos los periodistas. A algunos, además, la verdad y la mentira les son indiferentes con tal de organizar follón y vender sus patrañas como si fuesen exclusivas informativas. Tenemos, para evidenciarlo, el caso de aquella reportera que, tras afirmar arrogantemente durante años que la hija de Al Bano estaba viva, tuvo al final que desdecirse de tan rotunda afirmación.

 

Ese tipo de actuaciones son comunes en el periodismo del corazón, pero también en el económico y el político. Recuerdo cómo hace veinte años un montón de corifeos le doraba la píldora a Jesús Gil —el mejor alcalde del mundo según ellos—, quien los invitaba a Marbella y les conseguía apartamentos tirados de precio. Tras la caída del presidente atlético dijeron de él lo contrario con la más absoluta desfachatez.

 

También la información económica, insisto, ha sido muchas veces de un signo u otro según los intereses de sus autores, en busca de créditos sin coste, publicidad financiera o cualquier otra gabela. Y no digamos de la política, donde a los elementos espurios habituales hay que añadir la ideología de los periodistas —sobre todo de los opinion makers—, quienes afirman una cosa o la opuesta con la misma rotundidad.

 

No es de extrañar, así, la tensión sobreañadida a nuestra sociedad, la falta de información y la dificultad de establecer un criterio propio sobre las cosas. Por eso, ahora que se habla tanto de corrupción, ¿por qué no se dice ni palabra sobre la corrupción del gremio periodístico?

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