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Pablo Mosquera
Domingo, 23 de octubre de 2016 | Leída 574 veces

Lo que sabía Gregorio Ordóñez

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Recientemente se ha publicado "El desaparecido informe Navajas", cuyo autor -del informe- Luis Navajas Ramos, era nombrado Teniente Fiscal del Tribunal Supremo en octubre del pasado 2014. Hay mucha literatura sobre el informe que fue elaborado en mayo de 1989 cuando Navajas era fiscal jefe en la audiencia de San Sebastián -1987 a 2003- .

 

Lo que deseo contar hoy, son determinados hechos en los que participé.

 

Primer tercio del mes diciembre 1994. Gregorio Ordoñez, teniente alcalde de San Sebastián, presidente del PP en Guipúzcoa y parlamentario vasco del PP, me llama para comer en un restaurante de Alsasua. Goyo era un hombre valiente, honrado y directo -verso libre-, con él discrepaba políticamente, pero nos unía la amistad.

 

Me desplazo con mis escoltas -berrozis- al lugar. Recibo una llamada telefónica de la secretaria de Goyo, María San Gil, para advertirme que mi contertulio se iba a retrasar. Llega en un coche que conduce un hombretón, del que Goyo me confiesa es de su total confianza y va armado. La comida resulta un confesionario que nunca más he podido olvidar. Goyo está muy preocupado por su vida. Están siguiéndole. Tres personas que conocen determinados entresijos relacionados con el narcotráfico en Guipúzcoa han sido asesinadas por ETA. La  última, su hombre de máxima confianza en la policía municipal donostiarra. Tal como se han producido los asesinatos, no le cabe la menor duda que ETA y narcotráfico están comunicados, y por medio el Gal...

 

Me habla de sus relaciones con el fiscal Navajas, que ha emitido un informe "de escándalo". Goyo está siempre del lado de la justicia, "caiga quien caiga". Aquel mismo día, ha tenido un mal encuentro. La viuda del sargento de los municipales, hombre vinculado a los servicios de información, asesinado por ETA, en un arrebato entre dolor y desesperación, le ha culpado de haber metido a su marido en un asunto tan peligroso que le ha costado la vida...

 

Me pide consejo sobre seguridad. Le digo que debe solicitar urgentemente la asignación de escoltas. Me dice que duda, entre otras razones por no fiarse de tales, teniendo en cuenta las labores que está realizando; pero también por la propia vida de quienes le acompañen, " en vez de matar a uno, van a matar a tres". "Y ya han matado a Olarte, Santamaría y Morcillo". Los dos primeros, confidentes sobre el asunto relacionado con determinados pagos o ingresos, procedentes del tráfico de drogas, y el tercero investigaba las infiltraciones de ETA en la policía municipal de Donosti.

 

Nada más llegar a Vitoria, me pongo en contacto telefónico con el consejero de Interior del Gobierno Vasco, con el que tengo una magnífica relación. Es de Galdácano, amigo y vecino de la familia Aldecoa, mi exmujer era una Aldecoa- Atucha. Hombre de una pieza, con el que solía bromear toda vez que entre los objetivos de los comandos de ETA siempre figurábamos tanto él como yo. Y si alguna vez no fue así, me decía: "tiene que haber un error..." Pero esta vez, yo sólo puedo contarle que Goyo Ordoñez, parlamentario vasco, tiene indicios muy graves de que su vida peligra. Atucha lo entiende, pero me recuerda que los protocolos de seguridad exigen que sea el PP quien solicite formalmente la asignación de la escolta. Le digo que Ordoñez es un verso libre y que no estará dispuesto a contar, en determinados círculos del PP, lo que está sucediendo.

 

Me pongo en contacto con Eugenio Damboriena, amigo y compañero de Goyo. Descubro que también vive asustado. Comparte con Ordoñez determinada información que amplía gravemente el contenido del denominado informe Navajas.

 

Desgraciadamente, un lunes de enero 1995, tengo una llamada desde Donosti que me informa del asesinato en el bar "La Cepa" del casco viejo donostiarra de Goyo. Me cuentan cómo María San Gil se levantó de la mesa y se fue tras el pistolero, que tropezó ante la reacción de la secretaria del grupo municipal del PP. Damboriena cree que se ha librado, por haber dado la vuelta en el periplo Ayuntamiento-bar, dónde solían comer los lunes, y lo hizo por haberse dejado un documento sobre el que pensaban hablar en la comida.

 

Me duele el alma con la noticia. Llamo a mi padre y se lo cuento para que no se entere por los medios de comunicación. Mi padre que estaba muy preocupado por mi seguridad, desde hacía mucho tiempo, me dice una frase que me conmueve: "Hijo, debes cumplir con tu deber". Prefiero ahorrarles los momentos terribles de mi viaje a Donostia, los abrazos con amigos, pero sí debo decir que Ana Iribar, llorando, me advierte: "Pablo, piensa que el próximo puedes ser tú".

 

Eugenio Damboriena no sólo se encarga del funeral para el amigo. Le presta su panteón familiar en el cementerio de Polloe. Eugenio me dice que se marchará a Madrid en cuanto pueda- le nombra Presidente de FEVE el Ministro Álvarez Cascos- y que dispone de una documentación muy abundante y comprometedora, en una caja fuerte, con instrucciones de que si le sucede algo, tal documentación, unida al informe Navajas, serán hechos públicos.  

 

Pasa el tiempo, y un día recibo en mi domicilio a un comisario, al que conocí en Vitoria a raíz de las primeras amenazas de ETA. Este hombre era muy inteligente y llegamos a tener una gran amistad. Triunfó con las medidas de seguridad de la Olimpiada en Barcelona, para ser luego ascendido a Madrid en tareas relacionadas con el narcotráfico. Me pide que le cuente todo lo que se sobre el caso Goyo Ordoñez. Así lo hago. Me promete que "caiga quien caiga, está dispuesto y facultado para culminar la investigación con todas sus consecuencias". 

 

Al poco tiempo del crimen contra Ordoñez, Febrero de 1995, asesinan al abogado Múgica, hermano del que sería Defensor del Pueblo y familia muy arraigada en la comunidad judía. Sus hijos, no olvidan, ni perdonan. Al parecer, Fernando Múgica había sido el letrado de Olarte y Santamaría.  El siguiente en la macabra lista fue Nieto, comisario de información, gallego y amigo de Goyo.   

 

Había que conocer el ambiente que se respiraba en los cascos viejos de las tres capitales vascas. Había que conocer las infiltraciones de ETA y los confidentes de uno y otro bando en la lucha. Había que conocer las relaciones entre el negocio de la chatarra y el narcotráfico. Evidentemente, mi amigo Goyo Ordoñez estaba en el lugar más peligroso en el momento menos preciso.

 

En cualquier caso, supongo y espero que a su hijo Javier, al que no reconocería por la edad que tenía cuando asesinan a Goyo, alguien le cuente toda la verdad; y por encima de todo, que su padre era una persona honrada.

 

Tan honrada que, tras su asesinato, me personé en Compostela, delante de Don Manuel Fraga Iribarne, con el que por aquellas fechas tenía nula o mala relación. Le dije que sabía de su autoridad, intelectual y moral, y que no me iba sin su palabra de que como presidente, más que honorario del PP, iba a ocuparse de que a la familia de Ordoñez no le faltara de nada. Vivían modestamente, acababan de comprarse un piso, Ana no trabajaba para poder cuidar de Javier. Y yo tenía razones para pensar sobre aquel dicho –terrible, pero cierto- de "el muerto al hoyo y el vivo al boyo". Delante de mí y de otra persona, llamó por teléfono a José María Aznar, y le ordenó que el partido se ocupara de la familia Ordoñez. Me agradeció el gesto. Yo no era del PP.

 

Pero tenía motivos para imaginar que yo podía haber sido la víctima, y que en tal caso, Ordoñez habría hecho lo mismo que yo estaba haciendo.      

 


 

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1 Comentario
Ramiro
Fecha: Domingo, 23 de octubre de 2016 a las 12:56
Yo creo que le asesinaron porque sabía demasiado...
Y su informe me confirma en esa tesis.

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