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Enrique Arias Vega
Jueves, 3 de noviembre de 2016 | Leída 47 veces

Felipe, puertas giratorias y ex

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Algunos quisieran ver a los anteriores dirigentes de este país en las colas del paro o teniéndose que alimentar en los comedores de Cáritas.


No entiendo ese rencor hacia gente que ha dedicado, con mayor o menor acierto, su tiempo y su energía hacia la cosa pública en vez de tener muchos de ellos un cómodo pasar en la actividad privada. En otros países, como Estados Unidos, los viejos políticos —y no digamos ya sus ex presidentes— son considerados glorias nacionales a las que se trata con respeto y deferencia, comúlguese o no con sus ideas. Empresas, centros docentes y otras instituciones se disputan su colaboración, para beneficiarse así legítimamente de sus conocimientos, de su experiencia y de sus contactos, como directivos, consejeros, profesores y conferenciantes.


Aquí, no. Aquí, despreciamos tanto a nuestros políticos que no sólo les pagamos poco —un diputado británico, francés o italiano cobra el doble que uno español, por ejemplo—, sino que hemos inventado el término despectivo de “puertas giratorias” para cuando una empresa de prestigio intenta hacerse con sus servicios.


Últimamente ha sido objeto de una cacería especial al respecto Felipe González, de quien las turbas de presuntos indignados ignoran que evitó la involución política del país, modernizó su industria y generalizó los beneficios sociales para los ciudadanos españoles, entre otras brillantes aportaciones. Mientras los nuevos izquierdistas de salón nacionales lo denigran, todavía a los veinte años de haber dejado la presidencia del Gobierno goza en el ancho mundo de una reputación y una autoridad moral incuestionables.


Aquí, digo, son los nuevos políticos los que han sembrado la sospecha —cuando no la certidumbre de su inmoralidad— sobre todos los políticos anteriores a ellos, a quienes designan con el infamante apodo de la casta. Y, en vez de exigir un sistema de incompatibilidades que adecúe con acierto sus futuras actividades, simplemente pretenden su aniquilación profesional y casi personal.


De triunfar en su propósito, conseguirán que, en vez de personas honradas y competentes, a la política sólo se dediquen pícaros, inútiles y oportunistas, que no tienen nada que perder ante la pésima calidad de la clase política que nos viene encima.  

 


 

 
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