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Ernesto Ladrón de Guevara
Lunes, 14 de noviembre de 2016 | Leída 172 veces

Consecuencias de lo de Estrasburgo (III)

[Img #10039]El viaje a Estrasburgo del Foro Ermua, relatado en un artículo anterior, supuso un inédito y pionero paso adelante en la denuncia ante Europa de la situación vasca y del gravísimo acoso que la ciudadanía democrática estaba sufriendo en esa parte de España por todos los frentes de signo nacionalista, desde el político al sociológico y al directamente terrorista. Téngase en cuenta que, para esa fecha del 16 de febrero de 2000, en la que el documento fue presentado a las instituciones europeas, dicha ciudadanía ya había sufrido las embestidas del Plan Ardanza, de la campaña por la autodeterminación y del Pacto de Estella, que tuvieron lugar a lo largo de 1998, así como la aplicación literal de la “socialización del sufrimiento” que postulaba la “Ponencia Oldartzen” aprobada en 1994 por toda la mal llamada “izquierda radical”, que no era más que la trama política y social de ETA. Por más que el documento fuera ridículamente cuestionado por el socialismo oficial, y por los miembros del Foro Ermua que obedecían sus consignas, para conseguir un objetivo tan tristemente memorable como que Nicole Fontaine “se desmarcara” de nuestra Declaración de Estrasburgo, la semilla ya había sido sembrada y allanó el camino a la toma de conciencia de la Unión Europea sobre el carácter totalitario de ETA y de su terrorismo así como de las complicidades políticas que tenía con éste el mal denominado “nacionalismo democrático” o “nacionalismo moderado”.

 

Europa tenía que conocer un nuevo relato en el que se implicara al PNV en las estrategias de acoso a los no nacionalistas, en su programa etnicista e incivil que pretendía cobrarse la secesión vasca por medio del chantaje terrorista. Evidentemente, no podemos comparar aquel período de Arzalluz e Ibarretxe con el actual en el que Urkullu gestiona un Gobierno Vasco en clave pragmática y con un discurso de perfil bajo en cuanto a las connotaciones nacionalistas. Eran tiempos de mover el árbol para recoger las nueces, y, lo que es peor, de bloquear los impulsos sociales que exigían responsabilidades por las implicaciones nacionalistas en la estrategia etarra. Sin embargo, conviene recordar hasta dónde el PNV fue capaz de llegar en aquellos años que, para sus actuales dirigentes, son como si no existieran; como si no merecieran su explicación, su revisión y su arrepentimiento. Porque, en esta dolorosa historia colectiva, no son sólo los etarras los que deben arrepentirse. También los que intentaron servirse políticamente de ellos y de aquel programa criminal que acabó con las vidas de policías, militares, políticos, concejales de pueblo, gentes de la judicatura, periodistas, empresarios…

 

El Foro Ermua dijo lo que debía decir en el momento en que lo tenía que decir. Y el penoso episodio de la descalificación del documento que llevó a Estrasburgo sólo se explica por el interés de los socialistas en controlar la respuesta civil al terrorismo y al nacionalismo antidemocrático, por neutralizar al asociacionismo independiente que actuaba de Pepito Grillo de sus incoherencias y concesiones, así  como por su afán de pactar con el PNV, por su confianza en que podría hacerle bajar del monte mediante esos pactos opacos y llegar a un acuerdo que pronto se revelaría imposible. Ni socialistas ni nacionalistas, por no hablar de Ezker Batua, estaban por la labor de trabajar para desvelar esas terribles complicidades que tuvo uno de sus episodios más elocuentes en el caso Faisán, encubierto hasta ahora sin que se haya revelado lo que es evidente que ocurrió, pero que se ha dejado en el dique seco de las conveniencias políticas. En definitiva, la participación de un presunto canalizador del dinero procedente del chantaje etarra, que fue un personaje próximo a la cúpula del PNV en aquel tiempo.

 

El Partido Popular jugó en el campo del Foro Ermua mientras le convino, pero nos dejó tirados a los embajadores del mensaje que se trasladó a Estrasburgo nada más volver de aquella misión cívica. La prueba es el silencio sepulcral de Mayor Oreja y los suyos cuando, tras aterrizar en Biarriz, nos dirigíamos a nuestras casas, envueltos en un terremoto que amenazaba con tragarnos, y con toda la fusilería de los partidos nacionalistas dispuesta a ponernos contra el paredón de la insidia y la falsedad. Precisamente en ese trayecto de vuelta nos enteramos de que la casa de Ibarrola había sido apedreada, y cómo sería el mensaje y el rictus  de Egíbar en la televisión del PNV que mi mujer pensó inmediatamente que algo malo estaba por llegar.

 

Pero no fue eso lo más cruel. Lo peor llegó, como he explicado, con los que siendo de los nuestros nos señalaban como lo hace el chivato de la clase cuando acusa a su compañero de una fechoría; tachándonos, poco menos, que de exagerados radicales o exaltados que incomodábamos a los grandes estrategas de lo políticamente correcto, sin calcular, o igual haciéndolo, que con ese gesto se perjudicaba profesionalmente a gente que no tenía otro interés ni necesidad que llevar un mensaje necesario y sentido desde la ciudadanía oprimida para que la Unión Europea se pusiera las pilas y empezara a mover ficha, como de hecho sucedió al poco tiempo sacando al PNV  del Grupo Demócrata-cristiano europeo.

 

Prueba de que el socialismo oficial vasco quería neutralizar al Foro Ermua es que el turbulento regreso de la comisión de Estrasburgo en aquellos primeros días de febrero coincidió con el estreno escénico del Basta Ya en la primera manifestación que organizó en San Sebastián. Aquello no pudo gestarse de la noche a la mañana. Llevaban meses preparando aquel momento y el documento de Estrasburgo no fue más que una excusa estratégica para “visibilizar” el cisma, para desautorizar al Foro Ermua, que carecía de políticos en sus filas (a excepción de Carlos Totorica) y hacer valer a la nueva organización que, dirigida por Rosa Díez y José Antonio Maturana, se presentaba como una “plataforma más amplia que abarcaba en sus filas a todo el movimiento cívico”, al propio Foro Ermua y al Foro católico El Salvador, así como a políticos del propio PP o a un grupo de disidentes sueltos de Eusko Alkartasuna. Si Mayor Oreja guardó silencio fue porque el Basta Ya “toleraba” que pudieran entrar en su nómina como segundones cargos electos del propio PP, que en ningún momento tendrían el control de la plataforma. Fue así como la crisis se cerró en falso y cómo el Foro Ermua “acató” el nuevo contexto asociacionista para evitar dar una imagen de división. A los pocos días del episodio de Estrasburgo, Agustín Ibarrola y Fernando Savater coincidieron en un acto y se dieron públicamente un abrazo del que la prensa se hizo eco y que echaba tierra sobre las “diferencias coonceptuales” en el texto de Estraburgo y sobre la cuestión tan “polémica” de si la ideología de ETA era “nazi” o simplemente “antidemocrática”.

 

El trasfondo de la cuestión era obvio. Estaba clara la finalidad de nuestra lapidación. Se trataba de crear otro colectivo próximo al Partido Socialista que descapitalizara y neutralizara al Foro Ermua. De hecho se habían vivido diferentes tensiones previas a nuestro viaje a Estrasburgo que ya hacían sospecharlo. Lo paradógico de todo esto fue el mensaje que llevó este mismo colectivo a Europa poco después desbordando al Foro Ermua en sus propios postulados, y logrando el premio Sajarov. Lo de los socialistas fue cuando menos grotesco. No voy a poner los nombres por respeto a quienes han dejado este mundo, pero uno dijo que llevábamos  fuera los trapos sucios y que éstos se lavan dentro, y el otro que no reconocía a ningún socialista entre los que estábamos en aquel grupo, como queriendo reflejar que éramos unos apestados. La falta de sentido de la dignidad y la sumisión canina al mundo nacionalista no podía ser más bochornosa. Poco después se produjo el asesinato de Buesa por la banda terrorista y el comportamiento mezquino y cruel de los nacionalistas convocando una manifestación sin el más mínimo respeto a quienes habían sido los directamente afectados por el asesinato, es decir, los socialistas. Pero parece que nada sirve para que éstos  aprendan como podemos ver en estas mismas fechas con la posición de los dirigentes vascos de ese partido. Por cierto, el asesinato de Buesa sirvió para que durante un año entero usaran la palabra “nazis” contra ETA quienes habían el grito en el cielo por la itiulización de dicho término.

 

En ese contexto doy fe, como protagonista de aquellos episodios, de nuestros denodados esfuerzos para hacer una unidad de acción con Basta Ya, sin éxito, aunque las tensiones sólo esporádicamente llegaban a ver la luz pública. La manera tan poco elegante en que hoy se ha hecho el harakiri UPyD, el partido nacido de Basta Ya, es la mejor prueba del tipo de “mimbres humanas” del que estuvo hecha una parte del movimiento cívico y de lo que tuvo la otra parte que soportar para que el mundo nacionalista no se percatara de nuestras divisiones internas y de la violencia verbal con la que se producían.

 

Al margen de su falta de apoyo en aquellos momentos por sus intereses prácticos, el PP tuvo ocasión de lucirse en otras ocasiones posteriores. Recuerdo una manifestación celebrada en Vitoria que me tocó organizar con el lema “Contra el exterminio” queriendo reflejar mediante unas pegatinas con la estrella de David la exclusión  a los no nacionalistas y la persecución al diferente. Fue en los prolegómenos electorales de aquella convocatoria para elegir una nueva composición del Parlamento Vasco. Concurrían Nicolás Redondo Terreros y Jaime Mayor Oreja en buena armonía, para producir una nueva mayoría que cambiara el status quo de hegemonía nacionalista y regenerar políticamente la sociedad vasca. Cuando iba a echar a andar aquella marcha que transcurría desde el Conservatorio de Música hasta el Paseo del Prado, un representante popular cuyo nombre me reservo me conminó a que se fueran unos manifestantes venidos de Madrid que eran de Unificación Comunista de España con sus banderas y tambores, que clamaban contra los nacionalistas y contra ETA. Según él, los populares no podían compartir espacio con ese tipo de gentes que tenían una indumentaria clásicamente de izquierda radical. Y yo le respondí que quién era él para excluir a quien se expresaba contra el terrorismo fuera del grupo ideológico que fuera.

 

Lo cierto es que por eso o por otras razones -nunca lo sabré realmente- se me redujo drásticamente la protección y se me quitó el coche que estaba en la dotación de la escolta, cuando a otros compañeros del mismo Foro se les conservaba la protección.

 

Fuera circunstancial o no, aquello me produjo una fuerte indignación. Después se extrañaron de que yo recalara en Unidad Alavesa, cuyos dirigentes me apoyaron y financiaron la actividad del Foro, permitiendo así tapar un agujero en mi hacienda familiar pues no había ningún tipo de financiación y me tocaba organizar la logística de una estructura organizativa que tenía una fuerte repercusión pública.  Y, por cierto, se urdió por ello una campaña de la que no quiero acordarme para descabalgarme de la dirección del Foro.

 

La cosa no quedó ahí. Cierto personaje del PP impulsó la concesión de la medalla al Mérito Constitucional a personalidades que habían destacado en la  lucha contra ETA, y a mí se me excluyó de forma premeditada y consciente. No fui el único. También se excluyó de ese reconocimiento a los sacerdotes Jaime Larrínaga y Antonio Beristain, fundadores del Foro El Salvador, en cuya fundación yo mismo había participado. ¿Si nosotros no éramos fundadores del Movimiento Cívico, quién lo era para esa Mano Negra que se movió a la hora de los reconocimientos?  

 


Estas cosas hay que contarlas, pues si no, nunca se sabrán los entresijos de lo que ocurrió en aquellas fechas tan relevantes, y eso es injusto.  La verdad nos hace libres. Y esta es la mía.

 



 

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