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Josele Sánchez
Sábado, 12 de noviembre de 2016 | Leída 355 veces

Los héroes de España

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Lucía es médico de familia en un pequeño pueblo valenciano desde hace veintidós años; trabaja en un consultorio público y aunque lleva diecisiete años ocupando la misma plaza, su contrato es, todavía, de interina. Su salario no le llega para cambiar el viejo Volkswagen Golf que le acompaña, cada día más a regañadientes, desde hace más de una década. Acaba de salir de guardia. Por la edad ya no está obligada a hacer guardias pero las necesita para poder llegar a fin de mes (nunca más de cuatro guardias al mes, porque si no trabaja para Hacienda). La noche ha sido cañera y no ha podido pegar ojo: un infarto, la Guardia Civil acompañando a una mujer presuntamente maltratada, una abuelita con una crisis respiratoria, niños con fiebre, tres chicas adolescentes solicitando la píldora del día después, dos borrachos y cuatro inmigrantes sin papeles a los que siempre cita cuando está de guardia porque es la única manera que tiene de poder atenderlos. Llega a su casa. Por suerte, es domingo y algo podrá descansar hasta el día siguiente que volverá a levantarse a las seis de la mañana. Prepara su desayuno y el de sus tres hijos que todavía duermen. En esa casa no hay marido. Tampoco lo necesita.


Jaime es periodista y trabajó casi dos décadas en uno de los periódicos generalistas de mayor tirada nacional. El último ERE lo dejó en la calle con una indemnización de veinte días por año trabajado y cuatro hijos en edad escolar. Toda la indemnización que obtuvo la invirtió en montar, junto a dos compañeros más, un pequeño periódico digital en la capital del Turia. Es la primera vez en su vida que hace el periodismo que le gusta, sin que nadie le diga qué debe escribir, o sobre qué, o cómo... aunque esta satisfacción profesional no le sirva para pagar los gastos.
 

Carmen cobra 426 euros de ayuda como parada de larga duración. Su profesión es la de cocinera, pero no hay manera de encontrar un trabajo decentemente retribuido desde que los paquistaníes rompieron el mercado laboral trabajando jornadas de dieciocho horas por seiscientos euros mensuales. Trabaja en negro (como lo hace más de la mitad de los habitantes de su pueblo) cuidando una abuela desde las 7 de la mañana hasta las 11 de la noche a cambio de ochocientos euros limpios de polvo y paja. Está separada, tiene dos hijas y no recibe ninguna pensión de su ex marido.
 

Geni es maestra de sexto de primaria en un colegio público. Le encanta su profesión. Sigue intentando formar individuos que en el futuro habrán de convertirse en adultos. Cada día está más quemada porque los chavales son contestones y desinteresados y porque a los padres de los chavales parece importarles un pimiento la formación de sus hijos. Este fin de semana se ha enfrentado al hecho más insólito de toda su carrera profesional. Los alumnos, inducidos por los padres, han montado una huelga de deberes.
 

Marcelo es guardia civil desde los veinte años. Ahora está completamente integrado en un pueblo de Castellón, después de haber pasado por tres destinos diferentes en los últimos catorce años. Vive con su mujer y sus dos hijos dentro de la Casa Cuartel, en unos pisos que no aceptarían para los inmigrantes las asociaciones pro-derechos humanos. Sus jornadas son inacabables pero ahora se encuentra feliz después del calvario que, junto a su mujer y sus hijos, pasó en su último destino en un pueblecito navarro. Le encanta ayudar a la gente, por eso es feliz con su trabajo.
 

José Carlos es uno de los muchísimos parados de larga duración cuya edad supera los cincuenta años. Y aprendió a buscarse la vida. Hace todo tipo de chapuzas, albañilería, fontanería, escayola, electricidad y cada dos fines de semana es portero en el estadio del Betis de sus amores. Tiene un hija que este año ha empezado la carrera de económicas. Y se siente muy orgulloso de ella.
 

No les hablo en este artículo de Daoliz y Velarde, ni de Blas de Lezo, ni de Gonzalo Fernández de Córdoba, ni de Álvaro de Bazán, ni de Juan de Austria, ni del general Agustín Muñoz Grandes. Les hablo de los otros héroes de España, de esos héroes anónimos por los que todavía vale la pena creer en esta gran nación; les hablo de esos héroes capaces de hacer quel país se levante cada mañana y siga funcionando a pesar de tanta corrupción, de tanto lameculismo y de tanto discurso políticamente correcto.
 

Mi hija me dijo el otro día: “Papá, ¿por qué siempre hablas de política?. ¿Qué en España no tenemos nada bueno?”. “Nuestros héroes”, le contesté. Y a ellos va dirigido mi artículo de esta semana, al motor que me empuja a seguir creyendo en otra España posible, en una España ancha y justa para todos.

 


 

 

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