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Ernesto Ladrón de Guevara
Lunes, 28 de noviembre de 2016 | Leída 72 veces

Entre todos la mataron y ella sola se murió

En el excelente libro, imprescindible para entender las claves de la descomposición política y social de España, Los totalitarismos blandos, Iñaki Ezkerra disecciona el principal mal que afecta a los partidos políticos de hoy, pero no solo a éstos, sino también a uno de los pilares del sistema democrático que es el de los medios de comunicación. Dice así respecto a éstos:  


“La crisis económica  ha sido, sin duda, un factor muy determinante en esta deriva, pero el problema es más hondo. El problema reside en que los medios de comunicación han trasladado su propia y específica crisis a la sociedad que los consume, la han contagiado de su pesimismo y su fatalismo. Si nuestros medios  de comunicación  se hubieran portado entre 1975 y 1982 como lo han hecho en estos últimos ocho años, no hubiéramos llevado a cabo la Transición española  […]    Desde hace ocho años, sin embargo, la realidad de los medios de comunicación y de la prensa en España es la antítesis de aquella época, como es también antitético ese discurso desestabilizador que desdeña, ya por simple inercia, las primicias informativas que no poseen los deseados tintes desasosegantes ni una fácil y simplona lectura. Curiosamente, el periodismo de la Transición  se volcó en la tarea pedagógica de informar, con toda clase de  detalles y matices, sobre los discursos políticos que aterrizaban en la actualidad española, a un público sin experiencia democrática, pero ávido de ella. Lejos de aquella actitud, nuestros medios de comunicación no han estado en los últimos años ni parecen estar todavía por la labor de forzar a los partidos a hacer una verdadera reflexión y a abrir un clarificador debate […]
 

El amarillismo no denuncia nada porque lo denuncia todo y su querella criminal contra el Universo se evapora en la infinita extensión de lo denunciado. El amarillismo es el embrión del populismo. Es populismo mediático. Y está,  de manera infalible, en los orígenes de todos los estrambóticos especímenes que sintetizan nuestros periódicos y telediarios: Donald Trump, Boris Johnson, Pablo Iglesias, Beppe Grillo”.
 

Tengo un amigo en Vitoria que fue condenado a la exclusión social y laboral por un medio de comunicación antes de existir sentencia judicial ni hacerse el testimonio de las pruebas. Tras diez años de verdadera agonía, de estrés emocional que le llevó a un estado depresivo y su correspondiente tratamiento psiquiátrico, el asunto ha sido sobreseído, aunque repetidamente apelado por quienes están empeñados en su asesinato civil. Su vida ha cambiado radicalmente y nada ha sido judicialmente materializado en firme salvo el sobreseimiento de las acusaciones. Ese medio ha optado por el silencio, sin resarcir los daños morales producidos. Cuando al principio de ese procedimiento se me preguntó qué opinaba al respecto yo dije, y así se reflejó, que ese señor que sigue siendo mi amigo, no tenía ningún motivo económico ni personal para enriquecerse ilícitamente, porque tenía una situación económica desahogada, yo le conocía en sus actitudes, y no me encajaban las acusaciones; y que, en todo caso, había que aplicar la presunción de inocencia mientras no se demostrara lo contrario, y que eso había que hacerlo en sede judicial.


Hace treinta años yo fui Delegado Territorial de Educación de Alava. Sin saber por qué un periodista de ese medio de comunicación se cebó conmigo con medias verdades convertidas en medias mentiras. Creó un estado de opinión adverso a mi persona con un empeño digno de la mejor causa, sin que aún yo sepa el motivo de su pertinaz persecución. Al cabo de tres años opté por dimitir del cargo antes de que el deterioro de mi salud terminara con mi existencia en este mundo, tras varios episodios de ansiedad límite. Aún no me explico el motivo por el que la opinión publicada se superpuso sobre la contundencia objetiva de los hechos. Mi función era aplicar la ley, hacerla cumplir, y desarrollar los planes y proyectos del Departamento de Educación, pero yo fui la víctima.
 

[Img #10201]Treinta años después, el comportamiento de algunos medios de comunicación no parece haber mejorado. Rita Barberá ha fallecido fruto de un acoso que yo no desearía ni al peor de mis enemigos. No sé si Rita ha sido tan corrupta como se le atribuye. En todo caso había un procedimiento judicial en marcha. Pero su condena ya estaba aplicada y hecha efectiva por juicio sumarísimo “popular”, sin tener en cuenta la presunción de inocencia ni su derecho a la defensa. Incluso en su partido se alzaban las voces que iban encaminadas a tratarle como una apestada y negarle lo más básico que es humano en estos u otros casos, que es la empatía, el ponerse en su lugar, y un poco de compasión. Eso posiblemente ha sido lo que le ha llevado a la tumba, más que las insidias y la persecución y quema de brujas a los que este país históricamente está acostumbrado, tan aficionado a los autos de fe inquisitoriales, persecuciones a judíos y ensalzamientos a los Torquemada de turno.

Hay mucha hipocresía en todo esto. Pero como a una persona física o jurídica le toque el estigma de ser chivo  expiatorio sobre el que aplicar la furia popular, está perdido, pues puede quedar físicamente eliminado o psíquicamente destruido. Eso es lo que le ha pasado a la que fue alcaldesa de Valencia. Y toda la gestión durante 24 años de dedicación a la cosa pública con más o menos felices resultados puede quedar enturbiada en un minuto por la condena pública. Tenemos la afición de aplicar sobre personas o colectivos particulares nuestra frustraciones o penurias, buscando culpables de las mismas, mientras en tiempos de bonanza se hacía oídos y vista gorda sobre comportamientos claramente ilícitos.  
 

Yo sigo narrando mi experiencia particular cuando devolví a una institución foral noventa mil euros asignados al grupo mixto del que yo era único componente  sin que nadie me obligara a hacerlo. Me pareció éticamente obligado y así lo hice. En la calle nadie me felicitó por ello, salvo una persona y algún amigo. Pero recibí algún comentario como “mira que has sido idiota”. Pues eso… hay mucha doblez. Si no, miremos la economía sumergida, el “con IVA o sin IVA”, etc.   Como dijo Jesucristo, “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”.
Y lo más grave de todo esto es que la descomposición de los valores morales del entramado axiológico que da cuerpo a los comportamientos sociales puede llevarnos a derroteros que yo no deseo para mis nietos, porque nos llevan directamente al desastre en todos los órdenes.

 

La pérdida de la sensibilidad respecto al sufrimiento ajeno, de la necesaria empatía correspondiente y de la compasión, tiene como resultado el envilecimiento cuyo efecto es la antipedagogía social; y   cuya expresión más característica es lo que vi el día en que el cuerpo de Rita yacía exánime en un par de medios televisivos. En ellos  se hizo un repaso de todas las presuntas corruptelas de la ex edil, sin la más mínima consideración al debido respeto a la dignidad de la finada. Y, en la Cámara donde se plasma la soberanía nacional, con el comportamiento de Podemos, negándose a ese minuto de silencio y unas explicaciones que invitaban al vómito.
 

Ese es el resultado de esta descomposición en el área emocional de los comportamientos sociales inducidos por ciertos medios.
 

Yo no comparto en nada la imagen de corrupción en la Comunidad de Valencia, ni sus efectos o resultados. No sé el grado de implicación de la señora Barberá, pero me parece una corrupción más grave el desmoronamiento de los pilares de la democracia derivado de la irresponsabilidad política, de la falta de respeto al Estado de Derecho y de la justicia, de la desintegración de los verdaderos valores y principios establecidos en la Constitución y la deriva hacia derroteros abisales de la “cosa pública” por el fomento de los populismos, que afectan de una forma más o menos grave a todo el espectro político.
 

Y dejo para un próximo artículo la valoración de la entrega por un plato de lentejas de los socialistas a los nacionalistas, como colaboradores activos y cómplices del proceso secesionista.

 


 

   

 
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