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Yolanda Couceiro Morín
Lunes, 28 de noviembre de 2016 | Leída 759 veces

La "Gran Sustitución"

[Img #10210]Le debemos al escritor y filósofo francés Renaud Camus la expresión la "Gran Sustitución" (le "Grand Remplacement") para designar el proceso de colonización masiva de Francia en particular y de Europa en general por las legiones de inmigrantes llegados desde los cuatro puntos cardinales del Tercer Mundo.

 

La expresión tiene el mérito de ser lo suficientemente explícita y contundente para referirse al fenómeno más impactante y trascendente que está viviendo el conjunto de Europa occidental: la inundación migratoria y el imparable desplazamiento (acelerado ya) de las poblaciones europeas en varios países en favor de los recién llegados. Asistimos realmente a las premisas de un cambio de pueblo: los extranjeros, por su número y sus características culturales están imponiéndose demográficamente a los autóctonos, al punto que ya existen ciudades en Europa con más personas de origen inmigrante que nativos europeos.

 

El cambio de pueblo implica un cambio de civilización. Pensar que pudiera ser de otra forma, que Europa pudiera ser todavía Europa con otra población, es despreciar a los pueblos y los individuos, reducirlos a un estatus de hombres y mujeres sustituibles, intercambiables y deslocalizables a voluntad. Deshumanizarlos, en definitiva.

 

Lo que se ha dado en llamar la "Gran Sustitución" es la mayor crisis de nuestra historia y el problema más severo que debemos enfrentar hoy los europeos. Las demás adversidades que nos castigan, por muy dolorosas que sean, son secundarias por comparación, aunque a menudo sean también una consecuencia de aquella. La inseguridad, la delincuencia y criminalidad, la dureza creciente de las relaciones sociales y vecinales, la violencia en las escuelas, la violencia en los hospitales, la violencia en todos los rincones de nuestra geografía, la hiperviolencia, la des-civilización, el asalvajamiento de la especie, el derrumbe del sistema escolar, el derrumbe de las cuentas públicas, la crisis de la vivienda, la sobrepoblación penitenciaria, la pobreza creciente, las tasas de desempleo altísimas...: todo esto tiene una relación innegable con esa crisis mayúscula de la invasión colonizadora. Sería absurdo querer tratar todos estos graves problemas haciendo abstracción de las causas que los generan o los agravan de manera dramática: el cambio de pueblo y de civilización, resultante de la inmigración masiva.

 

Nuestro peor enemigo es la mentira, el silencio impuesto sobre los hechos que acontecen, el acuerdo entre los dos poderes, el político y el mediático, para ocultar la "Gran Sustitución" y los desastres que conllevan. Debemos rechazar la pretensión de esos poderes de ver la realidad como ellos nos la cuentan. Debemos confiar en nuestra propia mirada y decir aquello que nos prohiben nombrar. No somos las fuerzas del mal, como ellos catalogan a los que discrepan de la versión oficial de la realidad. No somos nosotros los que ponemos el país patas arriba y lo estamos llevando al abismo. La moral está de nuestro lado en esta lucha porque el mundo que nos están imponiendo es el de la violencia diaria, la alienación y la desgracia. Para imponernos ese mundo, nuestros enemigos no dejan de mentir, por acción u omisión, sobre las causas y sobre las consecuencias de lo que ocurre.

 

A este mundo siniestro al que nos han condenado, hay que decir NO de manera urgente. NO al cambio de pueblo, NO al cambio de civilización, NO a la "Gran Sustitución", NO a la inmigración masiva, NO a la desculturación, NO a la islamización, NO al genocido de los pueblos europeos, NO al fin de Europa y su cultura. Tenemos que rechazar todo eso con todas nuestras fuerzas y revertir la marcha de los acontecimientos en curso.

 

Todos los europeos amantes de sus patrias y su milenaria civilización deben unirse a esta lucha, y actuar contra la sustitución demográfica y el cambio cultural que implica fatalmente.

 

Es un concepto muy bajo del hombre y que envilece a los pueblos, creer o pretender que con otros hombres y mujeres, con otros pueblos que tienen sus propias tradiciones, sus propias costumbres, su propio tipo de concepto de ciudadanía y su propio estilo de convivencia, muchas veces sus propias ambiciones geopolíticas o religiosas, se puede seguir habitando la misma historia, vivir en el seno de la misma civilización, tener una Europa y unos europeos que lo sean de verdad. Los únicos que propagan esta leyenda son los que, por sus intereses financieros, sus cálculos electorales o su voluntad de conquista, necesitan individuos sustituibles, deslocalizables, intercambiables, sin raíces, desculturalizados, deshumanizados.

 

Hay que poner fin a la inmigración masiva, a las regularizaciones de los ilegales, hay que reducir de manera draconiana las naturalizaciones. Los países pueden integrar individuos, pero no pueden integrar a pueblos enteros. En el estado de crisis cultural producido por el desplome de su sistema de transmisión, de crisis moral en la cual la mantiene una ideología mortífera de odio de sí mismo y de arrepentimiento perpetuo, de crisis económica producida por su inadaptación al contexto industrial y comercial mundial, Europa ya no tiene ninguna capacidad de integración, como lo prueba la realidad que perciben los sentidos y transmite la crónica diaria de un divorcio cada día más violento entre las poblaciones nativas europeas y sus montaraces huéspedes, en estado de perpetua hostilidad y soterrada o abierta rebelión contra los dueños de casa.

 

La "Gran Sustitución" es la agresión más grave que ha conocido Europa desde el principio de su historia. Si el cambio de pueblo y de civilización, ya muy avanzado, es llevado a su término, la historia seguirá pero ya no será ni la historia de Europa ni la de los europeos. Las otras crisis que padecemos: la crisis del trabajo, de la seguridad, de la vivienda, de la pobreza, etc, no son más que consecuencias de esa crisis mayor, la crisis identitaria, la crisis nacional, la crisis europea. Los pueblos europeos tenían hasta ayer una patria, y ahora la están perdiendo. Vivían en una tierra que era la suya, dueños de sus casas y su futuro. Ahora están convirtiéndose en colonizados víctimas de una conquista en marcha.

 

La casta política y mediática nos dice todos los días lo que debemos ver y creer, todo aquello que nuestros propios ojos, nuestras reflexiones, nuestras esperanzas y nuestra cólera desmienten sin vacilar.

 

Tenemos que organizar la resistencia. Tenemos que volvernos lo suficientemente fuertes como para cambiar las leyes, condenar los tratados y salir de las convenciones que nos atan de pies y manos a la sustitución demográfica y al cambio de civilización. Hay que proceder a la revisión del derecho de asilo, al cierre de fronteras, a la defensa del territorio, hay que volver al concepto de Europa como una potencia y no como un derecho del hombre, (el supuesto derecho de todos los hombres de la tierra a invadirla y saquearla). Hay que volver a ser libres y soberanos. Eso o la esclavitud y la muerte.

 


 

 
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