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Gorka Maneiro
Jueves, 1 de diciembre de 2016 | Leída 83 veces

Las tres pestes

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Lo expliqué sucintamente en el acto organizado por Carolina Punset el pasado viernes en Madrid, “Populismo y Nacionalismo”, en el que participaron además Arcadi Espada, Maite Pagazaurtundua, Albert Boadella, Juan Carlos Rodríguez Ibarra y Cayetana Álvarez de Toledo: los tres problemas fundamentales que tiene a día de hoy España son el sectarismo político, el nacionalismo y el populismo.

 

El sectarismo político consiste en anteponer los intereses partidarios a los intereses de los ciudadanos y, por tanto, impide a los principales partidos sentarse a dialogar, negociar, acordar e impulsar las grandes reformas que, a día de hoy, siguen siendo indispensables de llevar a cabo. Porque, efectivamente, sobra un ingrediente y falta otro para que eso sea posible: sobra sectarismo político y falta voluntad política. Obviamente, los partidos políticos pueden tener opiniones diferentes sobre las cuestiones que nos afectan y, por lo tanto, soluciones diversas y a veces contrapuestas; sin embargo, en muchos casos prima la cerrazón, la pereza intelectual y el desprecio al adversario político frente al argumentario razonado, el análisis sosegado y honesto de la realidad en la que vivimos y la capacidad para convencer y dejarse convencer… y esto es lo que impide la puesta en marcha de determinadas medidas a través de una actitud más humilde e integradora que haga posible la confluencia de ideas.

 

Siendo el nacionalismo la segunda de las pestes, apunté que el gran problema no es tanto el nacionalismo de los nacionalistas como el nacionalismo de quienes, sin supuestamente serlo, se comportan como si lo fueran… y, desde luego, que quienes ciertamente no lo son hayan renunciado expresamente a plantar cara a quienes quieren abundar en la idea de que España es una suma de parcelas con intereses contrapuestos en lugar de un país de ciudadanos libres e iguales en derechos y obligaciones. Y que, bien por intereses electorales, ignorancia supina o vagancia intelectual, defiendan ya un proyecto asimilado al del nacionalismo. O utilicen argumentos semejantes a quienes no tienen otro objetivo que seguir obteniendo ventajas políticas y privilegios económicos a costa del conjunto de los ciudadanos españoles. En los últimos días y en relación al problema que todos tenemos en Cataluña, todos plantean una reforma constitucional para darles todo, casi todo, mucho o bastante a los independentistas que están incumpliendo la ley: desgraciadamente, no hay partidos con representación en el Congreso de los Diputados que digan que no hay que reformar la Constitución Española para darles nada a quienes quieren todo… sino para defender mejor lo de todos.

 

Frente a los localismos, regionalismos o nacionalismos, proclamé que es mejor unir que separar, derribar fronteras que levantarlas y vivir juntos que separados. Y diciéndolo me sé más progresista… porque no hay nada más progresista que defender el interés general y el bien común… frente a los que pretenden parcelar el Estado y enfrentar a conciudadanos. Así que no es buena idea confraternizar con los nacionalistas para lograr un puñado de votos… porque además a veces ocurre que cuando se abandonan determinados principios para supuestamente lograrlos… se terminan perdiendo los principios… y los votos.

 

El nacionalismo es un problema en España pero lo es igualmente en el conjunto de Europa: aquí padecemos a los nacionalismos que quieren romper España y en Europa a los nacionalismos de Estado que impiden la construcción europea.

 

El populismo no es patrimonio de un solo partido político en España, aunque sea Podemos el partido que mejor lo representa e incluso el único que reivindica serlo. El resto de partidos políticos, a lo largo de su historia, han hecho uso del populismo en sus diferentes versiones o facetas: consiste en plantear soluciones sencillas a problemas complejos… pero también en tratar a los ciudadanos como menores de edad, prometer hacer lo que no puede hacerse, incumplir la palabra dada, decir una cosa y la contraria, defender principios diferentes en función de la parte de España desde la que hablen y dar rienda suelta a la demagogia por un puñado de votos.

 

Para hacer frente esas pestes, sólo queda ejercer honestamente la “buena política” frente a la “mala política”, sea ésta nueva o vieja. Y hacerlo de manera proactiva y constructiva. Y cuantos más seamos los que lo hagamos, mucho mejor.

 


 

 
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