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Pablo Mosquera
Sábado, 3 de diciembre de 2016 | Leída 43 veces

Las pensiones no son mercancías, son derechos consolidados

[Img #10248]España es un Estado de Derecho. Así lo rezan sus leyes. Por tanto, el Estado es depositario para la salvaguarda de aquellos derechos que los ciudadanos españoles hemos consolidado. Siempre pongo el mismo ejemplo. Hace muchos años, mi madrina gallega, como tantas otras, me abrió una cartilla de ahorros en la Caja Postal. Aquel viejo documento, ponía muy claro. "con la garantía del Estado". Me explicaban que, amén de educar en el ahorro, tenía la seguridad del contrato con -nada más y menos- el Estado.


Las pensiones son la consecuencia de un pacto entre los trabajadores y el Estado. Estamos ante el ahorro de las clases populares de la nación. Y, corresponde al Estado, garantizar el rescate de los fondos que se han ido constituyendo, obligatoriamente, durante la vida activa del trabajador. Si la caja de las pensiones está vacía, constituye una estafa del Estado, similar pero más grave aún, que las famosas preferentes.


Empecé a trabajar con 18 años. Siempre por cuenta ajena. Cotizando tosdos los meses, hasta que me jubilaron con 66 años de edad. Creo que no tengo que agradecer nada a nadie. En todo caso, a mi propio esfuerzo laboral. Pero ha llegado el momento de recoger lo que me pertenece. Ni se compra, ni se vende. Es mi derecho amparado por la Ley. Si el Estado no cumple, lo pagará muy caro...    
 

Mal negocio hicimos las clases trabajadoras permitiendo la reforma laboral. Todavía recuerdo la cínica sonrisa del representante de la patronal. Tampoco se me olvida cómo los caducos sindicatos obreros trataron de explicar la teoría del mal menor. Pues de aquellos polvos, tenemos cada vez más lodos... que amenazan con anegar el estado del bienestar.
Y es que primero fueron los recortes para la sanidad y la educación. Mientras se rescataba a las entidades financieras, dónde sus directivos y miembros de consejos varios, gozaban toda suerte de privilegios. Una vez más, hasta los representantes de los trabajadores, se acostumbraron a usar tarjetas opacas y venderse por un plato de lentejas... de oro.

 

Un día, tras una llamada del máximo responsable de la Caja Vital, descubrí lo que se ventilaba en aquellos consejos que usaban el dinero común a su antojo. Otro día, el padre de Urdangarín, con toda la razón, expulsó a un miembro del consejo, casualmente miembro de Unidad Alavesa, por trasladar información privilegiada a determinados financieros y constructores de la ciudad de las Cuatro Torres. Aprendí, que mucho más importante que ser parlamentario vasco era ser de la cúpula en una entidad de crédito social.
 

Pero volviendo a las consecuencias de la reforma laboral, hay tres escenarios insoportables. Tratar de competir con países dónde los trabajadores no tienen derechos, dónde la mano de obra raya la esclavitud, dónde la globalización ha promovido la deslocalización de las empresas. Curiosamente, hasta los Estados Unidos de América, en la nueva etapa del zafio magnate republicano D.T.,  está planteándose romper los dicterios y criterios de tal globalización.
 

La patronal ha logrado legislación para dar jaque mate a la mano de obra amparada por aquellos tres viejos proverbios: trabajo estable, salario digno, reparto solidarios del empleo. Ahora cada vez que se destruye un puesto de trabajo, el que logra restituirse, es en condiciones de máxima precariedad. Y así aparece un nuevo formato de pobreza: la pobreza del que no tiene; la pobreza vergonzante del que ha tenido; la pobreza del que tiene tan poco que apenas le llega y no le queda otra que aceptar las migajas del sistema en que siempre ganan los mismos y siempre pierden los mismos.
 

De tal modelo laboral se deduce la incapacidad para generar ingresos. No sólo es difícil incorporar a estos modernos parias al mercado del consumo, es que no tienen fuerzas reales para contribuir a la caja común que conforman las cotizaciones a la seguridad social, de la que se han de nutrir -por sistema de solidaridad entre generaciones-  los fondos sociales para pagar las pensiones de los que han pasado de trabajadores activos a clases pasivas, de contribuyentes a beneficiados por un sistema que les prometió garantías de pensiones en consonancia con lo que durante una larga vida laboral habían ido pagando mensualmente.
 

Y ahora estamos en la disyuntiva. No hay dinero en las arcas de las seguridad social para pagar las pensiones. Por si fuera poco, la esperanza de vida media en las clases pasivas, ha aumentado, y como la población ha envejecido, se produce la tormenta perfecta. Son muchos más los años del pensionista con cargo al fondo de la seguridad social. Son cada vez más los que entran a cobrar de tal fondo. Son cada vez menores los ingresos que se derivan de las clases trabajadoras al fondo de la seguridad social.
 

Y ahora vienen las preguntas. ¿Qué han hecho los mandarines para poner soluciones al desequilibrio que ellos mismos han provocado? ¿Qué han hecho los representantes de los trabajadores -viejos y burócratas sindicalistas- para defender el derecho consolidado?. ¿Cómo lo van a resolver?. ¿De dónde van a sacar el dinero para cumplir los compromisos con los que ya se han pagado su pensión y no les quedan, tiempo ni fuerzas para volver al trabajo?.
 

Observará el lector mi silencio sobre el futuro de los próximos pensionistas, ni los menciono. Y es que el capitalismo se ha impuesto. El que quiera cobrar una pensión digna, tendrá que pagarse un fondo de pensiones. Por fin el mercado se habrá salido con la suya. Educación privada. Sanidad privada. Pensiones privadas.
 

Pero ...¿y los que tenemos derecho al poder adquisitivo de nuestras pensiones?. En el mejor de los casos, congelación con trucos del 0.25% de subida. En el peor de los casos, recorte de las pensiones, en nombre de la solidaridad entre pensionistas.
 

¿Hay otra salida?. Desde luego. Luchar por nuestros derechos. Volver a ponerse la camisa partisana. Tomar el poder. Denunciar e impedir la estafa. Cambiar el mundo como se hizo en otras ocasiones. Dar su merecido a los defraudadores.

 


      
 

 
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