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Yolanda Couceiro Morín
Lunes, 5 de diciembre de 2016 | Leída 378 veces

Las élites amenazan: La UE necesita millones de inmigrantes más (y llenar el continente de "junglas")

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Hace poco FAES ha publicado un informe en el que defiende que "la UE necesita millones de inmigrantes para sostener su Estado del Bienestar". Entre otros puntos pone el acento en que "la Comisión Europea ha reprochado al gobierno español su falta de compromiso para con los refugiados". Se congratula en cambio de que "España se ha mostrado como un país abierto a la inmigración y se encuentra de momento al margen de la ola de xenofobia, racismo y rechazo", contrariamente a lo que se ha podido ver en otros países europeos. E insiste: "El futuro de Europa pasa por la inmigración", con el fin de poder mantener sus sistemas de bienestar, evitar el estancamiento e incluso el colapso. Eso es lo que el documento califica como "afrontar seriamente y sin demagogias el futuro de Europa". Añade que "las políticas migratorias del pasado son mecanismos obsoletos frente a la creciente presión migratoria y que una de las tareas fundamentales del Estado moderno es integrar a los refugiados". Parece el Club de la Comedia, pero esta gente habla en serio.

 

"La UE necesita millones de inmigrantes para sostener su Estado del Bienestar". Traducción simultánea: las grandes empresas necesitan una mano de obra abundante semiesclava. Porque no vamos a pensar por un instante que esta gente da puntada sin hilo, ni vamos a caer en la inocencia de imaginar que estos cuervos con garras de oro se mueven por sentimientos de solidaridad y amor por la humanidad sufriente, etc, etc, etc...

 

Por su parte el diario francés "Le Monde", portavoz de la clase dirigente de allende los Pirineos, nos advierte, con mal disimulada satisfacción: la inmigración no ha hecho sino empezar y hay que prepararse para una cantidad creciente de nuevos inmigrantes en los tiempos venideros. Unos pasajes de un reciente editorial de ese medio: "Los europeos y sus representantes deben tomar consciencia de que es hora de reflexionar sobre la gestión del enorme flujo migratorio en curso y por venir (...).  La "jungla" de Calais ilustra lo que les espera a los europeos (...). La inmigración no va a parar, apenas empieza (...). De aquí al 2050 la población de África se multiplicará por dos. (...). Esos datos deben conducirnos a esta conclusión: Europa se construirá sobre este desafío: la gestión y la integración del gran flujo migratorio que marcará este siglo (...). Todo esto supone la reforma del Estado providencia para que éste se adapte a esta hermosa y difícil misión que es la integración".

 

Aquí ya hemos pasado el nivel del humor negro para entrar en el de la burla sangrienta. Es más, estamos ya en el terreno del odio declarado, de la amenaza sin disimulos, del insulto lanzado a la cara de las víctimas. Esas víctimas son los pueblos europeos, que se han convertido en conejillos de Indias de los proyectos de la casta gobernante europea a sueldo de esa hiperclase mundialista que elabora los programas y tira de los hilos de sus marionetas locales.

 

Tanto el editorial de "Le Monde" como el informe de FAES (dos ejemplos entre tantos otros) merecen ser puestos de relieve. Estos documentos significan que la clase dirigente inmigracionista está traspasando una nueva frontera. Durante años nos ha servido la tesis de que el número de inmigrantes era muy limitado (lo que veíamos en las calles eran simples alucinaciones). Después, ante la imposibilidad de negar o minimizar la envergadura de los flujos migratorios, la clase dirigente cambió de discurso, apostando entonces por el "control" de la inmigración clandestina, aceptar contingentes "razonables" de inmigrantes y trabajar para lograr una buena "integración". Ya hemos visto los resultados.

 

Ahora la oligarquía acaba de pasar a una tercera etapa. Ya no se toma la molestia de hacer distinciones entre los inmigrantes legales y los "refugiados" y demás demandantes de asilo económicos: todos deben ser acogidos. La clase dirigente inmigracionista no se contenta con palabras: los hechos acompañan su discurso. Lo estamos viendo estos días en que los famosos refugiados de la "jungla" de Calais, y ahora los de la "jungla" de París, están siendo distribuidos por toda Francia (sin que la población francesa afectada por este reparto haya sido nunca consultada ni tenida en cuenta). Todos ellos esperan que Francia les regale una nueva vida con todas las comodidades a cambio de dejar de ocupar las calles de un país que no los ha llamado y que por lo tanto no tiene ninguna responsabilidad con ellos ni les debe nada.

 

Mientras tanto, los "refugiados" siguen llegando en masa. Los barcos de varias naciones europeas, de las agencias de la ONU y de diversas organizaciones subvencionadas recogen inmigrantes por decenas de miles semana tras semana, y ahora van a buscarlos cerca de las costas de Libia (por ejemplo ese buque de la Guardia Civil bajo el mandato de Frontex que realiza misiones de rescate frente a las costas africanas).

 

El editorial de "Le Monde" pone en evidencia tres facetas de lo que constituye la mentalidad de la oligarquía que representa. Primero está el placer de la provocación. Europa está sufriendo atentados islamistas cada vez más frecuentes y más sangrientos. La presencia masiva de inmigrantes es sentida de manera cada día peor por una parte creciente de las poblaciones europeas (como lo demuestran todas las encuestas que se llevan a cabo sobre ese tema). Las exigencias, y hasta las amenazas, de las distintas comunidades de inmigrantes se vuelven más y más apremiantes y agresivas. En este contexto la clase dirigente nos anuncia que la inmigración va a seguir y crecer aún mucho más. Es el mismo tipo de provocación que el mostrarnos, de manera complaciente y repetitiva, las imágenes de jóvenes afganos, somalíes, sudaneses, eritreos y demás en Calais y en otros sitios, gente en perfecto estado de salud y solteros, mientras que por otra parte nos cuentan historietas lacrimógenas acerca de las "familias de refugiados que huyen de la guerra en Siria y en Irak".

 

También es provocación que la casta gobernante nos presente la supuesta obligación de acoger a estos inmigrantes como la consecuencia inevitable de la demografía africana. Lo que no nos dice esta gente es cómo el hecho de acoger inmigrantes, incluso por millones, pudiera bastar para estabilizar la situación en África, cuando ese continente ya tiene unos 1000 millones de habitantes y que su natalidad exponencial doblará esa cifra antes del 2050, y que gran parte de esa población sólo sueña con llegar cuanto antes a Europa.

 

Esta provocación es el reflejo de la malsana alegría de los inmigracionistas, la manifestación de su exaltación por insultar al europeo nativo que detestan, el júbilo por perjudicarnos un poco más cada día que pasa.

 

La clase dirigente tiene en mente un objetivo: poner en práctica la "teoría del choque". Paralizados frente a la invasión migratoria, agobiados por los atentados, atontados por la propaganda, acobardados por la represión, desmoralizados, resignados, los europeos se encuentran cerca de la sumisión. La clase dirigente pretende aprovecharse de ese estado mental para ganar terreno y hacer las cosas irreversibles: acelerar más y más el ritmo de la invasión para volver "La Gran Sustitución" irremediable. Quieren destruir los estados nacionales, diluir sin posibilidad de retorno las comunidades históricas y las solidaridades étnicas. De esa manera, las multinacionales y los distintos poderes transnacionales no tendrán antes ellos más que individuos atomizados, aislados, unos consumidores dóciles, unos contribuyentes obedientes, unos electores sometidos.

 

Tanto el informe de FAES como el editorial de "Le Monde" ilustran la certeza que anima la oligarquía de no tener ante sí obstáculos de importancia que le impidan llevar a cabo sus fines, por eso ya no esconde su juego, por el contrario lo exhiben con una arrogante alegría, una gozosa satisfacción, una agresiva jactancia, que les hace perder toda prudencia y moderación.

 

Estos documentos aquí comentados demuestran claramente que la clase dirigente se complace ya en el registro del exceso, de la embriaguez, de la desmesura, lo que los antiguos griegos llamaban la hibris. Y si éstos estaban en lo cierto, esta soberbia monstruosa, esa voluntad de transgredir los límites de lo humano y lo divino, recibirá tarde o temprano su merecido castigo. Pero para eso, los pueblos deberán despertar pronto y actuar enérgicamente. El tiempo apremia.

 


 

 
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