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Josele Sánchez
Miércoles, 14 de diciembre de 2016 | Leída 162 veces

El FMI mata más que todas las bombas

[Img #10323]Los ministros De Guindos y Montoro deben andar de resaca tras celebrar, por todo lo alto y como bien merece la ocasión, el sobresaliente que otorga el Fondo Monetario Internacional a las políticas económicas ultraliberales del gobierno de Mariano Rajoy. No en vano el FMI ha calificado de impresionante la recuperación económica de España, en palabras de Andrea Schaechter, responsable de la misión del FMI para nuestro país. Eso sí, la encargada del organismo internacional que preside Christine Lagarde, deja un recadito a nuestros gobernantes apremiándoles para que sigan sus políticas y les advierte de que es necesario proseguir con las reformas antisociales y recomienda una reducción gradual de las exenciones del IVA, lo que quiere decir, en román paladino, darnos una vuelta de tuerca más y subirnos, aún más, este impuesto.


Vamos, que deberíamos sentirnos orgullosos todos los españoles del éxito de la política económica de nuestro gobierno e incluso presumir de ella cuando viajamos al extranjero: “I am spanish. My country is an example of economic recovery so treat me with the respect that deserves a country that is an example for all humanity...”
 

Sin embargo, cuando anochece en las ciudades de este nuestro país, ejemplo (según el FMI) para todo el planeta, los contenedores de basura se llenan de hombres y mujeres a la caza y captura de algo que llevar a sus casas para que coman sus familias, los albergues sociales desbordan su capacidad para albergar a tanta gente sin techo, los cajeros automáticos se convierten en improvisadas viviendas, en muchos casos, de gente que hace cuatro o cinco años pertenecía a eso que llaman clase media.
 

Pese al sobresaliente con que califica el FMI a las políticas económicas del gobierno del Partido Popular, cientos de miles de españoles han sido desposeídos de sus viviendas y arrojados sin contemplaciones a la calle; cientos de miles de españoles desayunan, comen y cenan en los comedores sociales que, la mayoría de las veces, atiende la Iglesia Católica asumiendo una labor social que debería prestar el Estado. Por esas políticas económicas que tanto agradan al FMI, casi el 50% de los jóvenes carecen de empleo y nuestros universitarios más brillantes se ven obligados a emigrar al extranjero para (en muchos casos) limpiar la mierda de los alemanes o de los ingleses. Como consecuencia de esas políticas económicas, el paro oficial (porque las cifras de desempleo real son incuantificables) asciende a más de cuatro millones de compatriotas y, a mayor satisfacción del FMI, ha aparecido una nueva categoría social impensable hasta hace muy poco tiempo: los pobres con trabajo.
 

Los pobres con trabajo, que ahora ya pueden contarse por millones, son españoles que trabajan por salarios de miseria, tan de miseria que ni siquiera les permite cubrir sus necesidades básicas de pago de vivienda y comida tres veces al día.
¿Por qué esta diferencia entre el sobresaliente con que el FMI califica la economía española y el tremendo drama social que en realidad existe en España?

 

La respuesta parece obvia. El FMI no se equivoca en su valoración porque al FMI le importa un bledo la gente. El FMI, organismo que sistemáticamente vulnera la soberanía nacional española con el beneplácito cómplice del PP y del PSOE, no defiende el interés económico de los países sino la cuenta de resultados de los grandes grupos financieros y de las multinacionales. Si tienen ustedes interés en saber cómo somete el FMI a los países, cómo crea las condiciones necesarias para acabar consiguiendo que se desvíen al pago de la Deuda Externa los fondos destinados a la sanidad, a la enseñanza, a la seguridad social, a las pensiones o a la vivienda, les recomiendo de manera apasionada el libro “La doctrina del shock” de Naomi Klein.
 

Los informes económicos del FMI son elaborados por un numeroso staff de técnicos de todas las nacionalidades, enchufados a dedo en el organismo y excelentemente retribuidos, que visitan los diferentes países y que no se enteran de nada de lo que en ellos ocurre, más allá de las comodidades de los hoteles de cinco estrellas en los que se alojan. Así las cosas, han editado estudios con conclusiones tan chistosas (si no fuera por el drama que esconden) como que en Hispanoamérica y El Caribe, tan sólo el 19% de la población son pobres, es decir, que hay menos pobres que en Estados Unidos... ¡con dos cojones!.
Bajo los dictados de los grandes grupos financieros y de las más potentes compañías transnacionales, el FMI diseña sus políticas intervencionistas para cada país, tratándolos como si fueran enfermos terminales y como si ellos fueran los únicos médicos, con derecho a intervenir y a amputar allá donde consideran oportuno, estableciendo sus terapias correctivas e imponiendo, incluso, camisas de fuerza a quienes pretenden desobedecer sus tratamientos.

 

Es decir que, el FMI no es una institución para ayudar a los países en crisis, sino más bien un dictador que impone programas inhumanos de austeridad y que defiende un modelo económico estructuralmente generador de pobreza y desigualdad. Valga recordar que el FMI ha sido dirigido por figuras tan ejemplarizantes como Dominique Strauss, acusado de violación y de abusos sexuales; Rodrigo Rato, acusado de malversación, apropiación indebida, impago a Hacienda y blanqueo de capitales, o su actual directora Christine Lagare, imputada y pendiente de juicio por corrupción y negligencia en el uso de fondos públicos.


El pensamiento único imperante en la sociedad actual no se detiene a analizar estos temas. Parece como si lo que dijera el FMI, o el Banco Mundial, o la Troika, fuera palabra de Dios, como si no existiera vida posible más allá de sus recetas y sus previsiones. A ello contribuyen los grandes medios de comunicación, todos ellos parte de conglomerados empresariales pertenecientes a grandes grupos multinacionales, que limitan de manera inquisitorial la información veraz y la opinión independiente de compañeros periodistas que voluntariamente aceptan estas condiciones: una buena vida al abrigo del pesebre.
Hay que decirlo porque es cierto. Las políticas del FMI, en lo que va de siglo, han matado más gente que todas las bombas y todas las guerras acaecidas durante los últimos dieciséis años a lo largo y ancho del planeta.

 


 

 
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