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Ernesto Ladrón de Guevara
Lunes, 19 de diciembre de 2016 | Leída 148 veces

Forcadell o el signo de la mediocridad imperante

[Img #10362]La presidente del Parlamento catalán, Carme Forcadell,  ha comparecido ante la instancia judicial competente para juzgar su rebelión contra el Estado de Derecho y las leyes.


Como no soy jurista, no sé si lo suyo es sedición, traición, o simple imitación a los golpistas clásicos de los que tan plagada está nuestra historia. Sea lo que fuere -los jueces dictaminarán- la estampa de esta señora saliendo del juzgado con las huestes secesionistas haciendo coro resulta una imagen cuando menos patética, cuando no cutre.  Me recuerda al juicio contra Juan Mari Atutxa, con Arzallus blandiendo el paraguas  a modo de director de orquesta a la salida de otro juzgado cuando se sentó como acusado el que fuera presidente del Parlamento vasco. Todo ello mientras se cantaba el “Eusko Gudariak”, que como todos ustedes saben es el himno del soldado vasco; o sea, aquel que se rindió en Santoña mientras sus jefes intentaban negociar la claudicación ante Franco y luego -ante la negativa de éste- con Mussolini. Dos cuadros homologables que son representativos del paisaje trágico-cómico de esta España autonómica.  Y da la medida exacta de la talla intelectual y personal de estos aprendices de brujos.


Veamos una  frase “lapidaria” de la señora Forcadell al salir del Juzgado:
 

"Hoy es evidente que el proceso constituyente catalán ha comenzado, que haremos el referéndum y que la Constitución es papel mojado y está muerta y enterrada".
 

Es decir, la señora esa ha decidido por su cuenta y riesgo enterrar la Constitución y darla por muerta. Lo que pensemos los demás ciudadanos le importa un republicano rábano. Evidentemente, queda claro que lo suyo es la práctica del constituicidio. Es decir, se sentiría feliz si pudiera personificar la Carta Magna para ponerla contra el paredón y ordenar su fusilamiento.


Sin embargo, parece que la señora en cuestión y la banda de jaleadores que le acompañaban desconocen que los que votaron esa Constitución en Cataluña fueron abrumadoramente mayoritarios en la sociedad catalana. Veamos la distribución del voto por provincias de esa Comunidad: Huesca: 90,9%,  Lérida: 91,9%, Gerona: 90,4%, Tarragona: 91,7%  y Barcelona, 91%. A excepción de Andalucía, fue la comunidad con mayor índice de apoyo a la carta magna, por encima del respaldo que recibió el Estatuto de Autonomía de Cataluña un año más tarde. La participación fue similar a la del resto de España, con una abstención aproximada al 30%.


La señora Forcadell no es muy forofa de la Constitución, es evidente. Pero podrían ella y los compañeros del viaje a ninguna parte promover su reforma, aunque no están por la labor. También es evidente. Por el contrario abogan por abrir un proceso constituyente en Cataluña, desconociendo, a propósito, que eso no es posible pues vulnera el marco jurídico que nos hemos dado todos democráticamente. Entonces ¿cuál es su propuesta? Simplemente saltarse el marco, romperlo. Eso tiene un nombre: golpe de Estado.
 

En otros tiempos, a los golpistas se les fusilaba. Hoy no. Hoy se les lleva a los tribunales, cosa que la señora Forcadell y sus secuaces interpretan como un atentado contra la democracia, porque ellos han dado una nueva acepción al término que es que la democracia es válida si les conviene, y si no, el mundo mundial es facha, que es como el comunismo resolvía antaño las disidencias, calificándolas de fascismo. Así se etiquetaba a los que no estaban en su órbita ideológica y se dejaba abierta la veda para la exclusión, las checas y la exterminación del contrario. Aún no se ha llegado a este extremo, y por fortuna pienso que mientras exista la Unión Europea será inviable una situación así. Pero están dando un espectáculo ridículo que será estudiado en el futuro como historia de los disparates políticos, para vergüenza y escarnio de nuestra generación de representantes de la cosa pública.

 

Nunca se ha llegado tan bajo y es imposible descender más.
 

La señora Forcadell entiende que un parlamento es como una asamblea de barrio donde no se discute sobre cuántas farolas hacen falta, o si hay adoquines sueltos en las aceras que  provocan que la gente se rompa la crisma, sino que se decide que ese barrio ha de ser distinto a los demás en derechos y obligaciones, no debe acatar las ordenanzas municipales, y cuando la policía municipal ponga las multas los vecinos tienen el derecho a hacer un corte de mangas.  A eso la señora Forcadell y sus entusiastas seguidores le llaman “democracia”.
 

En la editorial del número 200 de la revista "Razón Española", titulado "Razón española y regeneración española" se hace un brillante análisis del problema del nacionalismo catalán, y, por ende, del resto de los secesionismos; que hago propio y reproduzco a pesar de su extensión, por no tener desperdicio:
 

“El inquietante acercamiento de la España actual hacia el clima social y político de la II República no sólo se refleja en las izquierdizantes creencias económicas y políticas de nuestros conciudadanos, sino también en un problema de mayor envergadura: el secesionismo. Como analizó con notable inteligencia Jesús Neira hace años, la II Restauración ha procedido a una gigantesca transferencia de soberanía desde la Administración Central a las Comunidades Autónomas.
 

Esta transferencia se ha producido, en su mayor parte, como  resultado de las negociaciones para nombrar presidente del Gobierno: en los casos en los que el partido mayoritario no tenía mayoría absoluta, la forma de conseguirla ha sido transferir soberanía (competencias sobre educación, justicia, impuestos, etc.), a cambio del voto favorable a la investidura del candidato. El problema es que esta dinámica, que ha sido un elemento clave para la estabilidad de la II Restauración en tanto que la Administración Central ha contado con soberanía que transferir, ha llegado a su límite: una vez que casi todo aquello que tenía valor ha sido transferido, la soberanía que ahora demandan los secesionistas catalanes, y probablemente en breve todos los demás, es la guinda de la tarta autonómica: la soberanía sin adjetivos, es decir, la capacidad legal para llevar adelante la secesión por decisión propia. Confirmamos de nuevo que la hipótesis de GFM [Gonzalo Fernández  de  la Mora] sobre el rumbo de la II Restauración era correcta: aquellos que el régimen se ha obstinado en denominar nacionalistas durante décadas son en realidad secesionistas, y la política de continuas transferencias no sólo no ha conseguido integrarlos en la II Restauración, sino todo lo contrario: ha reforzado su determinación secesionista, que se refleja en el incumplimiento diario de la legalidad, el desarrollo de las leyes de transición a la secesión, y el señalamiento de la fecha de la misma. Frente a esta peligrosa e inminente amenaza, la II Restauración no ha tomado ninguna medida, salvo continuar las políticas de transferencias y trasladar el problema al Tribunal Constitucional, postura que encaja con precisión en la definición de GFM sobre la derecha actual: timorata y claudicante.
 

La pregunta clave es la siguiente: ¿conseguirán los secesionistas su objetivo, es decir, la secesión de Cataluña en una primera fase, y progresivamente de otras regiones, en particular Baleares y País Vasco?
 

La historia de la II Restauración nos conduce a concluir que la secesión tendrá lugar, y probablemente antes que después. La conjunción de una Ley Electoral a medio camino entre mayoritaria y proporcional, y unos partidos políticos que únicamente atienden a su propio interés, con total olvido de la Nación, define un entorno en el cual los votos secesionistas  serán con frecuencia decisorios para  la designación de presidente del Gobierno, como ha sido el caso en el pasado. La actual crisis del PSOE  es precisamente consecuencia del enfrentamiento entre los que se avienen a pactar con el secesionismo como único camino para conseguir la presidencia, y los que consideran que la investidura del candidato del PP es un mal menor. Y aunque en el último momento la facción razonable del PSOE consiguió imponerse, la victoria no puede considerarse definitiva, y la posibilidad de que el PSOE decida un día no lejano comprar el voto de investidura cediendo la guinda de la tarta autonómica se mantendrá abierta de forma permanente.


Aunque es el camino más probable, la secesión de Cataluña podría conseguirse por otros medios: disminución del apoyo electoral del PSOE y aumento del de Podemos, cambio de rumbo en el PP (recordemos que el gobierno conservador inglés autorizó el referéndum de secesión escocés), y secesión unilateral. Esta última alternativa no puede descartarse, como muestra el referéndum llevado a cabo por el ejecutivo regional catalán en septiembre de 2015, pese a las reiteradas proclamas del gobierno de que nunca se llevaría a cabo.”
 

Feliz Navidad para todos los lectores de este digno medio.

 


 

 

 
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