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Yolanda Larrea Sánchez
Martes, 3 de enero de 2017 | Leída 491 veces

Las mujeres somos más que un desnudo

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Sí, somos más que un desnudo. Por mucho que nuestro día a día parezca negárnoslo. Las mismas ocasiones se habla de la cuestión de género en la prensa como veces es violentado nuestro derecho de igualdad. Y digo derecho y no principio, porque para que ésta sea material y efectiva, ha ser ser defendida como derecho por nuestros organismos públicos por un lado y aprehendida así por los pilares que vertebran nuestra sociedad civil.

 

La escena a la que asistimos durante la nochevieja de Antena 3 fue una vergüenza. A la que escribe, como a tantas otras, la avergonzó como ciudadana, pero sobre todo como mujer. Si imágenes como la del otro día no han conseguido ya hacer olvidar que a la sociedad de la imagen, del simulacro y el golpe de foco, pueda quedarle un espacio para la reflexión y el autocuestionamiento, muchos deberían replantearse esa defensa feroz a la independencia textil de Cristina Pedroche. Porque si la escena que vimos en la nochevieja de Antena 3 fue degradante, no fue por el (no) vestido. No somos tan estúpidas como para no entender que una persona puede vestir de la manera que considere, aun siendo éste más propio de un baile de sincronizada que de un acto como el que aquí acontecía.

 

Si ha sido vergonzoso es porque, una vez más, se sexualiza a la mujer y se comunica única y exclusivamente a través de la exposición de su cuerpo.

 

El Observatorio de la Mujer contempla ciertos criterios para poder determinar si existe sexismo en publicidad o en los contenidos de los medios de comunicación. Entre ellos destaca la utilización del cuerpo femenino como reclamo u objeto. Además de esto, también es sexismo fomentar un único modelo de belleza femenino basado en la juventud, la delgadez o perfección corporal. Ambos resultan lesivos en el caso de Cristina Pedroche, en su cadena o en el de cualquier medio que lo fomente, pues permite que el espectador, en muchos casos de corta edad, pueda asociar estos comportamientos con la consecución del éxito personal y profesional. Porque, como empieza a ser habitual, la valorización de Pedroche o de otras mujeres no se hace en atención a su valía, talento o profesionalidad. Eso, simplemente, da igual. La atención se alcanza por la vía más rápida, la visual, y el entretenimiento reside en su cuerpo y en la locuacidad de este mismo cuerpo para hacer bromas mediante las que se perpetúa su objetualización sexual.

 

Se entiende que una persona quiera hacer gala de su libertad individual, pero lo cierto es que todo aquel que sea personaje público debería replantearse las ideas que comunica. El poder de persuasión es infinito y su sola presencia en los medios de comunicación se convierte en altavoz de dimensiones incalculables. Porque cuando una mujer se encuentra en una situación de cierto privilegio y capacidad comunicativa, debería tener siempre presente no solo su individualidad, sino a todas aquellas mujeres que la habitan. A las que vinieron detrás y les negaron la igualdad, sí, pero también su lugar en la historia. A pesar de eso, siempre continuaron luchando. Hoy, parece que todo eso se tambalea. Desde el respeto verbal hasta los puestos de responsabilidad. Desde los medios hasta la cuantía de la nómina. Y, para más inri, la ausencia de autocuestionamiento en mujeres como la presentadora de Antena 3 es total. Lo decía una abanderada de estas voces silenciadas, la filósofa Simone de Beauvoir: “El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”. Piensen en un cambio de roles. ¿Por qué no se contempla que sea Chicote el que aparezca semidesnudo, con un tul que le cubra únicamente un bañador? No sería posible porque, aunque muchos insulten y no lo crean, el cuerpo de Chicote, como el de la gran mayoría de hombres (salvo en alguna penosa campaña publicitaria), no está sexualizado: no se le ha conferido carácter o significado sexual.  Y ¿por qué no lo está? Porque ni medios ni, por ende, la sociedad, le han dado ese tratamiento a lo largo de la historia. Sería tomado por ridículo el simple hecho de que a un presentador se le viese un calzoncillo, pero aquí, en España, país del open mind, se pueden romper récords de audiencia solo por ver el tanga a la presentadora. Quizá, solo quizá, en ese momento ya no es una persona haciendo su trabajo periodístico sino un simple objeto de deseo.

 

Por supuesto que de esto el principal culpable es el medio de comunicación, o de entretenimiento más bien. Éste, en aras de alcanzar la mayor cuota de audiencia hace verdad la máxima que ya afirmaba una mujer como Encarna Sánchez que fue reina de la comunicación antes que muchos hombres: un oyente cabreado no cambia de dial. Por ello, provocan la consabida polémica, y el cuerpo femenino sexualizado es utilizado como atracción televisiva. Por tanto, el utilitarismo es doble: por un lado, a nivel privado, con la instrumentalización de una trabajadora para conseguir unos fines preconcebidos, excusándose en unas ideas de empoderamiento femenino en las que ellos mismos no creen. Por otro, de forma pública, al no importar hacer este tipo de entretenimiento a pesar de la degradación en abierto de espectáculos, géneros y personas. Días antes podríamos habernos podido topar con campañitas por la sensibilización y la tolerancia cero que pretenden empatizar con el espectador y mejorar su imagen corporativa. Mientras tanto, grandes comunicadoras como Irma Soriano se quedan en su casa. Otras alzaron la voz y no volvieron a trabajar. Porque algunas supieron que las mujeres no somos solo un cuerpo, y prefirieron comunicar un poco menos, y valorarse, esto sí, un poco más.

 

Sin embargo, tienes que oír y leer a profesionales de la televisión (qué coincidencia que, salvo la protagonista, solo oigamos en general a hombres) hablar de lo ‘genialérrimo’ que es tanta repercusión, de que si Cristina es la reina de la Nochevieja y que todo lo demás es ruido. Estos reyes son de barro y este ruido, una vergüenza léxica. Ruido el que tienen que hacer las mujeres en política para que los que no piensan como ellas las llamen algo más que zorras. Ruido el que tienen que hacer las deportistas femeninas para que las saquen tres segundos en televisión y nos cuenten lo grandes que son. Ruido el que consiguen hacer todos los días las geniales profesionales de la radio, desde cuyo arrinconado medio se boicotea la idea misma de comunicar a través del cuerpo. Por favor, AtresMedia, que nos dé Julia Otero unas uvas.

 

Algo queda claro: Lo que ha pasado solo es un hecho más. Un ejemplo de que esta sociedad sigue siendo machista, y la carencia de valores se instaura tanto en los medios como en la vida. Y hay algo mucho más claro: no nos vamos a callar. Una persona tiene derecho a ponerse y a tener la actitud que quiera, pero el mismo derecho tenemos el resto para denunciar comportamientos que creemos que fomentan mensajes completamente negativos en lo referente a la igualdad de género y el respeto a la dignidad. Se trabaja, se reivindica y se lucha desde el lugar que nos ha asignado y permite una sociedad que en determinados ámbitos sigue siendo falocéntrica, pretendiendo autoconvencernos de esa supuesta igualdad. Así una mujer puede ser genial colaboradora, pero difícilmente llegará a presentar. Excelente política, pero en esta sociedad jamás liderará. Buena jurista, pero en los altos tribunales rara vez logrará estar.

 

El feminismo no está en la libertad de expresión que perpetúa la cosificación. Y habrá que decirlo -con perseverancia y reivindicación- mientras sigamos trabajando poco, cobrando menos y sufriendo más.

 


 

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1 Comentario
Silvia Mistral
Fecha: Martes, 3 de enero de 2017 a las 19:29
Me he equivocado. He puesto el comentario en el artículo que no era. Con éste estoy completamente de acuerdo

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