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Francisco Hervás Maldonado. Coronel Médico (r)
Jueves, 5 de enero de 2017

Más bellaco que la puerta de Chamorro

[Img #10478]Hace tiempo que existió un individuo en mi pueblo llamado Chamorro, el cual, a fuer de escatimar, pasó a ser grotesco, pues tenía una puerta con tanto remiendo que ya no se sabía lo que de remiendo y lo que de puerta oriunda tenía la susodicha. Era su puerta un frenesí de parches en los que nada hacía sospechar una previa originalidad en la misma, como tantas personas que, sin encomendarse a Dios ni al diablo, deciden dedicarse alegremente y sin un entrenamiento previo a temas que les son ajenos. 

   
Aunque un persona humanista puede ser algo – solo algo – bellaca, como la puerta de Chamorro, para que sus palabras sean claras; aunque también sutil, procurando sugerir más que dogmatizar.

 

Porque los humanistas son siempre renacentistas, explorando lo que de pasado tiene nuestro futuro y, lógicamente, nuestro presente; aunque sin caer en las labores de Sísifo, rey de Corinto, que por chivatearse de Zeus, que había raptado (disfrazado de águila, ¿cómo lo haría, el puñetero?) a la hija del dios Asopo (la ninfa Egina), con objeto de ventilársela, fue condenado – en venganza – por el tonante, al Hades. Por cierto, que el tal Asopo era un río, pero debía de seguir un curso elíptico, o algo así, pues tardó un disparate en llegar a Corinto. ¡Mucho meandro, que tiene la vida!


Así es que el bueno de Sísifo, un gran trilero de antaño, engañó al fúnebre Thánatos, dios de la muerte, que venía a por él, encerrándolo en un calabozo bajo siete llaves. Como consecuencia, durante muchos años nadie moría en la tierra. Obviamente, el arresto tuvo carácter transitorio, porque Thánatos está suelto otra vez, pues últimamente está muriéndose gente que no se había muerto nunca.
Pero en aquellos tiempos Plutón, al ver que no se le renovaba el Hades, indagó y se enteró de la trapacería de Sísifo, así es que se fue de boca con Zeus, su hermano: “que tengo el Hades muy soso, que el ingreso está flojito, como el de las misas de diario, que no me meriendo un alma de un tiempo a esta parte…” y a Zeus le atizó un rebote de no te menees, enviando a Marte (aunque no en Miércole), para darle a Sísifo por donde se pierden los humores sólidos, el cual, ante tan gentiles y poderosas razones, no puso inconveniente en morirse, de primera intención.

 

Pero como Sísifo era bastante cuco (por eso se dedicaba a la política de entonces, e incluso puede que tuviera barba o coleta), le dijo a su veneranda (léase esposa): “por más que te lo pidan, no me entierres”. La cónyuge se llamaba Merote (un nombre que tiene mala rima) y era una de las Pléyades, o sea: que no era de susto fácil. Y así lo hizo esa santa (había que ser santa para aguantar al trapacero de Sísifo), de manera que se fue su alma al Hades y al poco, empezó a quejarse de que era su alma la única del Hades que carecía de cuerpo, y venga a pedir y pedir permiso para ir a traérselo. Plutón no lo podía matar para que callase, porque ya estaba muerto, así es que cedió, y Proserpina le extendió una visa efímera de regreso a por su cuerpo, lo que le permitió volver a vivir con humanidad temporal, como los contratos.
 

Pero una vez en su cuerpo, el trápala de Sísifo salió corriendo sin idea de retroceso, y… ¡ay!, lo cazaron, que Mercurio era mucho Mercurio, con sus pies alados, metiendo la quinta velocidad, e incluso la reductora en zonas pantanosas. Tras cazar al espabilado de Sísifo, se lo llevó al Hades – esta vez con el cuerpo puesto – donde cumplimentado un juicio sumarísimo, fue condenado por el sicalíptico juez Zeus a subir un gran pedrusco por la creciente de una montaña, de tal manera que cuando ya casi llegaba, siempre se le caía, rodando ladera abajo hasta el valle, al que había de bajar, volver a cargar el pedruscón y retornar a la escalada otra vez. Y así eternamente: arriba y abajo, abajo y arriba. Esto suena como un acertijo: “arriba y abajo, abajo y arriba, y el que sepa de quién hablo, que me lo diga, ¿qué es?”; pero no me sean malpensados, que es la bolsa de comercio.

 

[Img #10477]La bellaquería es la condición de los tiempos, en que los escurridizos resisten los embates de maldad con hábiles movimientos de cintura, como las bayaderas o incluso como los buenos toreros: matar no hay que matar, pero se mata. Y son especialmente bellacos los nacionalistas e independentistas, que se inventan la historia a base de añadidos y retirados, de tal modo que tiene más parches su ideología que un remiendo de baja estofa. Todo, o casi todo, lo que dicen es mentira. Pero es que la primera mentira es creerse tocados del genio de la infalibilidad, cuando el Espíritu Santo dejó de iluminarlos hace siglos. Se me está ocurriendo un refrán: “al nacionalista bellaco… Guardia Civil y al saco”.

 

Sé bellaco y échate a dormir. Yo tengo un vecino bellaco que no para de hacer obras, pues debe de pensar aquello de que “obras son amores y no buenas razones”, por lo que produce ruidos sinfónicos de música concreta (me río yo de Karl Heinz Stockhausen o de Luis de Pablo), pero no discreta, que turba la siesta, arruga la tez, enerva el espíritu y carga los fusiles. Lo que pasa es que, cuando tienes el machete en la boca, el rifle al hombro y la bala en la recámara de la pistola, se te representa la imagen de tu santa madre en la infancia, diciéndote aquello de: “has de ser siempre bueno y ganarás el cielo”, lo cual te arruga y achanta, pues la otra opción es el Hades, con el bobo de Plutón, el coñazo de Sísifo y el memo de Tánatos, que no hay quien los aguante. Así es que uno deja las armas y se pone unos tapones, que es la solución de los buenos y de los gilís. ¡Qué se le va a hacer!
 

La vida es bellaca, en muchas de sus facetas. Prueba de ello es que el pez grande se come al chico, las alimañas a la caza y los caníbales a los misioneros (“del mar el mero y de la tierra el misionero”, dicen que dicen). Por si acaso, hay que vestir de calle en tierras impías, aunque se sea eclesiástico, sobre todo si se da buena canal.
 

La vida es una pura falsía, me temo. Muchas veces pienso en marcharme a vivir a otro país, pero entonces lo repienso y me digo: que se vayan ellos: los políticos embusteros, los etarras y fecasímiles, los canallas que pudren nuestra convivencia, los egoístas, los asesinos y, en definitiva, esa gentuza que alimentan los políticos de mala baba para seguir robando en la impunidad más y mejor, para tenernos esclavizados como al ganado y sacarnos todo lo que puedan, para darse una vida de ocio y trapicheo, mientras los demás nos apretamos más y más el cinturón.

 

Y claro, mientras tanto la Sanidad, las pensiones, la enseñanza, etc., sobreviven a base de parches y parches, como la puerta de Chamorro.

 


 

 
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