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Ernesto Ladrón de Guevara
Viernes, 6 de enero de 2017
"Los nacionalismos vasco y catalán siempre tuvieron raíces totalitarias"

Iñaki Ezkerra: "Es necesario dar respuesta a la sobreideologización populista de la izquierda"

Texto: Ernesto Ladrón de Guevara

Foto: J. L. Resino

 

[Img #10489]Iñaki Ezkerra es una de las personas de mayor honestidad intelectual que conozco. Escritor fecundo, articulista clarividente y con aguda ironía que revela una inteligencia fuera de lo común, no tiene reparo alguno para decir sus verdades del barquero, sin casarse con nadie, sin tener servidumbres de las que tanto abundan en el mundo periodístico. Su radical independencia le proporciona una autonomía de criterio y eso le define como intelectual con altura de miras y bisturí dialéctico que disecciona con agudeza todo lo que es relevante, profundizando en el análisis de las causas.

 

Iñaki Ezkerra es un escritor comprometido con la verdad y la justicia, con la lucha contra los totalitarismos y en la búsqueda de los caminos de la libertad, lo cual le hizo implicarse en la fundación del movimiento cívico antiterrorista en el País Vasco de finales de los años noventa del pasado siglo. Ha escrito numerosos ensayos sobre el nacionalismo y sus metástasis, convirtiéndose en uno de los más lúcidos analistas del fenómeno terrorista y sus orígenes, lo que le hace un profundo conocedor de las nuevas formas de totalitarismo que lastran las conquistas que tan dificultoso camino tuvieron para superar el régimen franquista, tras la muerte del dictador.  Tampoco le va a la zaga el análisis del fenómeno nacionalista catalán, de sus causas y sus consecuencias entre la que está el proceso secesionista que tanto está perturbando el panorama político español y desestabilizando la propia democracia.

 

Entre sus producciones literarias están una decena de libros de poesía y de narrativa que le convierten en una figura referencial de nuestro panorama literario. Acaba de publicar Los totalitarismos blandos (Podemos, nacionalistas y otros enemigos de la democracia), el sexto de sus ensayos, en la Editorial La Esfera de los Libros. Un brillante análisis de las nuevas formas de totalitarismo que se van abriendo paso en el panorama político español y de otras que ya llevamos décadas sufriendo en las comunidades autónomas mal llamadas “históricas”.
 

 

¿Cuál es el motivo o preocupación que ha abocado a la publicación de este libro?

 

- El sistema nacido con la Constitución del 78 ha atravesado momentos en los últimos años en los que ha sido atacado de la manera más alegre e irresponsable. Este hecho es un motivo justificado de preocupación. Podemos ha sido la gota que ha colmado el vaso de las alarmas.

 

Mi primer propósito al escribir este libro fue hacer simplemente una reflexión sobre ese nuevo agente político al que se le ha puesto la etiqueta genérica de “populismo” y del que habla todo el mundo como si nadie tuviera ninguna responsabilidad en él. Aquí es que hablan contra el populismo hasta los populistas más groseros e irredentos. He tratado de hacer una reflexión independiente que huyera de los lugares comunes y superficiales; que fuera algo más lejos de lo que se nos repite constantemente y que indagara las causas del fenómeno. Es una reflexión que no es ni indulgente ni tremendista sino que intenta ser precisa. En el partido de Pablo Iglesias hay algo más que populismo: hay una amplia herencia tardía y edulcorada, blanda, de las ideas totalitarias que sembraron de horror el siglo XX. Como la hay también en los nacionalismos vasco y catalán de raíz etnicista. No son Hitler ni Stalin, entre otras cosas porque no pueden, pero tampoco son inocuos. De esas ideas no puede salir nada bueno.

 

Por un lado considera suave el término “populismo” al hablar de estos fenómenos, un eufemismo. Por otro lado, considera que llamarlos “totalitarismos” a secas tampoco es exacto sino excesivo…

 

- Sí. Hay en el libro una voluntad de matizar, de medir bien las palabras y no errar en el diagnóstico. La propia paradoja que hay en llamarlos “totalitarismos blandos” obedece a esa voluntad de matizar y diagnosticar. Son blandos por varias razones: porque se dan en democracia aunque vayan contra ella y porque la democracia los contiene, los frena, pero a la vez los alberga y los alimenta.

 

Por otro lado, abrazan todas las causas de la corrección política: el pacifismo, el feminismo, el ecologismo, el animalismo, el antirracismo, la causa gay, el respeto al integrismo islámico… Este afán por presentarse como políticamente correctos es nuevo en la “tradición totalitaria”. Todo vale para el convento, incluso banderas que, como se puede observar, son ajenas e incluso antitéticas del comunismo clásico y de los nacionalismos etnicistas así como contradictorias entre sí.

 

Aquí hasta los nacionalistas más sabinianos se erigen en látigos del racismo y la xenofobia. Aquí hay procastristas que olvidan que Fidel perseguía a los homosexuales. Hay quienes pretenden que la Unión Soviética era pacifista y naturista como si no hubiera existido la Segunda Guerra Mundial, la conquista militar de la Europa del Este, la Guerra Fría o el desastre ecológico y humano de Chernóbil.

 

En estos totalitarismos se mezclan, en fin, ignorancia e incoherencia. Un tercer aspecto que les otorga la condición de “blandos” es que son posmodernos, ideologías-basura, inconsistentes y a la vez capaces de sobrevivir digiriendo todo tipo de contradicciones. Hablan de derechos, pero a la vez desafían a las leyes que protegen estos.

 

¿En esta capacidad de absorción de banderas correctamente políticas y de contradicciones son iguales los nacionalistas  a Podemos?

 

- Se imitan unos a otros. El origen del fenómeno está en la derrota histórica del marxismo, en la necesidad de la izquierda de llenarse de nuevos contenidos ideológicos que sustituyeran a las reivindicaciones clásicas y en las tesis de Laclau, el autor de “La razón populista”, que postulaba plantear esas nuevas reivindicaciones con un dramatismo similar al de la lucha de clases que no aporta nada positivo a esas causas.

 

La sociedad de hoy está por acabar con la violencia contra las mujeres. Está por la igualdad de derechos de éstas en el mundo laboral y en todos los aspectos de la vida. Pero no es necesario plantear esa demanda en términos de lucha de sexos.

 

En cuanto a los nacionalismos vasco y catalán siempre tuvieron raíces totalitarias, como he dicho, pero no populistas. Se han ido haciendo populistas en democracia. Han aprendido del populismo de izquierdas y últimamente de los antisistema, de Podemos y de la CUP. Un ejemplo de esa mutación posmoderna es que el PNV de Sabino Arana renegaba de los castellanos o los andaluces que aprendían euskera. El PNV de la etapa democrática no hace ascos a esa euskaldunización por maleabilidad, camaleonismo y pragmatismo posmodernos. Sin embargo, no habría tragado con un lehendakari que llevara un apellido castellano; con un Mario Fernández, por ejemplo. Es decir que el prejuicio etnocultural sigue latente y activo en el PNV por debajo y por arriba, entre sus bases “pata negra” y a partir de ciertos niveles de poder.

 

¿El discurso antisistema se ha acercado a los nacionalismos o han sido éstos los que se ha acercado a aquéllos?
 

- El acercamiento ha sido mutuo y táctico. El discurso antisistema se lleva bien con el referendismo nacionalista por intereses tácticos, por su afán desestabilizador y por su naturaleza asambleísta, por esa superstición falsamente democrática de que se puede plantear todo en todo momento como si asistiéramos a la fundación del mundo y la realidad fuera virtual, una pantalla de ordenador que se puede modificar desde un teclado. Por otro lado, los nacionalistas han jugado interesadamente a antisistemas y al discurso anarquista contra el Estado como si no tuvieran muebles que salvar y como si no quisieran crear un Estado propio.
 

Aunque esas ideas totalitarias no se muestren en la capacidad destructiva que tuvieron en el pasado, tampoco se puede decir que sus depositarios actuales sean un ejemplo de demócratas…

 

Tanto Podemos como los nacionalistas deberían hacer una revisión autocrítica de sus postulados ideológicos y renunciar explícitamente a esas herencias: la del modelo de “hombre nuevo” impuesto por el socialismo real, la del modelo racista de vasco o de catalán ideal de Sabino Arana o de Enric Prat de La Riba... Hablo de “modelos” porque el totalitarismo va más lejos de la abolición de las libertades y del racismo; propone todo un “nuevo arquetipo de sujeto” entrometiéndose en la intimidad y en la vida privada de los individuos, controlando hasta su ocio, sus costumbres, sus lecturas, sus afectos, las amistades que debe tener…

 

En los cursos de euskaldunización para adultos se ha llegado a presionar a éstos para que elijan en sus relaciones sentimentales a parejas que “sepan euskera”.

 

Felipe González hizo una revisión ideológica en el PSOE de 1979 y dio carpetazo a la herencia marxista para abrazar la socialdemocracia alemana e identificarse con Willy Brandt. A su vez el PC de Carrillo abrazó en la Transición la Monarquía y el Eurocomunismo de Enrico Berlinguer. Hoy esos partidos han involucionado. El zapaterismo fue un regreso sentimental al PSOE anterior a la Guerra Civil y el comunismo español anda llorando a Fidel. Lo curioso es la buena conciencia de toda esta gente. Podemos y los nacionalistas coinciden no sólo en creerse demócratas sino “los únicos demócratas”.   

 

En una entrevista radiofónica, usted los comparó con los integristas católicos del siglo XIX que decían que ellos eran “los únicos verdaderos cristianos” y Salvador Sostres protestó diciendo que usted se estaba metiendo con la Iglesia…

 

- Lo gracioso y lo paradójico es que esa comparación nació de una conversación con un sacerdote gallego y además muy de derechas. Él fue quien me hizo reparar en esa similitud. Como ese sacerdote es un hombre con una verdadera conciencia cristiana conoce las imposturas de la fe y le duelen. Pero, bueno, siempre ha habido gente que es más papista que el Papa. Ése también es un defecto de muchos españoles. No. Yo no me metía con la Iglesia sino con un vicio muy español. Podemos y los nacionalistas dicen que “sólo ellos son los demócratas”. A su vez estos últimos también dicen que sólo ellos son los “buenos vascos” y los “buenos catalanes”. En el fondo los nacionalistas vascos y catalanes son eso: típicos españoles, con los peores defectos de los españoles, y que no saben que lo son.

 

¿Qué peligros e incertidumbres nos va traer esa amalgama de nacionalismo y grupos antisistema? ¿No hay peligro de que los totalitarismos blandos se conviertan en duros?

 

- La condición de “blandos” es intrínseca a ellos. No hay peligro de que se vuelvan “duros”, o sea de que se conviertan en nada parecido a los totalitarismos clásicos. Lo que sucede es que esa “blandura” también es un peligro en sí misma. Esa plastilina ideológica y mutante puede hacer verdaderos estropicios en la economía, en la imagen de seriedad y solvencia de un país. Pueden llevar a referendos y decisiones colectivas graves, a deteriorar la vida civil, a envilecer las democracias… Las serpientes no por blandas dejan de ser peligrosas. Ya lo dice el refrán español: “de las aguas mansas líbreme el Señor, que de las bravas ya me libraré yo”. 

 

[Img #10491]¿Cuál es el papel que desempeñan las nuevas expresiones de odio y lo que el filósofo Gustavo Bueno calificaba como “pensamiento Alicia” que dio nombre a uno de sus libros?

 

- Los populismos en general y más los totalitarios necesitan del odio ideológico, de enemigos sobre los que practicar su vudú político y social como lo explicaba Goebbels en su decálogo sobre la propaganda. Lo paradójico es que luego juegan al buenismo, al utopismo, al ilusionismo pueril que denunciaba Gustavo Bueno en su libro. Combinan, en fin, buenismo y malismo en su estrategia de poder. El Pablo Iglesias que habla de amor en el Congreso mientras lanza un discurso incivil de odio contra la casta o directamente contra la derecha reproduce el esquema del Zapatero que resucitaba los fantasmas de la Guerra Civil a la vez que invocaba el famoso “talante”.   

 

En su libro hay un capítulo dedicado al amarillismo periodístico que ha potenciado estas nuevas expresiones.  ¿Qué papel han desempeñado esos medios de comunicación que usted califica como “amarillos”?

 

- En mi libro defino el amarillismo como “populismo mediático”. Tanto Donald Trump como el Brexit, como Pablo Iglesias, son un genuino producto del sensacionalismo fatalista y apocalíptico con el que  los medios de comunicación han tratado de superar su crisis en Europa y en Estados Unidos. ¿Por qué no probar a hacer un producto mejor, más refinado y más original en vez de empeorarlo y hacerlo más burdo?

 

Pero el origen de este auge del populismo no estaría sólo en los medios. En un reciente artículo que publicó en Expansión explicaba el auge del populismo con su “Teoría de las 6 crisis” en el que señalaba otros factores.

 

- Sí. Esa gran crisis de la publicidad en los medios de comunicación, que ha producido un auge desesperado del amarillismo, ha puesto en evidencia otra crisis anterior: la de la de la falta de una cultura democrática o de cultura a secas. Hay quienes creen que pueden embrutecer a la población sin que eso tenga consecuencias. Aparte de esas dos crisis, está la económica de 2008, que, a su vez, ha puesto en evidencia, otra crisis anterior: la de los Estados sociales en Europa, que ya había acusado la socialdemocracia alemana en los tiempos de Schröder. En Estados Unidos esa crisis del 2008 ha desvelado, no la debilidad de los Estados del Bienestar que no tienen, sino de unas estructuras de empleo en la industria que era anterior al colapso de Wall Street. Y a esas cuatro crisis se suma la de los partidos clásicos, que no saben dar respuesta a las primeras sino que han puesto en evidencia la crisis anterior y posmoderna de las ideologías. Los norteamericanos han logrado salvar el sistema bipartidista porque Trump ha crecido dentro del Partido Republicano como creció el Tea Party en su día, o sea que están resolviendo el problema a base de corrientes internas que conjuran el peligro multipartidista que ya ha llegado a España con Podemos y que sigue siendo una grave amenaza gracias a la progresiva hecatombe del PSOE.

 

¿Cuál es la solución a esta situación de desvertebración social y política? ¿Qué propuestas haría usted para superar esta coyuntura tan desestabilizadora?

 

- La solución no pasa por la desideologización táctica que han sufrido el PP y Ciudadanos sino por lo contrario. Pasa porque sepan dar respuesta a la sobreideologización populista de la izquierda y denunciar sus contradicciones, como la de querer salvar el Estado Social y a la vez el Estado Burocrático, como si fueran la misma cosa, cuando el primero es opuesto al otro y se sacrifica por culpa del otro. En España el Estado Social se está sacrificando en nombre de una Administración elefantíasica de la que se nutren los propios nacionalismos; de una burocracia que compite con las que hicieron inviable el socialismo real. Y la solución pasa también por una instauración general del respeto a la Ley, por una reforma del Poder Judicial como la que propone Francisco Sosa Wagner en su libro “La independencia del juez: ¿una fábula?”. Recomiendo ese libro fervientemente. Sin Ley y sin jueces independientes que obliguen a cumplirla no hay democracia.

 

¿La democracia engendra monstruos que después no puede combatir?
 

- Si Goya escribió en un dibujo que “el sueño de la razón produce monstruos”, el insomnio de la sinrazón ya ni te cuento. La democracia tiene todos los instrumentos necesarios para combatir los monstruos que se cuelan por sus fisuras.

 

 

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