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Lunes, 9 de enero de 2017 | Leída 156 veces

Las inmorales concesiones al nacionalismo o la hora del Majestic vasco

SÍ. Digo bien. Inmorales por quienes las piden e inmorales por quienes las conceden. No es la primera vez ni será la última.  Con el aznarismo, el corrupto Pujol se cobró la cabeza del Vidal-Quadras que incomodaba a los nacionalistas a cambio de un plato de lentejas, es decir, de unos votos que el PP necesitaba para gobernar. En vez de ponerse de acuerdo socialistas y populares en un pacto de legislatura con visión de política de Estado, para frenar las demandas llamadas “soberanistas”, ese gran mercado persa en el que se ha constituido la política española y en el que se sacrifica la nación en virtud de espurios intereses, ha puesto víctimas propiciatorias en el altar del sacrificio para sorna y escarnio de los nacionalistas. En lugar de modificar la ley electoral para dar lugar a un encuadre de mayorías de Estado que impidan el paso hasta la cocina de los demoledores del Estado, los populares y los socialistas se arrean entre sí derribando los pilares constitucionales, utilizando de estacas, como en el cuadro de Goya, a los secesionistas.


 
En este momento Rajoy ha puesto en la bandeja de los nacionalistas vascos la cabeza de un hombre coherente y excelente gestor al frente de la Delegación del Gobierno del País Vasco, Carlos Urquijo, riguroso en la aplicación del Estado del Derecho que algunos quieren desmantelar. La historia se repite, y siempre aparecen los intereses mezquinos entre los dos rivales para la ocupación de la Moncloa; que no han sido capaces, hasta  ahora, de articular políticas estructurales, sistémicas, para sostener el Estado Constitucional. Este triste paradigma tuvo su reflejo en una experiencia que viví tras las Elecciones Municipales y a Juntas Generales del 13 de junio de 1999, cuando hacía un año y unos pocos meses que se había constituido el Foro Ermua. En aquel momento el PP había obtenido en territorio alavés unos resultados inéditamente favorables, pero necesitaba el apoyo para gobernar en la alcaldía de Vitoria y en la Diputación de Álava. Los socialistas se veían desconcertados y sobrepasados por la “ilusión constitucionalista” que les demandaba un apoyo incondicional al PP tanto en la Diputación como en el Consistorio de la capital de Álava. El PSE-EE no se lo podía creer. Estaba acostumbrado a hacer lo que le convenía sin que ninguna entidad de carácter público le contradijera. Y en otro momento político habría podido seguir obrando según sus particulares intereses de partido, pero no en aquella dramática coyuntura en la que se jugaba tanto en el País Vasco.
    

 

Esa entidad pública de prestigio que podía presionarle existía. Existía el Foro Ermua. existía el Espíritu de Ermua que encarnaba todavía aquel Foro. Y existía la “ilusión constitucionalista” de la que he hablado, la sensación de que por fin se les podía hacer frente a los nacionalistas. Y existía también por parte de esos mismos nacionalistas un contexto de crispación sin precedentes. Téngase en cuenta que para aquellas fechas de junio de 1999 ya se había desplegado todo el frente secesionista. Ya se había presentado el Plan Ardanza en febrero de 1998 y unos días después del nacimiento del Foro Ermua. Ya había nacido el Frente de Estella en septiembre de 1998. Ya había sido investido Lehendakari, en enero de 1998, Juan José Ibarretxe y ya estaba en marcha desde febrero de 1999 la constitución de la Asamblea de Municipios Vascos (Udalbiltza) como pieza fundamental del frente soberanista. Todos estos hechos hacen explicable la presión inédita que pudo ejercer la demanda de apoyo al PP en Álava sobre aquel PSE-EE de Nicolás Redondo Terreros que había tenido que salir por piernas del Gobierno Vasco cuando comprobó que le traicionaban sus socios nacionalistas firmando el Pacto de Lizarra.

 

En aquel momento de ilusión y de miedo –también hay que reconocerlo- el Foro Ermua fue invitado por el Grupo Popular del Senado a una reunión en su sede, donde se planteó la necesidad de acuerdos estratégicos entre el PP y el PSOE, los dos principales partidos del Sistema, a efectos de configurar un espacio ordenado en el que los nacionalismos secesionistas no tuvieran entrada, para proteger al propio Estado de Derecho y unificar las políticas de prioridades entre las que se encontraba la respuesta eficaz y unitaria tanto al terrorismo como a los acuerdos de Lizarra entre los nacionalistas y ETA que trataban de rentabilizar la “tregua-trampa”.

 

Desde ese momento los socialistas tuvieron claro que había que destruir al Foro Ermua y crear su propio espacio cívico al servicio de sus estrategias particulares de interés partidista. La declaraciones de Vidal de Nicolás exigiendo desde el Senado que el PSE-EE apoyara al PP en Álava fue un “delito” que no perdonaron a aquella asociación que se permitía actuar de Pepito Grillo y que entonces consiguió lo que se proponía: que Nicolás Redondo Terreros cediera a las presiones internas que le demandaban hacer todo lo contrario.

 

Tengo que decir que en aquella visita al Senado quien tuvo un papel fundamental fue José Luis López de Lacalle, que posteriormente sería asesinado por la bdanda terrorista ETA. La tuvo como principal inspirador del viaje y del mensaje. Como también fue uno de los “grandes regañados” a nuestro regreso al País Vasco y en una tumultuosa asamblea que se celebró en la Facultad de Sarriko con el tono más inclemente de un auténtico “sumarísimo”.

 

Fue aquel episodio el verdadero detonante de la escisión y creación del “Basta Ya” que se estrenaría sólo ocho meses después, en febrero de 2000, coincidiendo con el episodio de la Declaración de Estrasburgo contra la que se pronunciaron quienes llevaban la voz cantante de la nueva plataforma. Si en un artículo anterior he contado cómo el propio PP abandonó a su suerte a la Delegación de Estrasburgo del Foro Ermua ante las descalificaciones de los socialistas, aquella actitud había tenido un precedente ocho meses antes en relación con el episodio del Senado y del apoyo que el Foro Ermua reclamaba para el PP en Álava. Aquella exitosa operación nos enfrentó a buena parte del PSE-EE, que cedió a disgusto, pero también inspiró la prevención de los beneficiados. En el PP, que se hizo con la alcaldía de Vitoria y con la Diputación de Álava, nunca lo agradecieron.

 

Sin embargo, aquel paso del Foro Ermua marcó un inédito precedente en la buena dirección. Pese a las presiones internas socialistas a las que he aludido, dos años más tarde, Nicolás Redondo, retomó aquella bandera de la unidad constitucionalista al frente de los socialistas vascos. Giró de nuevo su posición y alcanzó un acuerdo con Mayor Oreja cuyo fruto fue el mejor resultado hasta ese momento de las fuerzas constitucionalistas, pero no pudo alcanzar la mayoría absoluta de la Cámara, considerándose eso un fracaso, sin serlo si atendemos a los números absolutos y a la evolución del voto. Nicolás Redondo fue eliminado políticamente por el mismo Zapatero que ya sintonizaba  con Patxi López y que trabajaba para aislar a los populares buscándose socios en los espacios alternativos principalmente nacionalistas. Rememoro estos hechos porque tiene un gran sentido recordarlos en momentos como éstos en los que socialistas y populares vuelven a tropezar con las piedras con las que ya tropezaron en el pasado.

 

Carlos Urquijo no se merece este adiós. Ya es hora de políticas de Estado y es hora también de tumbar el oligarquismo como forma de practicar la política.  Todo en política no vale. No valen estas actuaciones en las que se pierde hasta el sentido de la lealtad entre las personas y el sentimiento de lo que es justo y lo que no lo es para rendir pleitesía a los nacionalistas, que siempre juegan como las serpientes al acecho de su presa,  por un puñado de votos en el Congreso, necesario para la aprobación, en este caso, de unos presupuestos y para pactar un legislatura “tranquila” –a la manera de la que Aznar pactó con Pujol en el Majestic- que nos reportará más episodios ominosos.

 



 

 
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