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Manuel Molares do Val
Jueves, 12 de enero de 2017 | Leída 188 veces

Censura a la realidad

Hace un par de días este cronista narró la historia de una profesora universitaria atractiva, elegante, de elevado nivel social, asesinada por su amante, un delincuente común y macarra con la mitad de su edad y con el que había vuelto a convivir tras haber conseguido una orden de alejamiento por maltratarla.

 

El presunto asesino es un chulo que no necesitaba explotar a prostitutas, como los proxenetas profesionales, sino que lo mantenían a cambio de sus favores mujeres autosuficientes, a pesar de ser frecuentemente apaleadas.

 

Este cronista ha recorrido el mundo narrando hechos terribles, pero nunca encontró una reacción censora tan feroz como la de jauría de las feministas radicales, feminazis y sus corifeos cuando leyeron esa crónica que las asustó al verse en el espejo, igual que a los adalides de la corrección política.

 

Rechazan aceptar que, aunque la víctima no buscó la muerte, se expuso a ella como quien juega a la ruleta rusa o va voluntariamente a primera línea de fuego en una guerra.

 

Como los censores franquistas, curas y falangistas que vigilaban los medios, exigieron la retirada del texto porque, como decía alguien, “no está amparado por la libertad de expresión ni de prensa (…) hace apología de la violencia e incita al odio”.

 

En el caso de un periódico, “El Correo Gallego”, lo consiguieron, pero no con otros ni con mi blog, que continuará con este cronista y su notable audiencia, a la que le da las gracias.

 

La crónica, reléase, llamaba a la reflexión. A la prudencia. A que las mujeres no aparezcan como seres inútiles dominados por sus emociones y deseos, como si fueran animales irracionales, como las presentan las feministas desorientadas, las feminazis y los podemitas.

 

La mujer es fuerte, y en este caso intelectualmente muy superior al rufián asesino. 

 

Pero a las radicales y a sus corifeos falsamente progresistas les irrita y asusta que se sepa que esta víctima no padecía minusvalía mental ni estaba estaba socialmente indefensa, sino que carecía de voluntad para dejar de jugar a la ruleta rusa: seguramente ellas también.

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