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Manuel Molares do Val
Miércoles, 18 de enero de 2017 | Leída 125 veces

Querido Director

Esto no es una de las Crónicas Bárbaras habituales. Es una Carta al Director. Emulando al legendario Augusto Assía, empiezo con aquel “Querido Director”, al que seguía el tema que quería exponer.

 

Assía me recuerda los momentos memorables del periodismo en los que dentro del mismo diario dos o más columnistas se enzarzaban en discusiones políticas, sociales, religiosas, literarias o sobre economía con opiniones absolutamente contrarias que luego los lectores contrastaban, y cuyas conclusiones enviaban en sus “Cartas al Director”.

 

He leído numerosos artículos de ese periodista histórico, o de Manuel Bueno, Azorín, o Wenceslao Fernández-Flórez y de otros grandes que polemizaban, a veces con menos educación de la debida. Eso ocurría hace alrededor de un siglo.

 

Pero hemos llegado a un momento en el que domina la censura, y hasta hay periódicos tradicionalmente liberales que se dejan dominar por lo políticamente correcto, cuya principal característica no es contrastar ideas, sino exterminar a quien disiente de la ideología supuestamente progresista dominante, sobre todo de la de género.

 

Y este cronista es disidente en tanto que autor de las “Crónicas Bárbaras”, llamadas así para dar la visión menos común de los hechos, la de alguien que polemiza con la verdad establecida por lo políticamente correcto, frecuentemente falsa.

 

En el caso de la primera mujer asesinada en España en 2017 a este cronista se le ha querido ejecutar por resaltar su responsabilidad en la situación que la llevó a la muerte.

 

El cronista no escribió que ella o ninguna mujer en circunstancias parecidas fuera culpable. El asesino es el único culpable. Lo que decía sobre este caso al denunciar la inquisición de lo políticamente correcto, es que esa mujer se expuso a la muerte conviviendo con un auténtico monstruo.

 

Ese caso, reflexiónese, era el de una profesora universitaria de 44 años y no 40 como había escrito este cronista, y un amante de 19 y no 20, con el que mantenía relaciones sexuales desde hacía más de un año, no se sabe si desde cuando él aún era menor de edad, y al que había denunciado por malos tratos.

 

Relaciones con un delincuente violento y reincidente, que aparte de maltratador y ladrón irascible, había herido a varias personas, y acuchillado seriamente al menos a una.

 

El cronista advertía que el feminismo radical no quiere alertar a las mujeres sobre los peligros de mantener relaciones tóxicas como esta. Un feminismo tan primario que sólo señala que el hombre maltrata y mata, y esta generalización no ofrece ni un solo matiz más: es suficiente. 

 

No alertar sobre la existencia de hombres peligrosos y presentar a las mujeres como si fueran víctimas del machismo por su incapacidad emocional para rechazarlo es considerarlas a todas inferiores, sin voluntad, dominadas a su pesar.

 

Eso es machismo. El machismo del feminismo militante, crecientemente radical.

 

Y uno llega a pensar como antiguo idealista progre desengañado que como la ideología de género y sus defensoras están subvencionadas, quizás a algunas podría interesarles que haya crímenes sexistas, que generan ingresos a numerosas asociaciones reivindicativas.

 

Quizás por esa razón presentan a la mujer como eterna víctima incapaz de enfrentarse a las fieras: a más muertas, más petición de fondos, más subvenciones y más feminazis viviendo del dolor ajeno.

 

Y, por cierto, debe recordarse aquí que casi la mitad de los asesinos de mujeres durante los últimos años no eran de cultura española, sino de países más violentos, como en este caso; y ahora pueden acusarme de racismo y xenofobia.

 

El caso de esta mujer y el macarra es ejemplar porque muchos hemos conocido en nuestras cercanías maltratadas a las que hemos acompañado para que se libraran de su dependencia; muchos hombres conocemos esa situación y es por ello que nuestra responsabilidad, en mi caso como ser humano y como periodista, es alertar contra la adicción al peligro.

 

Pero ese feminismo poco elaborado o poco reflexivo, o interesado en recibir fondos, sigue con su mantra del hombre brutal y la mujer víctima, cuando la mayoría de las relaciones son afectivas y de respeto. Y habría que hablar además de algunos hombres maltratados y su relación con la enorme cifra de suicidios; pero ese ya es otro tema.

 

No se pueden dejar la puerta de la casa o del coche abiertas, no se camina por un barrio peligroso de madrugada, no se atraviesa a pie una autopista atestada de coches, no se hacen equilibrios en el alféizar de una ventana a cien metros de altura.

 

Todas las refutaciones a este cronista son tan simplistas que rechazan aceptar que, aunque la víctima no buscó la muerte, se expuso a ella como quien juega a la ruleta rusa o va voluntariamente a primera línea de fuego en una guerra, como decía antes.

 

Mis crónicas, que de golpe por una causa u otra aparecieron reseñadas en casi todos los medios de comunicación españoles falseando lo que decían, llamaban a la reflexión. A la prudencia.

 

Los dirigentes podemitas me dedicaron tuits insultantes, y hasta se ensañó Pablo Manuel Iglesias, qué caradura, quien en una enfermiza muestra de perversidad sexual y sadismo escribió que le gustaría azotar hasta hacerle sangre a la periodista de televisión Mariló Montero. Después reconoció, en efecto, que era psicópata o algo parecido. Como para entregarle un país a este prenda.

 

Aunque con palabras quizás excesivamente duras y explícitas sobre la relación sexual entre víctima y asesino, el cronista llamaba a que las mujeres no aparezcan como seres inútiles dominados por sus emociones y deseos, como si fueran animales irracionales.

 

Perdón, querido Director, por la extensión de esta carta, que no crónica, creo que necesaria para recordar e insistir en que toda mujer, empezando por las de nuestra propia familia, debe separarse inmediatamente de todo hombre violento porque de otra manera corre el peligro de ser maltratada o asesinada.

 

Y, sobre todo, para poner de manifiesto que amordazar al periodista no es un ejemplo de pluralidad, y menos si la mordaza quiere ponerla también un llamado Colegio de Periodistas, al que tengo el honor de no haber querido ingresar en su día tras saber quiénes eran algunos de sus directivos. Sin duda tiene afiliados que no piensan como ellos, pero la postura oficial es la de esos directivos.

 

Que son una deshonra para la profesión periodística, aunque un orgullo para la de censor e inquisidor. Lo nunca visto en una democracia, aunque sí en el peor franquismo, en la URSS, en Cuba y en la R.P. China, donde conocí a gente parecida de un Colegio de Periodistas durante mis años como corresponsal allí. Eran grandes agitadores del Partido Comunista que como Guardias Rojos habían cometido horribles tropelías.

 

NOTA. Gran parte de esta Carta al Director se publicó hoy en numerosos diarios con los que colaboro. Algún párrafo en mitad del escrito y los dos últimos son un añadido escrito tras saber que ese supuesto Colegio de Periodistas había aplaudido la censura.

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