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Enrique Arias Vega
Viernes, 20 de enero de 2017 | Leída 33 veces

Estado de malestar

Nunca volveremos a vivir tan bien (es un decir) como hemos vivido.


Las últimas estadísticas evidencian que aumenta la desigualdad entre ricos y pobres en España. Es decir, que tras la crisis económica la situación de la mayoría es más crítica que antes: siguen las altísimas cifras de paro, disminuyen las prestaciones sociales, los sueldos son más bajos y los empleos más precarios.


Frente a medio siglo de un Estado del bienestar creciente, llevamos casi una década en España, y en Europa, y en el mundo en general, en un estado relativo de malestar constante.


No sólo lo reflejan las estadísticas, sino la percepción global de que nuestros hijos vivirán peor que nosotros, y nuestros nietos, aún peor que ellos. Aumenta la esperanza de vida a un ritmo no sé si exponencial, pero crece al mismo tiempo la conciencia de que no habrá pensiones con las que mantenerla al mismo nivel de dignidad que en la actualidad.


Ese malestar generalizado y creciente ha propiciado el triunfo del Brexit en Gran Bretaña, la victoria de Donald Trump en Estados Unidos y la oleada de populismos extremistas en la Europa continental. No es que ninguno de ellos aporte soluciones, sino que tan solo son manifestaciones de irritación colectiva.


Ese malestar difuso no genera por sí mismo medidas de corrección o de arreglo, sino que añade aún más dosis de frustración y de pesimismo, como el clásico pez que se muerde la cola. ¿Ha visto alguien que las protestas por un salario digo, menos recortes sociales o más empleo conlleven medidas eficaces con las que conseguirlos? En absoluto.


Parte del actual estado de malestar consiste, precisamente, en el constante e inútil griterío político y mediático que, en vez de arreglar las cosas, aumenta nuestro estado de crispación, desilusión y desengaño. Si, al menos, los responsables de nuestro infortunio no echasen cada día más leña al fuego, nuestro descontento resultaría algo más soportable.

 

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