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Ernesto Ladrón de Guevara
Lunes, 23 de enero de 2017 | Leída 229 veces

Cambio de nombre de las calles en Vitoria: Ignorancia o mala fe

[Img #10619]En mi artículo anterior denunciaba la demencia del cambio del nombre de calles en Bilbao y el bloqueo a la iniciativa del PP a, en correspondencia, eliminar el nombre de dos personajes con trayectoria totalitaria, no caracterizadas por sus pulsiones democráticas, como fueron Dolores Ibarruri  y Sabino Arana, mientras se suprimía en el callejero a otros simplemente por ser derechistas, sin vinculación alguna con el franquismo, ya que no lo vieron llegar al ser asesinados antes de la sublevación de Franco.  Estas dos personas eran José Antonio Primo de Rivera y José Calvo Sotelo, que no pudieron ser franquistas por razones obvias, como tampoco fue franquista Cervantes, pese a que un ayuntamiento catalán le proclamó adicto al Régimen autoritario. Opinen ustedes mismos.

 

En mi ciudad, yo vivo en la calle Francia, antes llamada Calvo Sotelo, se cambió el nombre a principios del régimen democrático sin que nadie explicara el motivo, pues si se tratara de estigmatizar al personaje por ser franquista no tendría sentido y si lo fuera por ser un característico representante de la derecha republicana tampoco, pues si de algo se puede hablar al respecto es de que fue una víctima del proceso de sovietización de la República como bien relata Stephen Koch:

 

“Una vez el Frente Popular asumió el poder en España, la siguiente fase estuvo marcada por las provocaciones y contra-provocaciones de izquierdas y de derechas. Estas fueron tanto espontáneas como controladas secretamente; el objetivo era la desestabilización de la sociedad española. Las acciones eran aterradoras por su violencia y crueldad y se convirtieron en una característica normal de la vida política nacional.  Rápidamente el país se polarizó y pronto se llegó a una situación  próxima a la histeria colectiva.  Manifestaciones multitudinarias llenaban las plazas de Madrid; carteles con el rostro de Stalin se veían por todas partes; el mismo gobierno servía como medio de divulgar la retórica de la revolución. Mientras tanto, los intelectuales españoles sucumbían casi sin excepción en la ceguera sistemática del pensamiento “politizado”, ebrios de elixires ideológicos. […]  De hecho, la razón verdadera de esta decisión de Stalin no fue tanto ayudar en la lucha a Largo Caballero como utilizar esta ayuda como pretexto para hacerse con el control del gobierno español, estalinizarlo en todos los aspectos posibles para que terminara completamente a su merced. La consideración de que esto podía perjudicar  el esfuerzo bélico republicano, incluso condenarlo al desastre, no tenía gran importancia a los ojos de Stalin. Lo único importante era que el gobierno de Largo Caballero pudiera ser reemplazado por gente realmente nash, nuestra. Y por solamente eso, Largo Caballero debía ser reemplazado  por un títere de obediencia ciega”. (El fin de la inocencia)

 

Ese títere se llamaba Negrin.   

 

En este caso  me veo obligado, por  indignación, hacer lo propio ante el despropósito de un “grupo de trabajo” designado por la corporación vitoriana para evaluar la huella del franquismo en la ciudad y eliminarla, en lugar de hacer una sana elaboración histórica que quede en eso, en un relato ceñido a la objetividad de los hechos, no de los prejuicios subjetivos. Por tanto, trabajar, lo que se dice trabajar, no parece que haya hecho esa Comisión, si no, el resultado hubiera sido algo más objetivo y honesto desde el plano de la elaboración científica de esa memoria histórica que más que memoria es deconstrucción de la memoria y su manipulación en el mejor estilo orwelliano.

 

Veamos la estupidez del asunto y el desvarío de la propuesta:

 

Se propone eliminar de las calles los nombres de los siguientes personajes, cada uno de ellos con más valía que la de los concejales cuya ignorancia o mala fe dan lugar a este tipo de despropósitos:

 

Obispo Ballester, cuya única cuestión en su contra es haber sido obispo durante el franquismo.
 

 

Obispo Bueno Monreal, sucesor del anterior citado. Este obispo, tenía este currículo académico. A ver si alguno de los concejales llega a solo uno de sus títulos:  Fue profesor de Teología, Derecho Canónico y Teología Moral en el Seminario de Madrid (1927-1945); Profesor de Derecho Público Eclesiástico en el Instituto Central de Cultura Superior Religiosa (1923-1945); Profesor de Ética Periodista en la Escuela de Periodismo "El Debate" en 1935; canónigo doctoral de la catedral de Madrid; fiscal general de la diócesis y Tribunal Eclesiástico de Madrid (1935-1945). En marzo de 1972 fue elegido vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española.

 

Pedro Orbea. Cuyo único pecado fue haber sido el primer alcalde elegido tras la victoria de Franco. Igual alguien descubre que fue un criminal.  A mí no me consta.
 

José Lejarreta, llamado el alcalde de los blusas, aclamado por éstos durante años por haber reconstruido la plaza de toros, eje de las fiestas de Vitoria durante décadas, y que puso en marcha el matadero de Vitoria; que al ser Alava una provincia ganadera y agrícola, favoreció el desarrollo del sector ganadero e impulsó la economía de la ciudad.  
 

Además era médico, cuyo padre ejerció la misma profesión en Araya  (Alava), siendo muy querido. Fue director del Psiquiátrico y presidente del Asilo y de la Cruz Roja en Alava, entre otras cuestiones filantrópicas. Fue elegido por su talla personal y prestigio. Y como esto no me lo invento, véase la entrevista de la EITB a un experto y estudioso de estos temas, reciente.

 

Pintor Vicente Abreu. Se le elimina la calle, supongo, porque era militar.

 

Luis Uriarte. Autor de la tesis doctoral sobre el Fuero de Ayala, que ha sido el eje para reconstruir el Derecho Civil Foral cuyo impulsor principal ha sido el PNV.

 

Luis Ibarra Landete, que, sin duda, ha sido el mejor alcalde de Vitoria de todos los tiempos y presidente de la Diputación. Artífice del crecimiento económico e industrial de la ciudad en los años 60, provocando un polo de inmigración desde todas las provincias de España para cubrir los múltiples puestos de trabajo de las nuevas zonas industriales durante su mandato. Y, como consecuencia de ello, la construcción de barrios periféricos a una ciudad que se ceñía al casco medieval y poco más, duplicando su población. Ese debe ser su demérito, pues otro no se vislumbra.  Lo refiere con profusa precisión un exhaustivo trabajo de Virginia López de Maturana en la Institución Sancho El Sabio de Vitoria.

 

Y otro obispo, Peralta, cuyo único demérito debe haber sido ser obispo, pues dejó un rastro nada objetable en la ciudad, y cuyo perfil humano no voy a reseñar para no extenderme.

 

Todos ellos deben tener el hándicap de haber vivido durante el franquismo. Y si ese criterio vale para unos, que valga para todos, por ejemplo de todos aquellos vitorianos que fueron a vitorear a Franco durante la inauguración de la catedral nueva de Vitoria, cuya construcción se inició a principios del siglo XX y finalizada durante el franquismo por un lapsus temporal provocado por la quiebra de las finanzas diocesanas. En esa inauguración no faltaba un alma vitoriana, y soy testigo de que a nadie se le sacó de casa para gritar ¡Franco!. ¡Franco!, ¡Franco! Desaforadamente. La hipocresía, la irracionalidad, la ignorancia y la supina mala fe nunca tuvo tan fiel plasmación como en la actual política, que nada tiene que ver con el espíritu de la Transición de 1978.

 

Y, no sé si se les ha olvidado Ramiro de Maeztu, de derechas, pero asesinado antes de la llegada del franquismo, cuya obra del pensamiento probablemente no sea comprendida ni conocida por esta gente huérfana del afán de desarrollar su cultura política y filosófica, ni de alumbrar sus mentes con las luces de la Ilustración. Y esperemos que no tiren la cruz del Gorbea o la de Olárizu por idénticas razones. O quiten el nombre de la Calle Dato, presidente del Gobierno de España y benefactor de la ciudad, pero nada de izquierdas, y así un largo etcétera. Todo es posible.

 

Hace pocos días me comentaba mi buen amigo el escritor Jesús Laínz que mandó a hacer puñetas a la Comisión de Memoria histórica del Ayuntamiento de Santander, en su condición de miembro del Centro de Estudios Montañeses. Me dice Jesús Laínz lo siguiente: “Mi presencia en ella duró tres sesiones, tras las cuales renuncié dada la actitud vergonzosamente genuflexa del gobernante PP ante, como expliqué en la carta de renuncia, la mezcla de ignorancia, mala educación, fanatismo y espíritu chequista de los partidos y entidades izquierdistas, grandes beneficiados del asunto.”

 

Algo parecido, según vengo relatando, está sucediendo en  otras partes, como en la ciudad donde he vivido durante 66 años.

 

 

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