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Ernesto Ladrón de Guevara
Lunes, 30 de enero de 2017 | Leída 331 veces

La modelación del pensamiento a través del lenguaje

Pensamiento es lenguaje. Nos caracterizamos como humanos, a diferencia de otros seres de la escala animal, por  las formas de percibir, sentir, anticipar, planificar nuestros actos, y elaborar una cosmovisión de las cosas, que es lo que llamamos cultura. Y se explica porque tenemos lenguaje. La lengua en la que nos expresamos contiene una multiplicidad compleja de registros semánticos que están íntimamente relacionados con nuestras experiencias filogenéticas, con nuestro pasado grupal. Sin esos registros diacrónicos del transcurso vital de nuestros ancestros seríamos una gota perdida en el mar, sin referencia de ningún tipo y sin, en consecuencia, capacidad de comunicación, sin identidad personal que es la base para vivir en grupo.  Nuestra sensibilidad colectiva, la forma de ver la vida, lo que da cohesión al grupo humano, es el lenguaje. Las palabras nos ofrecen la naturaleza de las cosas. La palabra es abstracción de los conceptos. Sin aquella no existirían éstos. Nuestra conducta, por tanto, es el fruto de la elaboración conceptual a través de las palabras, su verbalización mental. El lenguaje es, en consecuencia, el logos, el símbolo con el que representamos la realidad mediante su elaboración mental. Como decía Locke, el conocimiento está orientado hacia la verdad, que se expresa por proposiciones y las palabras  intervienen de una forma decisiva en la orientación del pensamiento hacia las cosas.

 

Dice el maestro D. Emilio Lledó que “La objetividad del lenguaje frente al hombre supone que este se encuentra siempre sumergido en una tradición y, por tanto, en un modo peculiar de contemplar el mundo. Esta tradición se concreta en una ‘lengua materna’, de la cual no puede salirse jamás, ni siquiera en el caso de que se traslade a otro mundo idiomático; siempre se queda atado a la propia y originaria perspectiva. No podemos, pues, aproximarnos al mundo de una manera inmediata, sino siempre con un ‘intermediario’ que es el lenguaje.   […] Así se explica el hecho de que el lenguaje no sea solo un medio a través del cual se expresa la verdad, sino, principalmente, un camino seguro para descubrir aquello que aún no conocemos.”    Y ser pregunta… “¿Por qué cada pueblo tiene una determinada manera de construir su Weltanschauung, su visión del mundo? ¿Por su capricho de la mente? ¿O más bien porque el lenguaje, incluso el filosófico, es verdaderamente logos y nos habla desde la realidad, desde la sociedad, desde la historia?” (La Filosofía hoy. Hoy es siempre todavía)

  

Pensamiento es lenguaje y lenguaje es consciencia. Y ésta es la forma de estar en la realidad y objetivarla bajo un prisma particular de verla que siempre está sujeta a un molde antropológico, ontogenético, labrado por un devenir histórico.

 

Francisco Mora Teruel, catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense, en un referencial artículo publicado en ABC en el 2005, decía que “El cerebro tiene, al nacimiento, los circuitos ‘duros’, genéticamente programados, capaces de grabar en ellos cualquier idioma. Y es la lengua de los padres la que reconstruye, transforma y modela esos circuitos del cerebro en un proceso lento a través de la física y la química, la anatomía y la fisiología.  […] Con el idioma más genuino, aquel que se escucha tras el nacimiento, se expresa la intimidad de una manera diferenciada y única. Por eso un idioma unifica emocionalmente a las gentes, pero también, y al tiempo las desune. Es un bisturí que corta emocionalmente lo ‘ajeno y diferente, y es por todo esto por lo que la sintonía emocional sutil que proporcionan las palabras de un determinado lenguaje jamás puede ser traducida fidedignamente a otro.  La lengua genuinamente materna marca, rotula en el cerebro, el instrumento que expresará y describirá el mundo más íntimo. […] Hoy, con la neurolingüística, comenzamos a conocer las profundidades abisales en las que el lenguaje está anclado en el cerebro y su tremendo significado no sólo para la solidaridad y la agresión entre los seres humanos, sino para lo que resulta todavía más sorprendente, para la propia concepción del mundo.”

 

Por eso tomamos conciencia de que las lenguas pueden servir para enfrentar a unos grupos humanos a otros, o como instrumentos de diferenciación. Desde el mismo nacimiento se empieza a concebir el mundo de una manera diferente a aquellos que no hablan la misma lengua. La “inmersión total” de los niños en la primera infancia en un idioma disonante con el genuino, pretende castrar al niño de la filogénesis que contiene su idioma materno, diferenciarlo  y dirigirlo a un molde cultural que para el niño es ajeno, configurar artificialmente otra cosmovisión que casi siempre es política, y, por tanto ilegítima, pues trastoca los esquemas mentales que le vienen por transmisión cultural antropológica. Eso podrá ser legal, pero no es legítimo, pues arremete contra la naturaleza de las cosas y contra el respeto a la infancia que deben tener todas las sociedades avanzadas. Y eso vale para aquellos niños que han tenido de cuna el euskera, el gallego, el catalán, el valenciano o el chitonga; o el castellano; pero lo que no es legítimo es modificar esa lengua materna por procesos de inmersión cuyo único objeto es transformar la cosmovisión de los sujetos y orientarlos hacia una construcción nacional “ex novo”.

 

Por eso concluye Francisco Mora diciendo que “Es una lástima que ante la ceguera de algunos pocos, otros tantos, también ignorantes, apoyen ‘inmersiones’ que suponen en esencia la construcción de la barrera más dura que se pueda imaginar”

 

Francia rechazó, tras un debate en el Senado, una iniciativa para el reconocimiento de las lenguas minoritarias como oficiales. Fue en el año 2015. Y la razón esgrimida para ello fue que el hacerlo supondría cargarse el sentimiento nacional francés y poner las bases para la destrucción del vínculo que une a todos los franceses. Y ello no conllevó una violación de lo establecido en la Carta de lenguas minoritarias de la Unión Europea, sino simplemente el reconocimiento de su existencia sin menoscabo de esa idea compartida por todos los ciudadanos de pertenencia a una gran nación que es Francia. Es simplemente una elección por prioridades, y, en todo caso, el reconocimiento de la existencia abrumadoramente mayoritaria de la lengua común, que marca una realidad acuñada por el paso de los siglos.

 

Les reconozco a ustedes que siento envidia, y que no me importaría nada ser francés, en lugar de estar en esta jaula de grillos que es España.

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