Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies

Marta González Isidoro
Jueves, 2 de febrero de 2017 | Leída 241 veces

La mitad incompleta

[Img #10685]Dejando a un lado las profundidades de la historia de la evolución humana, los especialistas que responden al palabro de paleoantropólogo insisten en recordarnos lo fútil que es el Tiempo, esa magnitud que nos permite secuenciar los acontecimientos que están sujetos a cambios y organizarlos en épocas, periodos, horas, días, semanas…

 

Un segundo nos puede parecer una eternidad cuando el sufrimiento es nuestro único compañero de viaje, mientras que un siglo apenas supone una pincelada en el tapiz de la Historia si tenemos en cuenta que hace más de siete millones de años que la especie considerada Homo decidimos, por obra y gracia de Dios, de la Evolución o de ambas voluntades, separarnos de los chimpancés e iniciar nuestra aventura por separado.

 

Desde Lucy, en la lucha por la supervivencia siempre ha habido dominadores y dominados, y la mujer es la que tradicionalmente se ha llevado la peor parte. La pobre Eva nace con el estigma hereditario que nos degrada por impuras y, como criaturas inferiores por naturaleza, nos aparta también por ley de la posibilidad de compartir la responsabilidad de construir en igualdad el mundo en el que vivimos.

 

No es que lo justifiquemos, ni mucho menos. El mundo, desde que lo conocemos, nunca ha sido un lugar tranquilo, y los arqueólogos no dejan de encontrar evidencias de cómo vivíamos y organizábamos nuestra convivencia. Las civilizaciones han nacido, se han expandido y casi todas se han extinguido por causas propias y externas, ya fueran guerras, hambrunas o conflictos de interés. Libertad de elección, de conciencia, de expresión, de reunión, de creencias… En su nombre se ha derramado tanta sangre, que cuando el proyecto ilustrado concibe una humanidad sustentada en los principios de justicia social, parece que por fin alumbra una Era de paz duradera en la que el ser humano es capaz de progresar con equidad.

 

El siglo XX, imaginado como el del progreso indefinido, alumbrará, no obstante, los proyectos ideológicos totalitarios que desencadenarán la violencia exterminadora más criminalmente intencionada desde que el mundo es mundo y desde los propios aparatos estatales, pero también será la época en la que el hombre disfrute de las mayores cotas de libertad y prosperidad hasta entonces jamás imaginadas. Luces y sombras también con fondo rosa a pesar del gazpacho mental del que se nutre el marco teórico de una minoría ruidosa, vulgar, frustrada, suculentamente financiada y anclada en una dialéctica trasnochada y excluyente. Sus extravagantes propuestas de ingeniería social, trufadas de reminiscencias marxistas, anticolonialistas, psicoanalistas y demás obsesiones, rozan el ridículo. Sobre todo cuando van de ateas y se lían pañuelos en solidaridad con un feminismo islámico que sólo sirve para embellecer la cara de una religión que cuenta con ellas sólo para que elijan entre ácido o hiyab. Incongruencias que sólo se entienden porque ambos ismos comparten el mismo objetivo de abolir el sistema capitalista global. Liberadas ya de los tacones, el maquillaje, incluso del aseo personal, lo que no viene en su manual de la buena feminista es cómo entrar en una mezquita desnuda y salir viva o cómo dar lecciones de igualdad en las dunas del desierto sin que te confundan con un cubo de basura.        


 

Quién nos iba a decir que ese movimiento feminista que comenzó hace un siglo en Europa y Estados Unidos con la justa reivindicación del derecho a sufragio, representación política y mejoras laborales y educativas, nos dejaría huérfana de representación a más de la mitad de esa mitad incompleta de la población mundial y provocaría sonrojo, estupor y vergüenza en la mayoría de la otra mitad de las féminas liberadas a las que se arroga el derecho de representar.


Libertad condicionada, siempre tuteladas, apartadas de la educación reglada, limitadas en la esfera pública y política, constreñidas al ámbito familiar, compradas, vendidas, relegadas a la prostitución, violadas o maltratadas…, el estigma de la mujer como un ser incompleto, inferior, al que hay que proteger - por propiedad y por fragilidad-, se desvanece lentamente en nuestro Occidente a lo largo del siglo XX gracias, principalmente, a la devastación y a la sangría masculina que suponen las dos Guerras Mundiales. Aquellos tiempos difíciles en los que se considera que la educación es el medio más adecuado para alcanzar el progreso social, y en los que la mujer ilustrada es poco más que un florero destinado a ser la madre perfecta de los futuros ciudadanos perfectos, chocan con la realidad de unos países devastados económicamente y que salen a flote gracias al trabajo de sus mujeres. Una generación más tarde, al mismo tiempo que la revolución sexual rompe todos los tabús y pantomimas sobre el recato y equilibra la relación entre hombres y mujeres por primera vez en la Historia, la ideología que, hasta este momento, vinculada al socialismo y a la democracia, defiende de forma justa que las mujeres debemos tener los mismos derechos que los hombres y las mismas oportunidades, se radicaliza al politizar hasta el extremo personal las relaciones entre sexos y centrar su discurso en un lenguaje tan vulgar como absurdo.


Lo mejor que le puede pasar a una idea política o a un movimiento político, social o cultural para que muera es que pierda el Norte, su polo de referencia. Cuando nacer niña fuera de nuestro marco de confort significa una desgracia para sus propios padres, sufrir agresiones sexuales, mutilaciones, violencia comunitaria y conyugal, discriminación social y política, secuestros, torturas, pobreza, azotes, lapidaciones, matrimonios forzados o esclavitud, entre una infinita lista de vejaciones y barbaridades, que estas piradas hablen de ataques a los derechos sexuales y reproductivos, de ofensiva misógena, de alianza antipatriarcal, o suelten tan alegremente que el género es un constructo social que se elige, no sólo vacía de contenido una reivindicación todavía necesaria como toque de atención, sino que pone en peligro lo conseguido hasta ahora por puro hartazgo de una generación de hombres que ven cómo la dictadura de lo políticamente correcto les bloquea hasta el punto de plantearse si deben o no ceder el paso a una señora por simple educación. Del a fregar a tu casa a la discriminación y sumisión sólo hay un paso.


Mientras tengo aun frescas en la memoria las imágenes de la famosa concentración de mujeres contra Donald Trump, me pregunto qué pensarán de nosotras esas pobres mujeres que en la India gestan como vacas los hijos que nosotras abortamos a cambio de nueve meses de bienestar para su propia familia; o esas 48 mujeres que cada hora son violadas en el Congo; o las miles de niñas que cada año pierden su virginidad, su infancia y su sonrisa para siempre entre las sabanas de repugnantes seres que les triplican la edad; o las que son apaleadas en público por mostrar el rostro o una mano; o los 200 millones de mujeres víctimas de la mutilación genital; o las 31.000 mujeres que gestan los futuros terroristas del Estado Islámico. Y al tiempo que miro a mis hijas y doy gracias a Dios por la suerte que tenemos de ser mujer en Occidente, rezo con los dedos cruzados para que una sobredosis de ridiculez les devuelva la cordura. Porque en este lado del planeta las mujeres somos princesas y queremos seguir siéndolo.   
 

Acceda para comentar como usuario Acceda para comentar como usuario
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
La Tribuna • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress