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Javier Salaberria
Lunes, 13 de febrero de 2017 | Leída 43 veces

El final de los monopolios políticos del Estado

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Los estados liberales, democráticos y pluralistas están fundados, paradójicamente y necesariamente, en tres monopolios políticos que los sostienen: el monopolio de la violencia, el monopolio monetario y el monopolio fiscal.

 

Si alguien más pudiera acuñar su propia moneda, recaudar sus propios impuestos y obligar a cumplir sus leyes y decretos por la fuerza, sería una entidad independiente del Estado. Obvio. Si bien esta concentración de poder ejecutivo, bajo el control de los parlamentos y jueces, fue útil en el pasado para crear cierto progreso en el orden y la justicia de las naciones, hoy en día ha quedado atrapada en el complejo tejido de la globalización.

 

Las monedas nacionales tienden a desaparecer sustituidas por divisas internacionales como el dólar y el euro. Ya no es el propio Estado el que controla la emisión de moneda y las políticas monetaristas, sino entidades financieras privadas que adoptan rimbombantes nombres: Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Reserva Federal, Banco Central Europeo… Estas entidades opacas y nada democráticas, no dejan de ser bancos financiados por otros bancos en manos de depredadores caníbales poco o nada conocidos por la opinión pública pero con un inmenso poder sobre las vidas y haciendas de todos los ciudadanos.

 

Ante esa pérdida del monopolio de la moneda por parte del estado, algunos ciudadanos han decidido agruparse para crear monedas alternativas. Sólo en España ya hay unas 100. Se denominan monedas sociales, pero queriéndolo o no, suponen un desafío frontal a la autoridad del Estado. A nivel internacional, el fenómeno de las monedas virtuales -más de 150 circulan libremente por la red- ha comenzado a suponer un desafío importante para los mecanismos de control económico convencionales. Desde que el mismo año del comienzo del fin del capitalismo el Bitcoin viera a la luz, hoy las altcoins o criptomonedas dominan un mercado de 7.38 billones de dólares. Sin duda, alguna son las grietas con fugas de agua que preceden al desmoronamiento de la presa.

 

Pero no sólo estas monedas desafían el monopolio monetario, también esquivan el monopolio fiscal invisibilizando la actividad económica. Los bancos y el Estado se han vuelto prácticamente una entidad simbiótica mutante. No hay método de control más eficaz de la ciudadanía que teneros a todos cogidos de sus cuentas corrientes. Eso y los registros y censos (registro civil, de la propiedad, empadronamiento…).

 

Pero la voluntad de muchos rebeldes es encriptarse ante tanto control y tanta presión fiscal. Y qué mejor modo de hacerlo que no utilizando ni bancos y ni sus monedas.

 

Ya no sólo es una cuestión de solidaridad vecinal de defensa del comercio local ante la agresión globalizadora que nos ha dejado a todos jodidos. Es también una cuestión de reaccionar contra el control absoluto de nuestras vidas por parte del banco-estado mutante.

 

Finalmente queda pendiente el tema del monopolio de la violencia.

 

Hay un verdadero despliegue de medios de propaganda, disfrazados de información y formación, por el que se trata -casi desesperadamente- de deslegitimar el uso de la violencia por parte de los ciudadanos.

 

Hipócritamente, una entidad violenta por naturaleza como el Estado, nos desarma a todos con argumentos pacifistas. Vivimos rodeados de policías (locales, autonómicas y estatales), empresas de seguridad, cámaras de vigilancia, agencias de inteligencia y espionaje en la red… Pero se nos hace creer que la violencia no soluciona nunca nada, cuando el sistema entero se fundamenta en la violencia y el robo.

 

No hace falta irse a Oriente Medio para verlo más claro. En nuestro propio país se practica esa violencia y esa rapiña a diario. La diferencia con Oriente Medio es que allí hay muchas bandas y naciones enfrentadas, todas armadas y todas peligrosas. Mientras que aquí sólo hay un martillo y todos los demás somos clavos.

 

Pero eso también se va a acabar.

 

En la medida que el Estado pierde legitimidad, pierde el control sobre sus ciudadanos y éstos empiezan a retomar sus antiguas soberanías, cedidas antaño por el bien común.

 

“No voy a esperar sentado a que el Estado venga a defenderme o a hacer justicia” decía un miembro de la Asociación Nacional del Rifle.

 

Muchos españoles piensan igual, aunque no se atrevan a expresarlo abiertamente.

 

Si a esto añadimos un errático, caprichoso y a veces muy injusto comportamiento de los juzgados y tribunales de justicia, además del espectáculo esperpéntico e inmoral de corrupción y mediocridad de nuestros políticos, el explosivo está montado y listo para estallar.

 

Lo creamos o no, nos encontramos a las puertas de un enfrentamiento civil semejante al que experimentó Francia en 1789 y Rusia en 1917. No debemos preguntarnos si sucederá, sino cuándo sucederá.

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