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Yolanda Couceiro Morín
Lunes, 27 de febrero de 2017 | Leída 433 veces

El islam tiene un problema con la mujer

Noticia clasificada en: Derechos Humanos Islam Islamismo Mujer musulmanes

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Este verano pasado tuvo lugar una agresión por parte de unos musulmanes contra los usuarios de una piscina nudista en Alemania. Las mujeres fueron insultadas ("¡Putas!") y amenazadas ("¡Os vamos a matar a todas!"). Pocos meses antes, en Colonia fueron agredidas sexualmente un millar de mujeres alemanas por personas de cultura araboislámica.

 

Los musulmanes se comportan ya como amos en territorio conquistado, como la soldadesca de un ejército de ocupación. El sometimiento y el control de las mujeres ajenas es la práctica inevitable de todos los invasores, y es la marca del éxito de la conquista. Los "inmigrantes" y "refugiados" musulmanes de hoy no hacen más que reproducir las mismas prácticas que sus lejanos antepasados de los tiempos de Mahoma.

 

Pero más allá de los atropellos de esta invasión en marcha, el trato que están sufriendo de manera crecientemente repetida y masiva las mujeres europeas a manos de estos invasores nos remite a una cuestión central.

 

Estos dos episodios son otras tantas manifestaciones de ese grave problema que tiene el islam con la mujer. La cultura araboislámica mantiene desde sus orígenes una relación particularmente enfermiza con la mujer, basada en el dominio, el control, la agresión, la falta de respeto, el desprecio, el miedo... ¿Por qué las mujeres le generan tanta angustia a los musulmanes? ¿De dónde viene esa obsesión? ¿Por qué esa manifiesta dificultad del musulmán para mantener una relación "normal" con la mujer? Pareciera que no pudiera haber otro tipo de nexo con la mujer que no pase por la posesión, el rapto, el sometimiento, la violación... El vínculo turbio que alimenta el islamista con la mujer sin duda proviene del fondo cultural que incluso precede al surgimiento del islam (y del cual éste está impregnado desde sus mismos orígenes), una religión puritana, nacida en mentes tan áridas y resecas como sus desiertos, en tiempos de saqueos y pillajes, en que dejarse robar las mujeres era prueba de debilidad, y por lo tanto la mujer era la debilidad del grupo, del clan, de la tribu.

 

La mujer no es la mitad del islamista, sino la totalidad de sus problemas. Porque la sexualidad del islamista, retenida, dificultada, obstaculizada, está en el centro de su desequilibrio.

 

A través la educación religiosa, en las escuelas y en la casa, se inculca en la mente de los niños musulmanes que la dominación de las mujeres es cosa querida por Alá. La mujer es impura por naturaleza (lo dice claramente el Corán), debe ser sometida, velada y escondida. Pero las mujeres, al taparse no se ponen a salvo del deseo de los hombres, ocurre lo contrario. La ocultación de los cuerpos tiene por efecto el aumentar los crímenes y acosos sexuales, de exacerbar la lujuria de los hombres y los temores de las mujeres. Cuanto más se reprime la sexualidad, más se hace presente. Esta represión lleva a verdaderas desviaciones patológicas.

 

El sexo es la mayor de las frustaciones del musulmán, una fuente de permanente sufrimiento, una ansia insatisfecha, una obsesión lacerante que le taladra el cerebro y una fiebre que le enardece los sentidos sin posibilidad de aplacarla.

 

No es de extrañar que el centro de tanta frustración sea considerado malo en sí, un peligro que hay que evitar, una agresión que hay que responder, una amenaza que hay que combatir. No es sólo que el cuerpo de la mujer puede ser fuente de pecado: las mujeres somos un pecado en nosotras mismas. Somos una fuente de vicio y corrupción. La mujer sólo es considerada en su dimensión corporal, su única función es sexual y reproductiva. En el islam toda la mujer es un sexo. No únicamente las partes inequívocamente femeninas, en la interpretación extrema toda ella lo es: el pelo, los brazos, la cara, las manos... De ahi el niqab, el burka...

 

La mujer no es dueña de sí misma, carece de autonomía, siempre es una menor a perpetuidad, sometida a una autoridad ajena, el padre, el hermano mayor, los tíos, el marido. La mujer no es la otra mitad de la pareja humana, el complemento natural del hombre, la parte imprescindible de un todo: siempre es la posesión de un hombre, un objeto del que puede disponer a su antojo.

 

En la retrógrada cultura islámica, en la cual la mujer no es más que fuente de pecado, vicio e inmundicia, el sexo es generador de una tortura física y mental nunca aplacada. La represión sexual, el constante y punzante apetito reprimido, el deseo sin placer, la excitación sin satisfacción, aquí no es sublimado y dirigido hacia el terreno de la espiritualidad, de la creatividad, sino de la violencia pura.

 

Si el Corán dice que el cuerpo de la mujer no puede ser mostrado más que a su esposo, es porque la visión de la denudez equivale a un acto sexual en sí. Toda mujer que se desnuda en público (playas o piscinas nudistas) es por ello una mujer pecaminosa, una prostituta, ya que se ofrece a otros hombres que la poseen a través de la simple mirada y que son invitados a poseerla de manera física.

 

Que la mujer se pueda desnudar en espacios públicos y mostrarse ante todos es la máxima expresión de la pérdida de todo control del hombre sobre ella. En nuestra cultura, es una simple conquista sobre cierto concepto caduco de moralidad. La desnudez ya no es considerada pecaminosa o vergonzoza, sino un hecho natural desprovisto de connotaciones peyorativas para quién la practica. En Occidente hemos pasado por el "peace and love", el "haz el amor y no la guerra", los años hippies y el amor libre, los sex shops, el nudismo, el naturismo, las minifaldas, los escotes, el topless, la desdramatización del sexo y el abandono de los tabúes. El islam no ha pasado por ahí. Los occidentales han absorbido y digerido todas esas experiencias y viven en la relación entre el hombre/mujer de manera normalizada. Eso es algo totalmente impensable en el mundo islámico. Es otro planeta.

 

Entonces llegan centenares y millones de "migrantes" desde el fondo de sus polvorientos villorrios. En sus países las mujeres trabajan en los campos o están encerradas en sus casas. Aquí, en el mismo andén de la estación estos hombres que no se han acercado nunca a una mujer son recibidos por mujeres blancas que les gritan "Welcome refugees!" y los abrazan y los besan... Hasta Mamá Merkel se hace selfíes, mejilla contra mejilla, con hombres que vienen de otro planeta, que desembarcan en otro mundo. Les han dicho que aquí todas las mujeres son putas, que no esperan otra cosa que ser sometidas, usadas, tomadas, "consumidas". Y esas niñatas (y no tan niñatas) europeas los esperan con los brazos abiertos para confirmarles esta buena noticia.

 

En Occidente existen leyes que protejen a las mujeres y está grabada en mármol la igualdad entre el hombre y la mujer y el respeto para todos. Eso no impide los abusos y las agresiones, pero la ley enseña el camino. No podemos decir otro tanto de los sistemas en vigor en el mundo musulmán. Mientras siga vivo el dogma puritano, el cuerpo de la mujer seguirá siendo el objeto de todos los deseos y todos los peligros.

 

La solución musulmana al problema del deseo engendra un problema diferente: por medio de la ocultación del cuerpo de la mujer se elimina completamente la responsabilidad individual, tanto de la mujer como del hombre. El hombre no es considerado responsable de su lujuria y la mujer no es considerada como dotada de un deseo independiente. Estamos ante un simple mecanismo: sin el velo la mujer atrae al hombre y éste es atraído. Con el velo, no hay codicia ni riesgo de agresión. En el islam, el velo es pensado como la solución al dilema fundamental del deseo humano.

 

En Occidente la educación está basada en el opuesto exacto de esta visión mecanicista: es el individuo quien es considerado responsable de sus pulsiones y de sus deseos, no el objeto. Se puede y se debe resistir a sus deseos, y si no se consigue hacerlo, se pasa vergüenza. En el islam, ese sentimiento de vergüenza está totalmente ausente desde el momento en que el hombre no es culpable de sus actos ni está llamado a controlar sus deseos: la culpa es enteramente del objeto de sus deseos. Ante el deseo hay dos opciones, la primera opción es sinónima de libertad individual, la segunda es abandono al mecanismo del deseo. La civilización moderna ha elegido dejar el campo libre al deseo, para bien o para mal, apostando por educar a los sujetos que desean. El islam se inclina por la segunda opción, combatiéndolo con la disimulación del objeto del deseo.

 

Planteado en estos términos, el encuentro entre Occidente y el islam es un choque simbólico de una violencia inaúdita. Todo lo que Occidente ha construido sobre la base de la cultura humanista y la educación moderna, es inútil para el islam.

 

Entre nosotros la responsabilidad está en el que mira y desea. El islam opta por la responsabilidad de quién se exhibe ante la mirada concupiscente. El islam, por medio del ocultamiento del cuerpo de la mujer pretende resolver radicalmente el problema del deseo, impidiendo su aparición.

 

Para el islamista (los musulmes en su inmensa mayoria), la simple exhibición del cuerpo de la mujer (aunque sólo sean los brazos, las pantorillas, la cara, el pelo) es la señal inequívoca de que esta mujer es un bien público, una prostituta, y que nada de lo que le puede pasar es responsabilidad de un hipotético agresor, sino de ella misma. Su frustación sexual, sus fantasías acerca del cuerpo de la mujer occidental liberada, es decir "fácil", la convierte en un objeto de consumo disponible para todos. El violador musulmán sentirá tanta vergüenza y remordimiento por su agresion como un mirlo que se hubiera comido unas cerezas de un árbol. La fruta está ahí para su consumo. La mujer occidental, la puta para todos, la hembra disponible, la carne gratis, está ahí para aplacar su líbido: esa es su función.

 

Pero en este caso estamos todavía muy lejos de la imagen inocente y hasta bucólica del ave que picotea una fruta, que está ahí para cumplir con ese destino. Como estamos ante un escenario que implica una auténtica cacería, debemos hablar con mayor propiedad de presas y depredadores: dos categorías que no pertenecen al mismo universo moral. La regresión que estamos viviendo es espantantosa. El ser humano vuelve a ser una fiera para otros seres humanos ante el estupor de una sociedad que no acaba de entender este terrible retroceso tolerado y hasta fomentado por quiénes han hecho dejación de sus deberes de protección de los ciudadanos.

 

Si hay tantos desequilibrados y depredadores entre los musulmanes, no es porque su sistema educativo ha fallado, sino porque el islam, según el ejemplo del mismo Mahoma, es una dimisión asumida del individuo ante sus pulsiones, compensada parcialmente por una domesticiación violenta de los principales objetos del deseo, las mujeres. Mahoma, en tanto que modelo por excelencia del musulmán, el hombre perfecto, da un ejemplo de debilidad moral extrema: ¿Cómo pueden mejorar ese comportamiento sus seguidores? Europa ha puesto su reloj a la hora del oscurantismo, del retroceso, de la violencia, del despotismo islámico, y de la fascinación creciente que ejerce sobre enormes porciones de la población musulmana en todo el mundo el islamismo conquistador y expansionista.

 

El islam tiene un problema con la mujer. Mientras el islam estaba confinado en unos territorios concretos, allá fuera, del otro lado de la frontera, ese problema no nos afectaba en lo más mínimo. Ahora, con la irrupción de millones de musulmanes en Occidente, es la mujer occidental quién tiene un problema con el islam. En definitiva, es todo Occidente quién tiene un problema con el islam.

 

Sigue a Yolanda en Twitter: @yolandacmorin

 

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3 Comentarios
Teresa
Fecha: Sábado, 4 de marzo de 2017 a las 19:39
Yolanda: estoy totalmente de acuerdo con lo que dices en tu artículo, tema sobre el que las nuevas feministas no dicen nada. Menos mal que todavía hay gente sensata y culta como tú.
Ramiro
Fecha: Miércoles, 1 de marzo de 2017 a las 20:27
Yolanda, totalmente de acuerdo con tu magnífico artículo.
Y añado: en el catolicismo pasa lo mismo, aunque en menor medida. La mujer es fuente de pecado, de tentación, de deseo carnal insatisfecho, en fin, la Biblia en verso.
¡Menos mal que cada día hacemos menos caso a esas prédicas!
Pero muchas personas se acaban obsesionando con esa persecución religiosa a los placeres de la carne...
Álvaro González Cabrera
Fecha: Lunes, 27 de febrero de 2017 a las 18:39
Excelente! En mi país muchos ya estamos cansados de ver como la dignidad de muchos movimientos progresistas tienen doble moral. Se callan la boca para no pecar de "xenófobos" o levantan banderas islámicas por mera onda "cool".
Recién quise retwitear tu twi. y me encontré con que me dice que fue borrado (!?) La policía del pensamiento ya entró a las redes de mi país?
Saludos desde Uruguay

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